Thursday, November 21, 2019

La tumba de Drácula

Solo a nosotros se nos ocurre ir al panteón donde está enterrado Drácula en la madrugada después de haber visto varias películas de terror, incluyendo un par de las de Viernes 13 y contar historias de Cañitas. Como de sólito, Judas y yo no teníamos que usar palabras para saber en qué estábamos pensando. Sin decir nada, en cuanto Rosa mencionó que la tumba de Dracula estaba en nuestro rancho, aun sabiendo que eran puras charras, los dos insistimos en ir a buscarla y grabar psicofonías con la esperanza de que se repitiera esa noche de Halloween que fuimos a la única casa embrujada del rancho con dos chavas bien chulas. Mientras más avanzábamos por la casa de espantos, más fuerte nos apretaban y más se nos arrimaban. Judas salió con novia de esa casa embrujada. Yo sólo fui un caballero. Protegí a mi dama, la abracé bien fuerte y la escolté a la salida, pero nunca la volví a ver. Aunque no esperábamos salir ahora del cementerio con novia, creíamos que esta sería la excusa perfecta para dejar que ellas se nos acercaran a nosotros.

En este último periodo en el rancho, empezamos saliendo con Rosa y sus amigas, pero finalmente terminamos saliendo solamente con sus amigas. Un día Rosa escapó de su casa para irse a vivir con un señor que, según ella, la trataba mejor que su papá. Antes de que se fuera, yo la visitaba seguido y platicábamos las horas, pero siempre me iba de su casa confundido. Siempre me contaba pedacitos de su vida, pero nunca me revelaba nada. Nunca supe como se llamaban sus papás. Jamás entré a su casa. Siempre nos sentábamos en el porche de su casa y me contaba de las personas que odiaba y las cosas que ella les hacía en la escuela. Yo pensaba que bromeaba, pero en su mirada no había nada de gracia. Al final solamente se reía al ver mi semblante perplejo y me cambiaba el tema. Ella es sin duda una de las personas más asociales que jamás conocí, pero aun así tenía, literalmente, un par de amigas. La verdad es que yo no sé cómo es que aceptó ser mi amiga, y tampoco sé si quise hacerme su amigo porque era bonita y tal vez la amistad fuera a llegar a algo más o porque me sentía culpable de lo que un día le hice a su hermano.

Roso, el hermano de Rosa porque tampoco supe nunca como se llamaba, tenía una discapacidad motriz y solamente podía usar un brazo. Meses antes de conocer a Rosa, me tocó jugar en un partido amistoso de voleibol contra su escuela, que aunque no lo crean, sí existían otras escuelas en el rancho. El equipo de su escuela fue incluyente y, a pesar de que era obvio que Roso no podía hacer mucho por el equipo, dejaron que él formara parte y hasta lo metían a los partidos. Yo era posiblemente el más joven y el más bajo del equipo de mi escuela, pero tenía buen saque y me dejaban jugar. Para mi mala fortuna, en cuanto me tocó sacar a mí, entró a jugar Roso. Él estaba posicionado en contra esquina mía. Lo ubiqué y decidí que sería de mal gusto mandarle el saque a él, así que coloqué mi mirada hacia el centro, alcé el balón y saqué. El balón le dio en la cara a Roso. Nadie dijo nada. Saqué otra vez y le volvió a caer a Roso, que nada más se defendió con su brazo bueno. Volví a sacar queriendo dirigir el balón hacia el otro lado, pero le cayó una vez más a Roso. Nada más se escuchó el ¡pam! en seco de donde el balonazo en el pecho le sacó el aire. Todos me voltearon a ver, incluso los de mi equipo, quienes me decían que ya le parara, ¡pero de verdad no era mi intención mandarle el saque a él! Después de como cinco saques, por fin alguien de su equipo intervino y, para mi gran alivio, terminamos perdiendo el saque, acabando así mi martirio de agonizar a Roso Adame y mi aparente schadenfreude. En lugar de disculparme con Roso, creí que tal vez podría redimirme si me hacía amigo de Rosa y la trataba bien a ella.

A Rosa la conocimos en un día de campo. En ese entonces Judas andaba con Florencia. Recién habíamos regresado de andar en bicis por el pueblo aledaño y pensamos que sería bueno irnos a dar un chapuzón en una de las albercas públicas. Al ir entrando y encuerándome para ser el primero en entrar en la piscina, me fije que desde el trampolín alto una chava se aventaba unos clavados con mucho estilo. De hecho, era la única que se aventaba porque al resto de los que estaban ahí les daba miedo, hasta que llegamos nosotros. Bueno, solamente yo fui el temerario que se animó a echarse un clavado, pero sólo uno porque me dolieron los oídos casi, casi al hacer contacto con el agua. En parte lo hice porque al salir ella del agua, con sarcasmo nos dijo que si también nosotros nos ibamos a rajar a tirarnos. O sea, en lugar de saludarnos, nos retó, y yo no soy nadie para rechazar este tipo de provocaciones, sobre todo si significaba impresionar a las chicas del lugar para que dijeran: "¡Wow! ¡Qué valiente!" Obviamente nadie dijo eso cuando me aventé. Más bien dijeron "¡Ouch!" al verme la panza roja, y eso que ni caí de panzazo. Pero funcionó en parte porque Rosa consideró aceptable conversar conmigo. Su cara se me hacía familiar. Me recordaba a alguien, pero bonita. Ahí fue cuando vi que el Roso la estaba llamando para irse, y todo tuvo sentido. La primera vez que fui a visitarla iba con el Roso fijo en la mente, pero en cuanto la vi se me olvidó y nunca más me acordé de él. Con el tiempo solamente me decía a mí mismo que debía de tratar bien a Rosa, como si fuera un deber, sin darme cuenta que lentamente terminé echándole tierra al asunto original.

Una noche de otoño que fui a visitarla, me estaba contando la manera en la que le iba a cortar un mechón de pelo a una vieja que la había visto feo. No se decidía entre usar tijeras o si de plano usar un encendedor para que le quedara peor, pero odiaba el olor a pelo quemado, además de que temía que, de tanto espray que usaba la tipa, se le fuera a prender al instante una fogata en el salón de clases. Estaba ella en medio de este dilema cuando me marcó Friné a mi celular, un Nokia que, si bien no tenía ni el juego de la culebrita, era un teléfono clamshell que al abrir la tapita más de uno se apantallaba. De haber sabido que era ella, no le habría contestado.

Llevaba algún tiempo sin que me llamara Friné. Desde esa vez que prácticamente la corrí cuando osó ir a mi casa para que le hiciera cochinadas, ya no volví a saber de ella. Y no es que yo le haya hecho cochinadas. Ella ya me había dicho que no me atrevía a hacerle cosas de clasificación C. Tenía razón. No me atrevía a hacerle nada, pero por machote solo le había dicho que no quería, así que de todos modos fue. Sus llamadas eran las peores. La ridícula me llamaba tarde en las noches cuando sus papás estaban dormidos para contarme historias cachondas. Era como esas llamadas por cobrar, excepto que la vieja de apetito voraz era la que me llamaba a mí. Su historia más infame fue la de su peluche de Scooby Doo al que logró entiesarle la cola para experimentos que requieren muy poca imaginación. También se ponía a cantarme canciones de Shakira y Selena, pero las cantaba bajito para que no la oyeran sus papás. Cantaba tan feo que simplemente dejaba el teléfono a un lado para seguir durmiendo, hasta que ya medio gritaba y me despertaba. Yo no entendía por qué me seguía llamando si era evidente que yo no quería escucharla, menos hablar con ella. Le habría dejado de contestar, pero no tenía identificador de llamadas en aquel entonces. Y la verdad es que ya sabía que nadie me llamaba a altas horas de la noche mas que ella, pero pensé que algún día me podría vengar si lograba hacer que su recibo de teléfono le llegara alto, sobre todo porque en esos tiempos las llamadas a celular costaban un ojo de la cara, y a veces un poco más.

Esa noche de otoño en el porche de Rosa llegó el momento que tanto espere, la cosecha de una siembra que ya hasta había olvidado. De la lascivia encarnada brotaron las dulces palabras que anhelaba escuchar. “¡Mi recibo de teléfono llegó carísimo! ¡Como veinte veces más caro!” ¡Oh, divina retribución! El único momento de la historia en el que su nauseabunda voz se convirtió meliflua fue cuando me comunicó esa gloriosa noticia. Sin embargo, no me llamaba para pasarme el chisme. ¡No, señor! La mujercita tuvo el descaro de pedirme el favor de mentirle a sus padres si me llamaban para ver a quién le pertenecía el número. Su jugada era hacerles creer que la compañía telefónica se había equivocado y que disque de su línea nunca había llamado nadie mi número. No le prometí nada, me colgó súbitamente porque habían llegado sus papás y al ratito volvió a sonar mi teléfono. Contesté y esta vez era el papá. Muy amable el señor. Me preguntó que si yo conocía a su hija y que si ella me había llamado en varias ocasiones. Como todo buen scout aunque nunca fui uno, yo le dije la verdad completa y con lujo de detalle. Muy apenado, el señor me agradeció mi tiempo y me colgó. Nunca más supe de ella. Y ahora que lo pienso, hasta el día de hoy, nadie sabe de ella desde esas fechas. Dicen las malas lenguas que se regresó a su tierra.

Volviendo a la historia de Drácula, como Judas y yo sabíamos que estábamos por partir del rancho, nos daban igual las posibles consecuencias de nuestros actos porque creíamos que simplemente huiríamos sin que nos encontraran. Ni la chota nos asustaba. De hecho, casi desde que dimos vuelta del libramiento hacia el camino de terracería nos topamos con la perrera, pero ni nos peló. Esa noche no lo sabíamos, pero el narco empezaba a apoderarse del rancho así como del resto del país. Por paradójico que parezca, entre más tarde salía uno, menos problemas se tenía con las autoridades, sobre todo si uno andaba en mueble grande. Y como andábamos en la Ramona robada, igualita a la del Moto pero blanca, ni el cambio de luces nos hicieron.

Una vez en el panteón, nos bajamos y empezamos a buscar la dichosa tumba. En aquél entonces los celulares no tenían lamparitas como las tienen hoy, pero había luna llena y veíamos lo suficiente como para no caernos. “¡Hay que buscar la que tenga una cruz invertida!” dijo Rosa. En lo que íbamos buscando la dichosa sepultura y lugar de descanso de tan distinguido personaje, en un descuido, Judas se escondió entre las tumbas para asustarlas. Nos acercamos a una tumba que, en efecto y sin explicación, tenía grabado como lugar de nacimiento “Transilvania.” Sinceramente parecía más un cenotafio burlesco que un monumento para honrar la memoria de un difunto. En lo que leíamos la inscripción, nos brincó Judas, pero nadie lo peló ni se asustó. Escuché a Judas decir entre dientes: "Mendigas viejas sangre de atole..." El plan no funcionó y ninguna se nos trepó. Nos aguantamos y dejamos que la curiosidad reemplazara el deseo de pasar un rato entre los brazos de una de estas, nuestras frengers.

Obviamente, la tumba no era la de Drácula sino de uno de los colonizadores. Resulta que extranjeros colonizadores fueron de los primeros en establecerse en el área, y este era el primer panteón de toda la localidad. En realidad era un cementerio muy pequeño porque en cuanto empezó a disque crecer la comunidad hicieron un nuevo panteón por el basurero. Había pocas tumbas y todas eran muy viejas. La mayoría de las personas enterradas ahí habían nacido en los 1800. El señor de Transilvania había nacido en los 1700. Debe de haber muerto todo ruquillo y confundido en esa tierra extraña. Sin embargo, la pregunta del millón es, ¿por qué seguía siendo rancho el rancho si había sido erigido hace casi doscientos años?

Decidimos empezar a grabar entre las tumbas para ver si oíamos voces del más allá, pero se nos acabó el cassette muy rápido. Además, se suponía que el mejor momento para capturar algo en audio era justo antes del alba, pero todavía faltaban varias horas. Nos aburrimos pronto, así que regresamos a casa de Fátima a seguirle al maratón de películas de miedo. Fátima era una de las dos amigas de Rosa. Tenía relativamente poco de haber llegado al rancho. Hija de prominentes comerciantes de plata en Chordeleg, toda su vida la vivió en Azogues, una folclórica ciudad ecuatoriana. La mayoría de su familia recién había emigrado a Trenton, Nueva Jersey, mientras el resto se fue a Danbury, Connecticut. Al ser una familia de comerciantes, hacían muchos movimientos bancarios y dependían mucho de préstamos de múltiples bancos. La crisis financiera de 1999 les pegó durísimo y se vieron forzados a huir del país. Fátima y su familia fueron de los últimos de los Campos en salir, así que para cuando se acercaron a pedir visa para irse al Chuco, se las negaron porque era evidente que, por más que fueran a extrañar el bolón de verde con chicharrón de la costa y el ceviche con aguacate y crema de cacahuate de Jipijapa, no tenían intenciones de regresar a su país natal. Sin tener otra opción, decidieron intentar cruzar por México. Un coyotero de Esmeraldas les ofreció el paquete beisbolero que consistía en cruzar por tierra todos los diferentes países entre Ecuador y su destino con “guías especializados” en migración de sudamericanos. Llegando a Centroamérica, los juntarían con otros migrantes para salir en caravana. Una vez en la frontera mexicana-estadounidense, tenían tres oportunidades para cruzar. En otras palabras, si al intentar cruzar por el desierto los “cogía” la migra americana, tenían que decir que eran mexicanos para que los regresaran a México y, sin costo alguno por parte de los coyoteros, los iban a intentar meter nuevamente. Si para el tercer intento no lograban cruzar, tres strikes y estaban fuera, quedando dejados a su suerte. Todo por la modesta cantidad de diez mil dólares por persona. Al señor Campos le pareció una barbarie y prefirió usar su plata para viajar en avión a México, tomar un autobus hasta la frontera e implorar asilo humanitario a los gringos en el puente. Normalmente, esos casos pueden tomar meses si no es que años en resolverse, pero como Don Campos dijo que no tenía miedo de regresar a su país, "de una" le dijeron que su solicitud de asilo era negada. Cabizbajos, comenzaron su viaje a Taxco con la intención de ir a comerciar su plata, pero se subieron al autobús equivocado pensando que habían encontrado buena oferta por otro camino y, en lugar de ir por la que se convertiría la Ruta 2010 que los llevaría desde Ciudad Juárez hasta la Ciudad de México, tomaron un Ómnibus que empezó pasando por el entronque de Palomas y se seguiría por otros pueblos del estado sin salir de él. Pasando Janos, llegaron a un punto de revisión migratoria. “Documentos, por favor”. Bien paniqueado, Don Campos se dio cuenta que había perdido sus permisos y el oficial, con muy poco tacto y disimulo, le dijo: “Híjoles... y ahora, ¿qué sugiere que hagamos?" Sin tener alternativa, Don Campos dio de mordida el resto del poco dinero que les quedaba para poder seguir su camino. Desorientados por tanto estrés, no saben cuántas horas más se quedaron en el camión, hasta que Don Campos recobró sus sentidos y decidió bajarse con toda su familia en Rancho Alegre. Según él, se quedarían poco tiempo en ese "rancho pedorro", pero ya llevaban un par de años ahí y hasta casa había comprado el señor.

Fátima, afectada por todos los cambios bruscos, pasó de ser una niña de espíritu efervescente a ser una joven flemática y retraída. Desde luego que sentía emociones, pero le costaba mucho trabajo externarlas. Tiempo después me daría cuenta que detrás de la máscara de cera había un ser muy frágil, con muchas esperanzas y ansias de que sus sueños se hicieran realidad. Pero esa noche de películas y visitas de ultratumba no fueron suficientes para quitarle su cara de póker. Es más, ni cuando recargué mi cabeza en sus piernas logré extraer la más sutil microexpresión que me permitiera descifrar alguno de sus arcanos pensamientos. La volteé a ver desde su regazo para plantarle la mirada, pero ella parecía maniquí de aparador del centro. De sus pupilas sólo veía el reflejo de la pálida tipa asiática persiguiendo ponderosamente a los ingenuos pubertos que creían que podían escapar a su macabro destino. Pero Fátima no se movía. Se oían los gritos de la película y no reaccionaba. No puso resistencia a que me acostara en su regazo, pero tampoco hubo invitación. Ni parpadeos, ni saliva, ni piojitos, no nada. Después de un rato vi como Judas se levantaba del piso despeinado y bofeado, seguido de Minnie, la amiga bonita de Rosa. Nunca lo externamos, pero Judas y yo la considerabamos de otro nivel, ni siquiera nivel platónico. De esas que, aunque quisieran con uno, ni sabríamos qué hacer con ellas, así que ni el interés tentaban. Con ella y Fátima habíamos estado saliendo días antes. En noche sin luna nos fuimos a la laguna a hacer una fogata y, sin haberlo planeado, terminamos platicando de psicofonías, historias fantasmagóricas y leyendas urbanas. De hecho, así es como se materializó la idea del maratón de películas. 

Pero... ¿era en serio? ¿Judas y Minnie poniéndole acá, bien acá? No me dieron celos necesariamente, pero no pude evitar sentir envidia. Yo horas entumido, parecido a cuando uno va al baño para forzarle sin ganar nada más que ganas de que le amputen la pierna como a Luismi de lo dormida que queda; horas entumido sobre Fátima y éste en una nada hasta despeinado salió... ¡y con Minnie! Después de filosofar en lo injusta que era la vida, lo cual fue un par de horas, nos dimos cuenta que el sol ya había salido, así que cada quien decidió agarrar para su cantón. Aunque sabíamos que iba a ser la última vez que nos íbamos a ver antes de dejar el rancho, no nos despedimos.

En esos tiempos se empezaban a poner de moda las redes sociales. Mucha gente tenía perfiles de Hi5, pero no fue hasta que llegó Facebook años después que la mayoría de la gente comenzó a reconectarse con personas que no habían visto en mucho tiempo. Sin embargo, el MSN Messenger seguía siendo el rey de la comunicación. Ya tenía tiempo que yo había abandonado el rancho, cuando un cierto día me llegó una solicitud de amistad de Fátima para intercambiar correos para chatear por Messenger. Me dio tanto gusto "reencontrarme" con ella que esa primera noche nos acostamos hasta las tres de la mañana chateando. Pensé que habría sido la emoción de no haber platicado en tanto tiempo que hizo que nos la pasaramos ahí pegados a la computadora hasta tarde, pero se siguió repitiendo día tras día, semana tras semana. Los dos habíamos madurado. Ella mucho, yo un poco. La taciturna chava sangre de horchata se había vuelto locuaz y expresiva, o por lo menos eso parecía en línea.

De todas las conversaciones que tuve con ella, ahora con el beneficio de la retrospectiva, hoy me doy cuenta de cuál fue la más importante. Lamentablemente, en su momento, me pasó inadvertida. Pasa que en una de esas noches le pedí que me recomendara una canción porque tenía tiempo sin escuchar nada nuevo. Tardó un poco en responder y finalmente me recomendó la canción de Monitor de Volován. Después de escucharla, le agradecí profusamente y le comenté que era precisamente de lo que andaba buscando. Lo que se me hizo raro es que, a pesar de que ya le había dicho que sí me había gustado la canción, me siguiera preguntando días después que si qué pensaba de la canción. Descartaba sus preguntas con una simple explicación que había sido una buena recomendación y pasaba a otros temas más triviales en comparación a su preocupación. Por mi parte, yo estaba feliz de haber encontrado a una amiga con la que podía platicar de todo y nada a la vez.

Pasados unos años, empecé a regresar a visitar Rancho Alegre. Entre las personas que más quería ver se encontraba Fátima. No sabía qué esperar cuando fui a verla. Después de todo, aprendí por triste experiencia que resultaba ingenuo creer que la vida en Rancho Alegre se había quedado en pausa desde el momento que me fui hasta que puse pie en sus infértiles tierras para ponerle play y resumirla. Esta vez iba preparado mentalmente, sabiendo que tanto ella como yo habíamos crecido desde la última vez que nos vimos esa noche de pelis en su casa y músculos y sentimientos entumecidos. Y es precisamente por esa noche que ya nunca me volvió a cruzar por la mente nada que no fuera una sencilla y pura amistad para con ella. 

Su "¡José!" al abrirme la puerta de su casa fue casi mágico. Parecía que nunca nos habíamos dejado de ver, con la diferencia de que ahora sí era alegre y que, quien nos hubiera visto, habría pensado que eramos amigos íntimos de toda la vida. Nos abrazamos, pasé a su casa y seguimos la plática como si ni el tiempo ni la distancia nos hubiera interrumpido. Físicamente no había cambiado mucho, pero era evidente que ya no era la misma de antes. Al hablarme y al escucharme, sus ojos, acomañados de una ligera sonrisa, brillaban. Hasta ese día me di cuenta que se nos hacían los mismos hoyitos al sonreir. Ella estaba fascinada escuchando mis aventuras de fuera del rancho. Después de todo, ella ya conocía la vida fuera de Rancho Alegre y recordaba lo emocionante que era. Y todo iba bien, hasta que le empecé a contar de mis aventuras con otras chavas. Aunque no fue instantáneo, no duró mucho en cambiarle el semblante hasta que sentí el deja vu. Se notaba cómo iba perdiendo el interés en la plática e iba dando paso a la metamorfosis de la Fátima de antaño. No supe exactamente qué le estaba pasando, pero la tensión me terminó echando de su casa.

Me fui muy confundido. Decidí creer qué tal vez se había acordado de algo que terminó ocupando su mente al punto de estresarla. Intenté varias veces volver a verla, pero ya ni en el Messenger me contestaba. No tenía idea de porqué me trataba así, y me dolió mucho. Yo que pensaba que había encontrado a una amiga muy especial en la que podía confiar, de repente me dio la espalda sin aparente razón. El tiempo siguió pasando y le volvía a escribir para restablecer el contacto, pero sólo me tiraba a loco. Según ella, le daba gusto leerme, pero no me contaba nada de su vida y tampoco mencionaba el “¡ya no te pierdas!” de cortesía. A final de cuentas, nos perdimos el rastro y ya no supimos qué fue el uno del otro. Tal vez debería de decir que yo fui el que le perdió el rastro a ella porque ella había perdido el interés hacía mucho. De vez en cuando sonaba la canción de Volován en mi lista de reproducción e inevitablemente me acordaba de ella. Curiosamente, jamás le había prestado atención a la letra; casi nunca les pongo atención. Hace poco decidí averiguar qué decía la canción. Aparte de haberla escuchado cientos de veces, la canción se me hacía familiar entre más líneas pasaban. Una vez pasado el coro entendí qué fue lo que pasó y qué es lo que supuestamente debió de haber pasado. No pienso mucho en cómo hubiera sido si es que sí hubiese sucedido. Jamás tuve esa impresión. No hubo semilla ni raices que dieran pie a fantasear. Y aunque me duele haber perdido a alguien a quien pude querer tanto, tengo el consuelo de por fin haber encontrado un tipo de catarsis a una incógnita que duró cerca de una decada. 

Monday, July 22, 2019

Carnitas: De esa vez que le robaron su primer beso a José

Mi primer beso me lo robaron. Soy vato y me robaron mi primer beso. Lo más pirata de todo es que me supo a carnitas. Bueno, no estoy seguro de que me lo hayan robado, pero sí me lo dieron y fue muy decepcionante. Por lo menos sé que si yo hubiera sido ella yo me hubiera decepcionado de mi desempeño romántico. Ese día no lo supe, pero después con más experiencias tuve con que comparar y nada que ver. Si no fuera por lo chusca que fue la experiencia completa, ese beso no tendría nada de memorable.

Yo no soy oriundo de Rancho Alegre. Soy hijo de Rancho Alegre por adopción. Llegué a los diez años y el único lugar al que recuerdo ir constantemente era a misa. Cuando digo constantemente quiero decir una vez al mes o cada dos meses. Ibamos a misa porque no conocíamos a nadie y esa era la manera más fácil de que mi mamá conociera a otras señoras y hacerse de nuevas amiguisaurias. Nunca fuimos una familia religiosa, pero tampoco blasfemábamos… tanto. Aunque íbamos más o menos seguido a misa, no recuerdo haber ido nunca a confesarme. Tampoco recuerdo que mi mamá ni nadie de la familia lo hiciera a pesar de que sí lo necesitaran. 

Con el tiempo empecé a divisar el ganado del rancho y tenía bien identificadas a las personas, que ni eran tantas. A los tres años de estar ahí me di cuenta de la existencia de una morrita, una niña como unos tres años menor. Yo empezaba a entrar en la pubertad y creo que ella también, pero ella seguía siendo una niña y no me fijaba en ella… tanto. Coincidíamos en las fiestas patronales, pero en lo que yo me reía a carcajadas de cómo mis compas se orinaban en el agua bendita—de seguro nos vemos en el infierno—esta niña se quedaba sentada solita al lado de su mamá. Siempre estaba bien peinadita con un moño azul marino y su vestido de marinerita. Me recordaba un poco a Sailor Moon, pero de cabello oscuro, ojos negros, cachetes de Kiko, más chaparra, sin carisma y sin poderes. Tal vez andaba pedo cuando hice esa conexión o tal vez quedé mal de la cabeza cuando me tocó de castigo beber agua bendita. 

Cuando menos lo pensé, ella ya había pasado a la secundaria, y como no había tantas escuelas, resultó quedar en mi misma escuela y empezamos a coincidir ahí también. La marinerita ya había cambiado su atuendo de Sailor Moon por unos jeans y unos Converse. Se llamaba Amparo y ya no la veía sola. Ya tenía sus amiguitas nacas que empezaban a descubrir su lugar en la sociedad ranchoalegrense. Ese lugar era en sus casas donde nadie las pudiera ver, pero todavía no agarraban la onda. Su grupo de amigas eran puras morritas bien extrañas, pero a la vez invisibles antes los ojos de la sociedad más fifí. Especialmente se juntaba con una que le pusieron un apodo muy feo porque le cayeron mal unos elotes que se comió por las vías del tren. Grave error. La única comida callejera que no te destruye la flora intestinal es la de la Plaza Grande. 

Nunca entendí por qué en la escuela tenían la insensata costumbre de cerrar las puertas de los edificios a la hora de la comida. Uno tenía que ir al baño antes de irse a comer, porque si a uno le agarraban las ganas de ir antes de que empezaran las clases nuevamente, uno tenía que encontrar un arbolito o irse al rio y hacer de aguilita, dependiendo de la necesidad. Unos usaban hojas de cuaderno para acabar el asunto. Otros usaban piedras del río. Nadie usaba hojas secas dos veces. A la primera uno aprendía que no eran buenas para limpiar porque se despedazaban al primer contacto y, aparte de sucio, uno se quedaba con una comezón monstruosa el resto del día. Tampoco entendí porque unos pensaban que su trasero era calcomanía de rascahuele (no hay necesidad de describir la escena) o que mágicamente el aroma disminuiría entre más le rascaran. (Aclaro que a mí no me consta por experiencia propia...) En fin, uno usaba lo que podía. Había otros más delicados que terminaban usando un calcetín, pero no lo tiraban porque decían que sus mamás los iban a regañar si llegaban con un calcetín perdido. Pobres sus compañeros que tenían que fumarse la hediondera de ese calcetín en el salón de clase. Una de esas veces uno de los maestros, al detectar que algo olía diferente, empezó a sorber violentamente por la nariz hasta que dijo: “Huele a lasagna”. Y luego se preguntaba porqué nadie iba a comer a su casa. 

Resulta que esta amiguita chacotera no se andaba sintiendo bien justo a la hora de la comida. Aun así, se comió unos burros de cochinita y de deshebrada en chile colorado bien buenos, pero posiblemente el gas de la Coca que se tomó fue el detonante que activó la bomba mortal. Como ya faltaban solamente cinco minutos, toda la escuela se empezó a amontonar en las puertas para poder entrar. Ella ya llevaba como veinte minutos aguantándose las ganas. Sus amigas estaban preocupadas por ella, entre ellas Amparo. Los que la vieron, hoy dicen que fue como ver a Michael Jackson transformarse en el Ayuwoki. Empezó pasando de ser morenita a ser blanca de lo pálida que se había puesto mientras que poco a poco se le deformaban la cara y el cuerpo. Toda la sangre se le fue a las entrañas para subirse con esos músculos lo que quería bajar. Se tuvo que ir a sentar a una esquina para pasar, o más bien detener, el mal rato. Estaba bien concentrada. Paradójicamente, estaba haciendo muy bien el esfuerzo de no hacer esfuerzo ahí abajo, y la verdad es que habría podido aguantarse si no hubiera sido por la campana. No se dio cuenta que se había sentado justo debajo de la campana, así que cuando sonó la espantó y se le salió el mojón. 

Ella no quería decirle a nadie lo que le había pasado, pero sabiendo que necesitaría que le hicieran el paro, le pidió a la marinerita que se acercara para decirle algo al oído. Una de las cosas que la hacían rara es que era, según ella, muy refinada y hablaba muy propia y meliflua. A veces nadie le entendía, y este no fue un buen momento para que no le entendieran. “Me vine de vientre”, le confesó a la marinerita. Se lo dijo tan bajito que no le entendió: “¿Qué dijiste?” Le volvió a decir, pero esta vez no le entendió lo que quería decir aunque sí la había escuchado bien. La otra que no era tan fina le dijo: “¿Qué carajos es eso?” Desesperada, le contestó: “¡Que me cagué!” Con una cara de asco, como en cámara lenta se paró la marinerita y se empezó a alejar la desgraciada sin ofrecerle ninguna ayuda. Las demás del grupo se le acercaron a Amparo y le preguntaron: “¿Qué te susurró?” Ella entendió otra cosa y contestó asombrada: “¿Cómo saben que se zurró?” Todas exclamaron sin disimularla: “¡¿Se zurró?!” Todo el bullicio se apagó y todos los que escucharon voltearon a la esquina. Un chavito corrió por sus amigos para llevarlos a la vergonzosa escena y les dijo: “¡Esa es la zurrada!” Ella se quedó como gárgola en la esquina. No se movía ni respondía a sus insultos. Uno de los niños agarró una bola de nieve y se la aventó a la cabeza, pero ella seguía sin moverse. La dejaron en paz cuando volvió a timbrar la campana para pasar a clases. Ella se quedó ahí todavía otro rato, arrepentida de haberse comido esos elotes de las vías, habiéndose rebelado abiertamente contra la legendaria y amada Plaza Grande.

Pasaron varios años antes de que esa niña pasara de nuevo por mi radar. Nunca supe su nombre hasta que nos topamos nuevamente en una fiesta, y sólo la reconocí porque iba con Amparo. Esa niña delicada que susurraba al hablar ya se había convertido en una señorita más relajada. Ya sonreía y hasta se acercaba a presentarse con los demás sin pena. El incidente que la debió de haber traumado de por vida, o por lo menos durante la secu y la prepa, había quedado en el pasado para ella. Muchos ya ni se acordaban de su apodo, pero yo que tenía años sin darme cuenta de ella solamente la conocía por su alias. Me aprendí su nombre hasta que me tocó castigo con ella jugando a la botella. “¡José y Elba!” exclamaron todos cuando la cola de la botella me apuntaba a mí y la punta a ella. Elba se levantó, se sentó en mis piernas y nos besamos. “¡Bueno, bueno! ¡Ya pasaron cinco segundos! ¡Ya estuvo bueno!” nos dijeron. Nos dejamos de besar, pero ella ya no se levantó de mis piernas. Le dije que como que estuvo rico y que si le seguíamos. Me contestó que órale y le seguimos. Unos se quedaron confundidos pensando que seguíamos cumpliendo castigo, pero los demás ya no nos hicieron caso, excepto por Amparo. Ellas dos eran mejores amigas, y Elba definitivamente conocía mi pasado con Amparo y lo que ella sentía por mí. Sobre todo, Elba sabía que yo le había prometido a Amparo un segundo beso para compensarle la mala experiencia de esa vez que nos besamos (o que ella me besó a mí) porque yo iba a besarla a ella mientras que ella había arreglado que Elba se fuera a besar con Judas. Luego me arrepentí y nunca le cumplí. Así que con buena razón, después de esa fiesta de la botella, Amparo le dejó de hablar a Elba y nunca se volvieron a conciliar.

Ese primer año de secundaria de Amparo ella me buscaba todas las mañanas en la entrada de la escuela. Un día, sin que me diera cuenta, se me acercó y me dijo: “Hueles rico ahí arriba”. Se me hizo bizarro su comentario. No sé que otros lugares me habrá olido, pero recuerdo que, por lo menos ese día, sí me había bañado. Otro día me dijo que qué padre me había peinado los pelos de la cabeza (¿cuáles otros me iba a peinar?). Ese tipo de comentarios me sacaban de onda, pero no les daba mucha importancia. Así, entre comentarios y comentarios empezamos a hablar. Bueno, ella era la que me hablaba porque yo me hacía el duro con ella en la escuela porque no quería que la gente pensara que yo tenía de amiga a una morrilla a la que nadie pelaba, a una misfit. Y a pesar de que nadie la pelaba, se consiguió un morrillo que era aun mayor que yo. Pensé que por eso yo ya no corría peligro de que la gente fuera a pensar mal de nosotros, así que fui un poco más liberal con mis palabras y de repente hablaba con ella. Me decía que qué buena onda era yo, que al principio pensaba que yo era bien sangrón porque me veía todo serio pero que ni al caso. Yo creo que ella estaba tonta porque sí era bien sangrón con ella. Pero tiene sentido que me viera así porque me confesó que desde que había llegado al rancho, yo había sido su amor platónico. Me supongo que con eso de que ella ya traía novio me podía decir que yo era su amor platónico sin que yo me lo fuera a tomar en serio, o qué sé yo. A ella le valía. Es más, creo que ella misma le contó a su novio que nos habíamos besado. A mí no me valía. El vato estaba grandote comparado conmigo y yo creo que sí me habría puesto una buena tunda si no hubiera sido porque siempre me le escondía. No me importaba tomar caminos más largos o hacerme el que estaba enfermo de la panza para tardarme más en el baño con tal de no topármelo. Aun cuando ya habían cortado, por costumbre yo seguía buscando escondite cada vez que lo veía.

Para festejar el 16 de septiembre de ese primer año de secundaria de Amparo, la iglesia hizo una fiesta similar a las patronales. Había mariachis, tamales, barbacoa y pozole, entre otras cosas típicas de la época. Al parecer el rancho no era tan patriota porque supe que no fueron muchos. De hecho, yo no iba a ir, pero venía caminando por la Plaza Grande y traía hambre. Y aunque la comida callejera de la plaza era muy buena, pero como no traía ni un cinco, no me pareció mala idea cruzar la calle para saciarme en la iglesia. Ya se estaba casi acabando la fiesta y quedaba poca gente, pero al ir acercándome al patio de la catedral, vi a Amparo que venía caminando hacía mí, como si ya supiera que yo iba a llegar. Aunque no me llegó nunca tufo de alcohol, parecía que ella le había entrado duro al trago. Venía bien sacalepunta, así como cuando Judas se despintó la greña, y me vino a retar. Me preguntó que si seguía virgen, y después de una pequeña pausa agregó "virgen de los labios". Su pregunta me agarró en curva, y la neta es que sí seguía “virgen de los labios”. No sé por qué sí se lo admití y para pronto ella me dijo que ella me lo quitaba. Bien macho yo le dije que luego luego y empezó adentrarse a los vestidores de los monaguillos. Yo empecé a caminar en la misma dirección, pero no la iba siguiendo porque no le creía, aunque admito que más que incredulidad me daba miedo y vergüenza. Vergüenza de que una lepa menor que yo me fuera a besar a mí, cuando debería de ser yo el experimentado que le enseñara a ella el abecedario de este tipo de cosas. Tampoco le creía porque ella tenía novio, pero al verme lento se regresó, me tomó de la mano y me llevó a los vestidores de los monaguillos.

“¡Bésame!” me decía. Peor que indita de campo me retorcía hacia los lados y le decía que no sabía. Las luces de los vestidores estaban apagadas para que no nos fueran a cachar en el acto. Solamente recuerdo ver su cara un poco azul por los reflectores que medio iluminaban los aposentos. Ella igual se retorcía para los lados pero de risa y de coraje de que “no tuviera huevos” para besarla. Esa danza duró como unos diez minutos porque no me animaba a besarla, y en uno de mis “¡es que no sé!” se me aventó y me besó. Nos separamos y ella se me quedó viendo sin saber si yo me iba a enojar. La vi a los ojos y bien bobo le dije: “¿Con que así se hace?” Y ahora me acerqué y la besé. Yo no tenía idea de lo que estaba haciendo, solamente de repente sentí sus papilas gustativas en mi boca. Yo creo que ella ha de haber comido menudo con pancita antes de todo este show porque ella me supo a carnitas. 

En eso escuchamos pasos y la voz de su jefa que la llamaba. Nos azorrillamos, nos pegamos al lado de la puerta y sujetamos fuertemente su escapulario, esperando que se nos hiciera el milagro y que no nos encontraran. Yo nunca supe nada de rosarios y esas cosas, pero Amparo rezó como cincuenta avemarías en esos segundos, que en retrospectiva me doy cuenta de la estupidez de pedirle a los cielos que te ayude a salirte con una obra mala. Los pasos se acercaron hasta la ventanita de la puerta y vimos la sombra de su mamá que se asomaba al cuarto. Tomados de la mano, los dos dejamos de respirar y nos preparamos para recibir el castigo divino, o más bien mortal, de su madre. Parecieron minutos lo que tal vez fueron unos cinco segundos, y milagrosamente, o tal vez por obra del diablo, su mamá no entró. Antes de que su jefa reclutara más gente para buscarla, ella se salió muy disimuladamente y yo me esperé otro rato antes de salir e irme a mi casa. El sabor a carnitas no me sació, pero sí me quitó el hambre.

Claudia Panteonera: Desde los ojos de Judas

Odio la epoca electoral. Hay demasiada gente en las calles, basura por todos lados y derroche de nuestro dinero en propaganda y comerciales que terminan hartando o hasta vergüenza dando, como los que se piratean canciones famosas y les ponen sus ridículos bailes y letras. Nunca puede uno volver a escuchar el hit original igual. Y todo para acabar con otro payaso que siga mamando descaradamente de la teta del pueblo. Siempre me los imagino en estilo de caricatura de periódico, sentados de perfil, como si estuvieran montados en una de las miles de vacas de nuestro rancho, con un ojo volteándonos a ver con una mueca insinuando que ahora que los pusimos ahí ahora son intocables, que qué brutos somos, mientras les escurre leche que terminan desperdiciando. Pero volviendo al tema, es cierto, aunque se reúna toda la gente de Rancho Alegre difícilmente se congestionarían las calles porque lo más que se atascan las calles por tráfico son como tres cuadras. Pero aun así no lo soporto. Me engento muy fácilmente. Es por eso que cuando el Moto iba a pasar por nosotros yo estaba de todo menos entusiasmado. Si de por sí ir a dar la vuelta se me hacia de lo más banal, ahora ir a dar la vuelta en época electoral era peor. Sin embargo, este domingo fue diferente. 

Con un “¡Shotgun!” le gané a José el lugar pegado a la ventana del copiloto. Me sentía más confiado de lo normal, dispuesto a arriesgarme a hacer cosas que tal vez antes no habría osado hacer. Creo que tuvo que ver que ese día José y yo nos despintamos la greña con agua oxigenada. Bueno, yo me despinté con agua oxigenada. El delicado de José pensó que el agua oxigenada le iba a maltratar el cabello, el cuero cabelludo, o que se iba a quedar ciego, yo que sé, y terminó comprándose un tinte, pero no compró uno lo suficientemente claro y el pelo le quedo más bien rojizo, pero un rojizo repugnante, como lodo con chorizo español. Más bien parecía cerillo con patas. Se veía muy ridículo, aunque no tanto como un vato de su escuela que iba dos grados abajo que él. Ese menso se hizo una base y ahora parecía estropajo con ojos. De todas formas, estando yo al lado de José me sentía, como dicen los gringos, que valía un millón de dólares. Algo así como cuando te dicen que para escapar cuando veas a un oso no tienes que correr más rápido que el oso, sino que solo tienes que correr más rápido que tus compas. Mejor dicho, como cuando una morrita dos tres se vuelve un tres solo por estar al lado de otra morrita horrenda. Esa era la situación ese domingo. Yo era la morrita dos tres que se volvió un tres por estar al lado de un cerillito chacotero. 

Al ir atravesando el corral de zombie-borregos electorales haciendo mi mejor esfuerzo por darles chicotazos con una fusta al que se me pusiera enfrente (en realidad solo los iba ignorando, pero eso iba haciendo en mi mente), en el último semáforo se acercó una morrita a entregarme una calcomanía del partido que promocionaba. No estoy seguro de porqué a ella si le acepté su propaganda cuando al resto del ganado se las rechacé bien pro. En retrospectiva, estoy seguro que tuvo que ver el espíritu aventurero que me inspiró mi nuevo look. Tal vez inconscientemente quería encontrar alguna excusa para ponerlo a prueba porque recuerdo que por alguna extraña razón el corazón me latía mas fuerte al ver ese último semáforo y pensar que se me escapaba mi oportunidad de hacer historia. Acepto que tomar la calcomanía no era nada del otro mundo, pero para mí eso implicó hacer un convenio con ella, un trato que yo estuve dispuesto a cumplir, un reto que sabía que podía superar. Es por eso que le pedí al Moto que se regresara, pero que cortara por la catedral para evitar el rodeo y llegar directo hacia donde estaba la morrita, esperando que ella siguiera ahí. 

Ella estaba justo en el semáforo, pero afortunadamente, por el trafico que había, nos tocó hacer múltiples altos (dos). Ya estaba andando la Ramona (la Ram) y llegaríamos a ella en unos cuantos segundos. No tenía ningún plan, pero sabía que no había marcha atrás, así que me dejé llevar. Me di cuenta que un señor por ahí estaba vendiendo rosas, así que le grité para que viniera corriendo como si ya se le estuviera saliendo el tamarindo y le compré una. La Ramona seguía andando, le pagué al señor, tomé la rosa con una mano, y con la otra le pegué la calcomanía a la rosa (fue lo primero que se me ocurrió), y no bien la había terminado de pegar cuando ya se la estaba entregando a ella. Lo curioso es que parecía que ella me estaba esperando. Puso un pie sobre el estribo de mi puerta, tomó la rosa con una sonrisa y me dijo “Me llamo Claudia”. Me hizo seña de que la encontráramos en la plaza de la catedral. Al recordar esta historia con José, él jura que el Moto “no le hacía a esas cosas”, dando a entender que era cuidadoso de no manchar su pedigree. Si bien hay cierta verdad en eso, lo que pasó es que Claudia tenía dos amigas. Una le echó los ojos a José y la otra al Moto. La de José parecía tucán, pero no estaba tan rochi como la otra. Pobrecita. Era gordita, chaparrita y prietita con ojos de sapo, privada de toda gracia. En realidad lo que el Moto dijo fue: “¡Wakala! ¡Yo no le hago a esas cosas!”

Como íbamos pasando por la catedral, decidí persignarme, sabiendo que no iba a hacer una diferencia pero suponiendo que si había un poder divino que me ayudara, en esta ocasión intervendría. Supongo que más bien creía que no haría una diferencia, pero en el fondo esperaba que si había la posibilidad de que algo me hiciera el paro, cualquier cosa, yo la aceptaba. Unas señoras me vieron, interrumpieron el chisme que se pasaban y dijeron que qué bonito niño, tan respetuoso, que ojalá más jovencitos fueran como yo, que qué ejemplo, que eso es lo que necesitaba la juventud de hoy en día. No las pude ni voltear a ver del dolor que me dio en cuanto acabe la señal. El pecho me ardía, pero era doloroso. Tiempo después vi que me quedó una cicatriz, como si alguien me hubiera apagado un cigarro. De ahí en adelante nunca más me volví a persignar.

No tardamos mucho en encontrarla. Al principio pensé que era el destino que nos encontráramos, pero debí haber prestado atención al presagio recién ocurrido. Nada bueno podía seguirle a un marcón del diablo. Cuando la vi, Claudia me dio un beso en la mejilla, me agradeció por la rosa y sin que le ofreciera el brazo se me colgó al brazo como lo haría una dama con un caballero, sólo que ella fue un poco más brusca. Todo lo que siguió lo viví en piloto automático. Es como si alguien le hubiera puesto Play a una película y yo solamente estaba de espectador. Pero era mi propia movie.

Por inercia la llevé a la Michoacana. Me acordé de la Arcoíris. Sin darme cuenta estaba repitiendo lo que Alfredo había hecho con ella la vez de nuestras novias exprés. Sé que nunca más supimos de ella, pero yo la seguí viendo una y otra vez. Siempre fui serio y rara vez hablaba de lo que sentía, pero la verdad es que cuando colocaba los ojos en una chava especial, todos mis sentimientos es enfocaban en ella intensamente, y no necesariamente lujuria intensa. Se volvía un ángel perfecto. No existían defectos, y los que tenía simplemente hacían que se viera más tierna. Algunos llamarían esto amor platónico. Para mí era algo más sublime. Y al mismo tiempo, algo inalcanzable. Era ir detrás de un arcoíris una y otra vez sin poder llegar a la olla de oro. Una y otra vez corría con todas mis fuerzas, teniendo el premio enfrente, siempre enfrente, cocoreándome, tentándome, burlándose de mí y destruyendo la fe en lo poco en lo que sí creía.

Claudia, como todas las chavas que me gustaban, era delgada y de cabello lacio. Me recordaba un poco a la Popopó, pero en morena. Le pregunté que si quería un agua fresca. Esta fue la primera vez que me hizo esa mirada que terminé detestando. Con los ojos me dijo que qué ingenuo era, que qué infantil. Me dijo que el único tipo de agua que ella tomaba era agua loca, pero que me aceptaba coca para ponerse igual. Pregunté al joven michoacanero que si a cuánto la Coca. Con ojos sorprendidos me preguntó que si de cuál. Su pregunta me confundió. “Coca…¿Cola…?” Un poco aliviado me dio la soda que le pedí. Cuando le di a Claudia su lata de refresco me volvió a echar la misma mirada, pero no dijo nada y se la tomó. Creo que sí había tenido sed, pero no había quedado satisfecha y me dijo que pasáramos a los licuados que estaban a media cuadra de ahí. Dijo que tenía unos compas que trabajaban ahí.

Los peludos que trabajaban en los licuados estaban… peludos. Tenían rastas largas y hablaban como el típico gringo californiano. Todo era “cool” y para todo te pedían que te relajaras. Estaban en edad de universitarios, pero dudo mucho que fueran estudiantes o que hayan concluido sus estudios. Claudia los saludó de beso y me presentó como su novio. Les extendí mi mano para estrechárselas a ellos y… “Wait… What?” 

Si una cosa hay que saber de los norteños, es que muchos son pochos. En otras palabras, mezclan muchas palabras gringas con el español. Hablan Spanglish por la gran influencia del país vecino. Otros de plano agarran palabras en inglés y las adaptan al español. Por ejemplo, en el norte no hay camionetas, hay trocas, de la palabra “truck". Tampoco hay refrescos, hay sodas. Los hot-dogs llevan winnie, no salchicha. Y los lonches de salshisha (porque también muchos pronuncian la “ch” como “sh”; luego los castrosos de otras partes del país piden que digas "osho mushashos de Shihuahua comen salshisha” para burlarse de uno) son los sándwiches de mortadela. Luego si pides direcciones te dicen que te vayas derecho hasta donde esta el sain (sign). También te dicen que te parquees, que aunque “parquearse” es normal en otros países latinos, en el resto de mi país es sacrilegio decir parquearse del verbo “to park” en inglés. Otra que usan es el “guacha” para pedirte que observes algo. Me supongo que viene del verbo “to watch”. En lugar de decir “watcha” dices “wacha” o “guacha”. Hasta he escuchado que dicen “clacha”. Mi teoría es que alguien sabía que el verbo para “observar” venía de la palabra en inglés para reloj. El problema es que hay dos palabras en inglés para reloj: “watch”, que es el que llevas en la muñeca, y “clock”, que es el que va en la pared. Se han de haber confundido y en lugar de decir “watcha”, dijeron “clacha”. Definitivamente, la frontera es un país distinto al resto de la república. Y aun así, yo odio a los pochos. En mi caso, yo simplemente sí hablo inglés. Solamente quería hacer la aclaración.

Me sacó de onda que Claudia me presentara como su novio, pero le seguí el juego. Nunca consideré que una de mis habilidades fuera el teatro. Una vez que mi mano quedó libre después de saludar a los peludos, mi mano se fue a la de Claudia y entrelazamos los dedos como si lleváramos meses de ser novios. Esto de actuar como su novio se me estaba dando muy naturalmente. Nadie de las personas que conocimos ese día dudó que de verdad fuésemos novios. Tal vez estén pensando que lo que me hizo actuar así ese día fue mi look de Backstreet Boy. Y al principio pensé lo mismo, pero durante el Summer of Love del año siguiente comprobé que no había sido así. 

Ese verano del amor, el coyón de José me pidió que le hiciera el paro para zafarse de una morra que no lo dejaba en paz. Resulta que un día le llegó a José un mensaje a su celular de una desconocida, simplemente saludándolo. El baboso de José se sintió halagado y empezó a mensajearse con la desconocida. La primera vez que me dijo su nombre ni le entendí. “¿Clitoqué?” fue lo único que exclamé al escuchar su raro nombre. Clitenmestra se llamaba la tipa. Al principio pensé que era de origen alemán, pero la única relación alemán que podría tener es con el perro. Pobrecita. Ahora sí que ella estaba pal’ perro, pero me di cuenta de eso hasta que la conocí en persona. Según esto, en una tardeada de su escuela, alguien le pasó a ella el número de José que porque lo quería conocer. Yo sigo pensando que ella estaba mandando mensajes al azar para ver quién mordía el anzuelo porque cuando la conocí no me reconoció. José se mensajeó con ella algunos días antes de que ella lo invitara a su casa a pasar a saludarla. Él no estaba muy convencido porque tenía miedo de que fuera a estar rochi. Coincidió que ella vivía justo a una cuadra de mi casa, una calle al norte paralela a la mía. Una tarde, José iba manejando cerca de mi casa y le mandó un mensaje de que estaba cerca, que tal vez podía pasar. Ya la había bateado unas tres veces, así que esta noticia fue espectacular para ella. Decía ella que no cabía de contenta. Ella le indicó que su casa era la tercera contando desde las vías del tren y que lo iba a estar esperando en la puerta. Él le dijo que iba a pasar en su Cherokee blanca para que pudiera reconocerlo. Como ya estaba oscuro, las familias que estaban en el vecindario ya tenían las luces de sus casas prendidas. José pasó bien despacito y se iba fijando en casa por casa. Vio que solamente una tenía la luz prendida, la tercera casa desde las vías. Cuando me describió lo que pasó no pude contener las carcajadas. Según él, la puerta principal de la casa estaba abierta y sólo vio una sombra enorme que cubría el resto de la puerta de mosquitero. Según el hasta pensaba que la puerta estaba cerrada de lo oscuro que se veía, pero se dio que era una sombra porque tenía dos colitas a los lados de la cabeza. Dijo que parecía una Chilindrina gigante, como la del Chavo del Ocho, y que le dio miedo, así que le metió la chancla a la Cherokee, pilló llanta y en menos de diez segundos llegó a mi casa a contarme su desafortunada experiencia. Aun mientras me describía lo sucedido, le empezó a llegar mensaje tras mensaje de ella, desesperada por conocer su paradero, que lo había visto pero que no llegó, que si por qué no había llegado, que si qué había pasado. José le contestó que no pudo pasar, que le había llamado su mamá y se tuvo que ir hecho la mocha. Ella le escribió que había visto la Cherokee y José dijo que ha de haber sido otra igual.

Tanto sonaba el celular de José que se le descargaba dos veces al día. Clite le mandaba mensajes a todas horas y lo molestaba con que fuera a visitarla. Harto y con ojeras, José me lloró que le ayudara a resolver su problema. Me pidió que yo satisficiera su exigencia de irla a visitar. Él sospechaba que ella en realidad nunca lo había visto y no sabía quién era él, así que me pidió que lo personificara y me hiciera pasar por él porque había quedado bien espantado desde la vez que vio su sombra. Sabiendo que en unos meses más yo ya me iba a ir a vivir a otra ciudad y que probablemente nunca más la iba a volver a ver en mi vida, le dije que simón y pusimos en marcha el plan que maquinó. Llegué a su casa, agarró la camioneta y regresamos a mi casa. Él sabía que yo era terrible manejando, pero parte del plan era que yo llegara a la casa de ella manejando, así que nos bajamos e intercambiamos los lugares de conductor y de copiloto. José le avisó a Clite que ya iba a llegar para que estuviera pendiente. Entonces me fui manejando esa cuadra a su casa por la calle de tierra pegada a las vías, por esa calle por donde no pasaban casi carros, a una velocidad de como 5 kilómetros por hora. Tal vez iba un poco más despacio pues unas señoras que iban caminando por la banqueta iban más rápido que yo. Sus niños también iban más rápido. El caso es que llegamos sanos y salvos. Me estacioné y Clite ya estaba esperándome. Bueno, estaba esperando a José. Este era el momento de la verdad. Aquí íbamos a saber si de verdad ya conocía a José o no. José se medio agachó para que no lo viera bien, pero pelaba los ojos para ver a su pesadilla en la carne. Me acerqué a saludarla de beso en cada mejilla y le dije que estaba feliz de por fin conocerla. Para el mundo de mensajes que le mandaba a José, en persona era muy callada. Al principio pensé que nos había descubierto, pero se veía muy feliz y entre más tiempo pasaba con ella, más me daba cuenta de que desde el principio ella creyó que yo era en realidad José. Bien metido en mi papel de José, le dije que no me podía quedar mucho tiempo porque mi hermano Judas me estaba esperando en la camioneta. Ella me imploró que me quedara otro poco, pero le dije que me tenía que ir a terminar un mandado de mi mamá, que tenía que ir a dejarle algo a mi Tita. En realidad la Tita era la abuelita materna de José. Desde muy pequeño yo no tenía abuelitas, pero ese detalle me salió como si de verdad en ese momento la Tita fuese mía. La abracé, me despedí y regresé a la camioneta para echarme una vuelta en U y regresar por la misma calle por la que habíamos llegado. A media cuadra, cuando ya no se veía la casa de la morra, nos bajamos de la camioneta y cambiamos nuevamente de lugares. Estábamos llorando de la risa por cómo había manejado la situación y cómo es que ella se la había tragado completita. Definitivamente, el Oscar me lo llevé ese día. No habíamos terminado de celebrar cuando le llegó a José un mensaje de ella: “Me encantaste”. La jovialidad de José se tornó en ira, pues se dio cuenta que había empeorado las cosas. No sé cómo se le ocurrió que una visita, y sobre todo una tan memorable, iba a lograr que mágicamente los mensajes desaparecieran. De por sí ya no se la acababa con los mensajes antes de ese encuentro. Ahora su celular hasta se trababa de tantos mensajes que le llegaban. Terminó vendiendo ese celular, pero no advirtió al comprador de la maldición de la Clite. Dicen las malas lenguas que ese celular llegó a ser conocido como la papá caliente. Todos lo vendían como al día de tenerlo. Dicen que finalmente uno de los dueños “se quemó” y literalmente terminó calcinándolo en un ataque de cólera.

El punto es que ese día con Claudia actué muy bien. Puede ser que mis greñas nuevas me hayan despertado mi don de actor, pero a final de cuentas fue un don innato. No nos quedamos mucho tiempo. Sus amigos raros le dieron su agua loca en un vaso de la Michoacana pirata para disimularla y no meterse en un pedo mundial por venderle pisto a una lepa menor de edad. Ella les avisó que más tarde regresaba por su otro encargo, les hizo un guiño y les aventó un beso. Para mí era fascinante adentrarme en el mundo de esta chica tan excéntrica. Caminamos por la misma plaza de siempre, pero con ella era como caminar en una plaza nueva, una que no había caminado antes. Con ella visité muchos lugares que ya conocía y ella surtía el mismo efecto. Ella conocía escondites y combinaciones secretas que expandieron mi conocimiento y experiencias. Lástima que la mota hacía pero pesado el malviaje y hoy ya no me acuerdo de casi nada.

Aunque nunca hablamos acerca de la Plaza Grande, en silencio ella ha sido testigo de varios acontecimientos importantes y de otros algo triviales, por lo que es nuestro deber hacerle homenaje. Recuerdo que en esta plaza empezamos a entrenar box con el amigo de mi mamá que falleció electrocutado hace poco, que en paz descanse. Le pedimos que nos entrenara para boxear, pero el noventa por ciento de los entrenamientos eran para tener una mejor resistencia. Nos traía corriendo por todo el rancho. Poco a poco veíamos como empezábamos a aguantar más las corridas largas, pero nuestra técnica de boxeo no pasaba de jab y gancho al hígado. Le hacíamos caso porque nos imaginábamos que así mismo había sido el entrenamiento de Rocky. Un día, después de acabar el entrenamiento, nos dio un volante tanto a José como a mí para inscribirnos en la siguiente carrera de 10K saliendo del Pueblo, el rancho aledaño que era, por más increíble que parezca, más pequeño que Rancho Alegre. En ese momento José entendió porqué nos hacía correr tanto y no nos enseñaba nada de box. Hizo una rabieta, le zampó un fregadazo en la cara al entrenador y salió corriendo hasta su casa. Nunca más volvimos a entrenar con el viejillo. 

Esta plaza también fue testigo de cómo el desgraciado de José abusaba de mí. Una vez en esta plaza llamamos desde el teléfono público de la esquina noreste al restaurante en contra esquina para ver cómo nos contestaba el mesero y pedirle una ensalada que nunca íbamos a pasar a recoger. Pero después de esa llamada, José marcó disque un número al azar, me pasó el teléfono y empezó a alejarse un poco. Yo escuchaba el tono del teléfono, pero al mismo tiempo escuchaba un teléfono timbrar muy cerca. Cuando escuché el “¿Bueno?” en el teléfono y la misma voz cerca de mí, me di cuenta que José había marcado el número del sitio de taxis de la plaza que se encontraba justo al lado del teléfono que estaba usando. Volteé hacia el sur de la plaza par encontrar a José botado de la risa al ver que contestó el taxista panzón de bigote de Pancho Villa, justo el que pensábamos que era pedófilo. Lo peor del caso es que como en ese entonces yo seguía en muletas, no tenía cómo escapar de esa situación. Y otro día, íbamos discutiendo por alguna babosada por ahí mismo. José andaba muy sácalepunta conmigo, muy machito él. Ha de haber pensado que como yo andaba en muletas esta era su oportunidad para aprovecharse de mí. A mí no me importaban las muletas. En todo caso, pensaba que las podría usar como arma para defenderme si se me ponía muy al brinco. Pero en cuanto empecé a ponérmele marrusco yo también, me agarró desprevenido, igual que al entrenador, y me empujó con todo y muletas y les caí a los boleros que se ponen enfrente de la catedral. Ellos me ayudaron a levantarme, y para cuando alcé la mirada José ya iba más allá de la Michoacana. No volvió ese día. Tengo que admitir que sí corría muy rápido el José.

Habiéndose puesto bien alegre, Claudia me zampó un beso en la boca. Chiquito, pero fue enfrente de todos. Me sacó de onda, pero era lo que seguía después de nuestro teatro de ensueño vuelto realidad. Me hizo una sonrisa coqueta, me arrimó la cabeza al hombro y no dijo más. Le dimos vueltas a la plaza como aquella vez de las novias exprés, pero esta vez nadie decía nada. Sólo íbamos tomados de la mano. Nuestra relación fue como esa noche. Siempre dábamos vueltas sin hablar de nada importante. Solamente trampabamos. No era necesario hablar. De repente nos escapábamos y me tocaba conocer a sus amigos raros. Muy pronto me di cuenta que no teníamos nada en común, pero aun así duramos juntos como unas tres semanas.

Cuando pasamos por la banca donde estaban sentados José y la Pinocho, noté que José pedía a gritos con la mirada que lo salvara, así que me apiadé de él. Solamente le di tres vueltas más a la plaza, nos detuvimos unas cuantas veces para darnos unos ricos kikos, y regresé por él. Como resorte se disparó de su banca y pensé que ya no me iba a dar oportunidad de despedirme bien de Claudia, pero ella me agarró de los huevos, me jaló hacia ella y se me pegó para darme un beso bien rico. En medio del beso se me salió un gemido. Ella se emocionó y empezó a besar a la francesa. La neta es que el gemido fue de dolor porque ¡sí me dolió el agarrón! Y luego sentí otro agarrón, pero sólo era de la camisa. El menso de José ya estaba que se pelaba por irse y me estaba presionando. Nunca en la historia de los carnales alguno había sido tan inoportuno como él en aquella ocasión. Al despegarme de Claudia se oyó un ¡plop! como cuando se destapa un envase sellado en baño María, pero ninguno de los dos dijo nada. Me dio su teléfono y quedé en irla a visitar otro día.

Monday, December 31, 2018

Claudia Panteonera: Desde los ojos de José

Play: White Zombie - Children of the Grave

Los domingos en Rancho Alegre eran una institución bien establecida. El mismo ritual se repetía semana tras semana. Sin importar de cuál estrato social fuese uno, lo de los domingos era ir a dar la vuelta por la Benito a tirar rostro, o como unos decían, a tirar monstruo. Lo típico era juntar una bola de compas y salir todos juntos en el mejor carro porque las apariencias cuentan y bastante. Obvio que el que manejaba ganaba puntos sociales extra. Los más fresitas conectaban su discman (o dicsman para los menos privilegiados) por la entrada auxiliar y ponían las rolitas poperas más recientes del gigante MTV, cuando MTV dictaba todavía las modas. Sin embargo, la gran mayoría disfrutaba escuchar rochacadas típicas del rancho por la radio o en cassette acompañadas de sus buenos sombreros y sus botas cheras. Los otros inadaptados sociales como nosotros preferíamos escuchar música pesada, a menudo desconocida por el resto de los que daban la vuelta, y no por querer desentonar a propósito sino porque de verdad no nos gustaba la música de moda, o peor aun, las rochacadas. Bueno, no es que no nos gustara ese tipo de música. La odiabamos. Y afortunadamente, esto era antes de los tiempos del reggaeton y esas perradas nacas que se pusieron de moda años más tarde. Debo confesar que al ir en la cola de carros con los vidrios de mi Cherokee abajo y con los gritos y guitarras a todo lo que daban las bocinas, cuando nos volteaban a ver como si fuéramos de otro mundo o que de plano nos hicieran ademanes y nos gritaran "¡locos!", yo sonreía ligeramente y en mi vitrina mental de trofeos me colocaba un reconocimiento más. 

Uno de esos tantos domingos le hablamos al Moto para ir a dar la vuelta en su imponente Ram verde. Como era verano estabamos de vacaciones y oscurecía hasta tarde. Lo que diferenciaba este domingo de otros es que el rancho se encontraba en epocas electorales. Las elecciones en aquél entonces eran similar a un carnaval. Por lo menos para mí las eran ya que nunca había ido a uno. Por alguna extraña razón, cuando me acuerdo de las elecciones me acuerdo no solo de grupos de borregos vestidos del mismo color del partido que apoyaban y veintemil banderitas y calcomanías por todas las calles, sino también de rifas y regalos. Ahora que lo pienso, no creo que hayan sido rifas sino sólo regalos para comprar votos. Lo que se me hacía extraño era ver a tantos jóvenes en los cruceros, que en realidad solo eran dos de los tres semaforos del rancho. Y pensándole todavía más, no recuerdo haber visto chavos, solo chavas. Todo tiene sentido ahora... Es mucho más fácil atraer un voto con una sonrisa coqueta que con un puberto medio peludo. Y casi les funciona con nosotros, salvo que nosotros todavía no estabamos en edad de votar. Menos mal que en aquel no entonces no existía la canción de "Movimiento Naranja, Movimiento Ciudadano" porque si no no me acordaría de nada más.

Pasó el Moto por nosotros y esta vez íbamos decididos a tener una nueva ranchoaventura. Un par de cuadras antes del semaforo tuvimos que bajar la velocidad. Teniendo en cuenta que la velocidad normal en Rancho Alegre era de unos treinta kilómetros por hora, ir aun más despacio era como ir arreando animales, a lo cual muchos ranchoalegrenses estaban acostumbrados a hacer. Y es que eso parecía. Las multitudes de militantes y simpatizantes con sus playeras blancas y gorras con el estampado del candidato que apoyaban habían tomado las calles y seguían a los automovilistas como si fueran su pastor hasta que lograban deshacerse de la propaganda que muy amablemente obsequiaban, a veces a la fuerza, pero muy amablemente. En nuestro nadar contra corriente, la música que traíamos se opacó con el mensaje tan importante que nos berreaban. “¡Vota por nuestro candidato! ¡Beee!" Mientras el Moto y yo los espantabamos como moscas, sin darnos cuenta, Judas le aceptó propaganda a una de ellas. Nunca supe si al principio la había aceptado por seguirle la corriente a la muchachita panteonera, pero se tomó su papel muy en serio. Una vez que escapamos de las garras de la multitud, Judas insistió en regresar al mismo pantano que recién habíamos librado porque quería averiguar el nombre de la morrita. Presentando como credenciales la propaganda que Judas había aceptado nos dejaron pasar sin tanto percance, y al llegar con la morrita, Judás envolvió una rosa que compró en el momento con la misma calcomanía que ella le había entregado un par de minutos antes y se la presentó. "Me llamo Claudia", le dijo y le señaló la catedral para que se encontraran ahí. Judas quiso convencer al Moto de que se nos uniera, pero se negó rotundamente diciendo que él no le hacía a esas cosas, dando a entender que él no se rebajaba a entablar una relación con cualquiera. Por más que trató, no pudo esconder que simplemente no tenía la confianza suficiente en sí mismo para acercarse a hablarle a cualquier morrita. Nos bajamos Judas y yo de la Ram, el Moto se arrancó y caminamos hacia el gentío con la esperanza de encontrar a la susodicha. 

Pensé que nuestra búsqueda iba a ser en vano porque, además de que ya el sol se había ocultado y era difícil ver con las pocas luces pedorras que había en la plaza, había demasiada gente y ruido. Según yo había gente bailando en círculos aplaudiendo, con tragos en la mano (por eso me recuerda a un carnaval). Posiblemente estaba escrito en el libro de la vida que se encontraran porque no tardamos casi nada en encontrarla. La acompañaban las dos amigas que estaban con ella en el semáforo. El desgraciado de Judas parecía que ni me conocía pues en cuanto la vio se fue con ella a caminar a lo oscurito. Para mi buena fortuna, su amiga Irene no tardo en arrimárseme y presentarse conmigo. No era fea, pero su característica distintiva era su nariz grande, aunque tampoco me distraía mucho. Nosotros también empezamos a caminar buscando una banca para sentarnos, cuando escuché detrás de nosotros una voz triste que preguntaba “¿Y su amigo de la camioneta?”, seguido de un tenue sollozo. Al parecer la otra amiga pensaba que a ella le iba a tocar con el Moto. Y no es que la hayamos ignorado a propósito, pero simplemente pasó desapercibida por nosotros, y casi por sus amigas también porque no recuerdo que ni siquiera nos hayan mencionado su nombre ni que la hayan traído a colación nunca más. Lo más triste es que posiblemente lo único que se conozca de esta morrilla en las páginas de la historia sean estas pocas líneas que le hacen honor a ella, a la amiga ignota, la que cayó sin ninguna pelea y sin ninguna gracia. 

Fue en esta misma plaza que un par de años atrás tuvimos novias exprés en una kermés de domingo. Alfredo estaba de visita y nos hicimos el reto de encontrar novia esa misma tarde. Lo que hicimos Judas, él y yo fue simplemente caminar alrededor de la plaza una y otra vez, como unas veinte veces, en sentido contrario de la multitud. De ese modo podíamos ver el menú de morritas disponibles, y para la tercera o cuarta vuelta empezamos a entablar conversaciones con ellas. En la primera oportunidad preguntábamos cómo se llamaban, pero seguíamos caminando. A la siguiente vuelta nos contestaban sus nombres y nos preguntaban el nuestro, pero igual seguíamos caminando para no entorpecer el flujo, además de que éramos todavía unos niños inmaduros de doce años y no podíamos entablar una conversación seria con las niñas. Al encontrarnos en la siguiente vuelta les decíamos nuestros nombres, y en la siguiente vuelta les preguntábamos que si querían ser nuestras novias. Judas encontró novia, pero a la tercer vuelta después de que le dijeron que sí, lo cortaron. Yo no tuve suerte. A mí todas me dijeron que no, pero Alfredo desde las tempranas vueltas nos abandonó porque encontró una novia muy bonita. Nunca nos acordamos de su nombre, simplemente nos referíamos a ella como la Arcoíris por la blusa que llevaba puesta. Es como si nadie en la plaza hubiera captado que era posible dejar de caminar, como que era inefable salirse del programa. Alfredo, que siempre fue muy experimentado con las niñas, no dudo en salirse y usar su encanto. Se la llevó a la Michoacana y le compró una paleta de melón. Después de ese día la habremos visto una vez más, pero él la cortó porque no estaba muy interesado en ella. Judas y yo queríamos ahorcarlo, ¿cómo que no tenía interés en una niña tan bonita? Tan poco fue su interés que él tampoco se acordaba de su nombre, lo cual hizo que le empezara a hervir la sangre del coraje a Judas porque él sí tenía interés en ella. Jamás la volvimos a ver ni a saber nada de ella.

Fue en esta misma plaza en la que Alfredo y yo unos meses antes de esa kermés empezamos a dar anuncios de servicio al público. Con tarjetas prepagadas, usábamos el teléfono público que quedaba enfrente de la biblioteca municipal para marcar números al azar y actuar como si fuéramos la operadora dando un mensaje importante. De las muchas babosadas que dijimos, me acuerdo de uno que tenía que ver con Paco Stanley. Tenía poco que lo habían asesinado. Después de que yo escuchara el “¿Bueno?” en el auricular, yo decía: “Este es un mensaje de TV Azteca”. De ahí le pasaba el teléfono a Alfredo y él empezaba a contar en canción, como trovador, que habían matado a Paco Stanley saliendo de un restaurante y que le habían metido unos balazos por la cabeza que lo mataron al instante. Y luego decía como un coro haría desde el fondo “¡Pobre Paco! ¡Pobre Paco!” con un aplauso entre cada “Pobre Paco”. Y si eso fue de mal gusto, no se compara con otra vez que hicimos algo parecido una época de navidad.

Alfredo pensó que estábamos marcando números al azar, como de sólito, pero esta vez marqué el número de un ex-compañero de la primaria que solía marcarme todos los días y que quería que hablara con él toda la tarde. Yo me cansaba y le colgaba, y como una hora más tarde cuando volvía al teléfono él seguía del otro lado de la línea. Una vez tuve que pedirle a mi mamá que ella resolviera el problema, así que cuando timbró el teléfono ella contestó: “Funerales La Paz, buenas tardes”. Ella dijo que el niño exclamó “¡¿Funeraría?!”, a lo cual ella le contestó en afirmativo y le empezó a explicar los diferentes tipos de ataúdes que ofrecía. El niño colgó y nunca más volvió a marcar. Pensé que le tocaba recibir una cucharada de su propia medicina esta vez con Alfredo, pero no tenía idea de lo que Alfredo tenía en mente. Cuando le contestó la mamá del niño, Alfredo hizo voz de adulto y empezó a explicar que hablaba de parte de un orfanato esperando que en esta época navideña sus niños pudieran pasar una navidad feliz con alguna familia y que si estarían interesados en adoptar a uno de sus niños solamente por esa noche. La señora sin titubear dijo que sí y que le encantaría hablar con el niño. Alfredo pretendió pasarle el teléfono al huérfano y él mismo fingió ahora voz de niño: “¿Bueno?” Ella le contestó: “¡Hola, mi amor! ¿Cómo te llamas?” Alfredo apenas pudo decir que se llamaba Juanito antes de soltar la carcajada y colgarle a la señora. Recuerdo haber ido una vez a la casa de ese niño unos meses atrás. Vivía en una calle de tierra, que aunque para Rancho Alegre era normal, su vecindario era de los más marginados. No tenían muchas cosas en su casa. Esa vez jugamos futbol en la calle con dos piedras como postes. Rara vez nos interrumpían los carros porque casi no pasaba ninguno por esa área. Me daba pena como se burlaban los niños de él porque debajo de la camisa blanca del uniforme se le notaba el corpiño amarillo de su hermana. A él no le importaba, tal vez porque no entendía que otros niños tenían su propia ropa y que no tenían que compartir, mucho menos la ropa de sus hermanas. Hasta que fui a su casa entendí que en realidad a sus papás no les alcanzaba para comprar casi nada, ni ropa de niño. Aunque nunca lo molesté por usar ropa interior de niña, si me molestaba que él me marcara tanto, por lo que esa noche con Alfredo se me ocurrió marcarle a él. Y pese a que me da mucha vergüenza lo que hicimos esa noche, de cierta manera creo que esa era otra de esas cosas que ya estaban escritas que tenían que suceder. Nunca imaginé que una familia con tan pocos recursos no dudara en acoger con los brazos abiertos y compartir lo poco que tenía con alguien más necesitado.

Pero aun más vergüenza me da admitir que esa no fue la última vez que marcamos anónimamente para seguir fregando. Fue en esa misma plaza que le marcábamos a la mamá de una ex-novia para pelearnos con ella y acabar llamándola “¡Vieja fodonga! ¡Vieja fodonga!” De hecho, tanto la molestábamos a la pobre señora que una vez desde Estados Unidos le marcamos por cobrar diciendo que el que llamaba era Xavier López. Sabíamos que su hija se apellidaba López, por lo que tal vez ha de haber pensado que era algún pariente lejano, pero nosotros nos referíamos a Chabelo. Para nuestra gran sorpresa ella aceptó la llamada y Alfredo, que era el que siempre hablaba con ella, le preguntó que si era la Sra. López, y una vez que le confirmó que era ella y le preguntó que si quién era, Alfredo le cantó su versito de antaño: “¡Vieja fodonga! ¡Vieja fodonga!” Antes de que Alfredo le colgara ella sólo le alcanzó a amenazar con un: “¡Mendigo chamaco, hijo de la…!”

Esa novia nunca la he contado como mi novia. Era más o menos bonita, pero no me gustaba. Yo la conocí cuando me la presentó el niño estropajo ojos de sapo de mi escuela una vez que fui a su casa. Era el día que él había escogido para cantársela. Ella era su vecina y él estaba obsesionado con ella. Parecía ser su amor platónico porque le sacaba como tres años a él. Él me había contado una y otra vez su plan de cómo se la iba a cantar y de las cosas sucias que pensaba hacerle una vez que fuera su novia. Tantas nauseas me habían causado sus fantasías que, cuando él se disculpó para ir al baño, decidí cantársela yo mismo esa misma tarde que la conocí. No me dio una respuesta porque en eso iba saliendo Estropajín. Creo que de tantos nervios le dieron ganas de ir al baño y prefirió ir antes del gran momento para tomar valor porque cuando regreso le pidió a ella que si lo podía acompañar un momento para decirle algo a solas. Vi que a lo lejos hablaron como dos minutos cuando lo vi regresar solo hacia mí hecho la mocha para decirme: “¡Eh, wey! ¡¿Por qué se la cantaste?!” Después se acercó ella y nos dijo que durante el transcurso de la tarde nos iba a dar su respuesta. De ahí Estropajín empezó a competir conmigo en todo, que si él podía lanzar piedras más lejos, que si él tenía mejor puntería, que si él era más fuerte. A mí no me podía importar menos. Me daba igual su respuesta. No es que yo quisiera salvarla a ella de un chavalo calenturiento. Lo hice por malicia. Me quise interponer deliberadamente entre ellos. Sé que ella de todos modos nunca lo habría visto seriamente a él, pero pensé que sería emocionante ver qué sucedería, como cuando uno le bloquea el camino a la perfecta hilera de hormigas para ver cómo reaccionan. Después de deliberar un rato mentalmente, nos anunció a los dos que yo había sido su elección. Me dio su número de teléfono y nunca más nos volvimos a ver. Nunca cortamos ni volvimos a hablar, pero su número quedó para la posteridad. En una de esas veces que Alfredo estaba de visita le pedí que me hiciera el favor de averiguar el estatus de mi relación con ella. Si no nos consideraba novios, bien, pero si todavía nos consideraba pareja Alfredo la iba a cortar por mí. Cuando marcó, no contábamos que su mamá no nos iba a dejar hablar con ella, y después de un rato Alfredo se desesperó y le dijo: “¡Mugre vieja fodonga! ¿Quién se cree usted para prohibirme hablar con su hija?” Y el resto es historia.

Como ya había mencionado antes, Alfredo tenía mucha experiencia con las chavas. De hecho, al saber que yo estaba fallando en ese aspecto, él me escribió un tutorial con todo e ilustraciones sobre cómo ligar y besar. Viendo que las chavas que me gustaban estaban en mi escuela, él me indicó que tenía que empezar por ir a comer al mismo lugar que la víctima que había escogido, sentarme junto a ella y reírme de todas las babosadas que dijera. Luego le tenía que decir que nos fuéramos a caminar por ahí y tenía que llevarla a un lugar más privado. Su manual indicaba que estando ella pegada a la pared yo debía proseguir a hacer ojos de borrego a medio morir, no decir nada y zamparle el beso. Debía de empezar despacio y de ahí empezar a sacar la lengua, pero no mucho para no espantarla ni babearla tanto. Como todo esto sucedía fuera del campus de la escuela, después de acabar podíamos regresar pero no debía tomarle la mano y tenía que pretender que nada había pasado, pero al regresar con mis compas les podía presumir con lujo de detalle. 

Al principio pensé que sus consejos eran sacados de la biblia de los seductores. Yo lo estimaba como una figura de autoridad en el tema pues siempre lo había visto rodeado de chavas muy bonitas y era obvio que era muy popular con ellas. Y aun así, pensaba que algo no cuadraba. Había notado que no tenía compas, solo tenía amigas. Nunca había tenido amigos niños. Desde chico se burlaban de él porque pateaba como niña, lanzaba como niña y corría como niña. Siempre lo habían hecho a un lado los varones. Por el contrario, las niñas siempre lo encontraron encantador, y es que el vato sí era carita. Yo siempre fui la excepción porque desde que tengo uso de razón él siempre ha visitado mi casa cuando vienen sus papás a visitar a los míos. Nuestros padres fueron amigos de toda la vida y ahora nosotros, sus hijos, convivimos en prácticamente todas las navidades y ocasiones importantes. Aun cuando su familia se mudaba a otras ciudades, las vacaciones de verano las seguíamos pasando juntos. Y aunque yo sí notaba que era amanerado, la verdad a mí nunca me importó. Para mí siempre fue como de mi familia. Ahora que estábamos en la adolescencia tampoco me importaba mucho, pero sí me parecía extraño que este Don Juan siguiera sin amigos. Un día, un par de años después de la Arcoíris, me contó que había hecho un amigo en la ciudad en la que vivía. De ahí en adelante ya no hablaba de otra cosa más que de su inseparable amigo. Seguía teniendo amigas, pero la mayoría de su tiempo la pasaba en la casa de él. 

Una vez que fui a visitarlo vi que su amigo le había regalado un tigre de peluche del tamaño de una almohada grande. No le presté mucha atención en ese momento, aunque sí me dejó un poco confundido. ¿Qué tipo de compas se regalan peluches? En fin, él se disculpó para ir a visitarlo y me dejó solo en su casa. Yo decidí usar su computadora para usar el LatinChat, que estaba de moda en aquél entonces. Yo y Judas éramos muy populares en las salas de ese chat. Eramos “Hot Dog”. Cuando digo que éramos populares, debo aclarar que éramos notorios por flamear y las guerras que creábamos entre los usuarios. Generalmente terminaban botándonos de las salas. A veces usábamos nombre de mujer y seducíamos a otros hombres para invitarlos a salas privadas de chat para continuar la conversación a solas, pero nosotros no entrábamos. Simplemente veíamos cómo dos de nuestras víctimas abandonaban la sala pública de chat en la que estábamos y como a los dos minutos regresaban a la sala pública. Los ingenuos, pensando en que había habido una confusión, trataban de confirmar el nombre de la sala privada. Los que se daban cuenta de lo que habíamos hecho regresaban para reclamarnos por haberlos engañado a entrar a una sala privada con otro peludo. Terminaron vetándonos de LatinChat varias veces y al final terminamos perdiendo interés. 

Ese día que usé la computadora de Alfredo, al cerrar el navegador el monitor me mostró la ventana con una carpeta de fotos de Alfredo. Pensando que él me estaba escondiendo amigas bonitas qué presentarme, me puse a chismear en sus archivos. Varias de las fotos me daban envidia. Se la pasaba de fiesta en fiesta rodeado de chavas muy bonitas. Luego empezaron las fotos de su amigo. Esas eran aburridas, pero la última foto respondió todas mis preguntas. Finalmente, todo tenía sentido. Alfredo era gay. Las señas siempre fueron claras. Cuando éramos más chicos y yo jugaba Street Fighter II en mi casa, él me pedía que yo usara a Chun Li y él pretendía ser ella, y en el momento en el que alguien más llegaba él me suplicaba que no le contara a nadie. Unos meses antes de que encontrara la foto me sorprendió la indiferencia con la que me mostró la Playboy que le había regalado su papá. Ya habían sospechas y desde que era niño lo molestaban porque creían que era pero no lo confirmaban. De hecho, fue hasta muchos años más tarde que salió del closet. Poco a poco nos fuimos distanciado desde que tuvo su “amigo” nuevo, así que en realidad nunca me enteré en qué momento lo anunció, si es que lo anunció. Lo último que supe es que se casó, pero no me invitó a pesar de que yo a él sí lo invité a mi boda. Nunca entendí porqué nos distanciamos tanto. El tiempo sí ha sido el culpable de que me haya distanciado de muchas personas, pero no puedo culpar al tiempo por lo que pasó entre Alfredo y yo. No creo que haya sido por vergüenza que poco a poco se fuera alejando de mí. Pienso que más bien él creía que yo lo iba a juzgar y me empezó a resentir por no aceptarlo y por no actualizarme, que tal vez yo era un anticuado por quedarme en la era de la prehistoria. Después de todo, él era el que siempre me traía las nuevas modas de la ciudad. Después de todo, yo solo era un niño de rancho. La verdad es que todavía pasó algo de tiempo sin que él supiera que yo ya conocía su secreto. Dudo que él haya notado que yo lo haya tratado diferente porque nunca lo hice. Nunca me había importado que fuera diferente, y si me hubiera dado la oportunidad él se habría dado cuenta que mi estima por él no había cambiado. No le podía reprochar, ni le puedo reprochar, que nunca haya sido sincero conmigo y que me hubiera ocultado ese detalle. Siempre fue muy extrovertido, pero siempre pude ver que detrás de las risotadas ocultaba un dolor, que llevaba un peso que no podía compartir con nadie.

Estaba sentado con Irene en esa misma plaza en la que unos años atrás estuve a punto de partirle su madre al niño cometortas, hijo de los dueños de un negocio de tortas que nunca me gustaron. El Cometortas vino a jugar futbol con algunos de nosotros a la plaza, pero odiaba jugar con Alfredo porque era muy afeminado y empezó a molestarlo con que era gay. Alfredo, tratando de aparentar masculinidad, le cantó un tiro al Cometortas y empezaron a pelear. Alfredo lo hizo bailar un poco, pero no tenía ninguna esperanza de ganar. Rápidamente lo hicieron caer de sentón. Hasta ese punto, nunca me había dado tanta rabia de que atacaran así a alguien tan cercano a mí. Poco a poco empecé a ver todo entre gris y morado, la adrenalina alzándose al mismo tiempo que mi ritmo cardíaco incrementaba. Pero el Cometortas aprovechó el momento del sentón para tomar su bicicleta, lanzar otros insultos homofóbicos y salir huyendo. Estaba a punto de salir a alcanzarlo, pero Alfredo me tomó del brazo y me dijo que no valía la pena. Eternamente agradecido le debería de estar el Cometortas a Alfredo porque de no haber sido por él le habría desatado toda mi furia. Y yo sí lo habría dejado botado en la calle con nariz rota y probablemente uno que otro diente tumbado. En ese entonces yo todavía no había descubierto la foto de Alfredo besándose con su amigo en una piscina. Tiempo después del descubrimiento vino a visitar e hizo otro teatrito de machito. Siempre había sido muy bueno para actuar y decir mentiras, pero parecía que ya estaba cansando de aparentar y ya no le salían como antes. Una vez íbamos caminando hacia la tiendita cuando pasó un vato en bicicleta y le gritó: “¡Joto!” Más tarde ese día Judas me informó del chisme que estaba corriendo por todo el rancho acerca de Alfredo. Unos días antes fue a un jolgorio, se puso bien pedo y al parecer hizo un espectáculo que dio de que hablar por varias semanas entre las malas lenguas. Dicen que parecía mariposa pasando de flor en flor, sólo que en lugar de pasearse por los pétalos merodeaba en los pistilos. Alfredo llegó a la casa unos minutos después de que Judas me informara de lo sucedido. Debió haber notado que lo estábamos examinando, como si esperáramos que él mismo nos contara. Y efectivamente, nos contó que había ido a una fiesta y que se la había pasado de lo más nice. Al ver que seguíamos esperando más detalles, lo primero que se le ocurrió decirnos es que había muchas viejas bien buenas. Nos volteamos a ver Judas y yo, lo volteamos a ver nuevamente, y quiso convencernos de su hombría con un inconvincente: “Las viejas tenían unas nalgotas bien ricas”. Otra vez nos volteamos a ver Judas y yo. Las palabras no eran necesarias, una mirada era suficiente. Fue varios años después que Alfredo supo que yo sabía de su preferencia sexual, pero nunca supo que yo había visto la foto y mucho menos que en esa ocasión ese acto no me iba a poder engañar.

Sé que estoy alargando mucho la historia de Irene y no he contado nada de ella todavía, pero siempre regresamos a esa misma plaza. Sucedieron muchas cosas importantes en esa plaza, y seguiremos volviendo a esa plaza, pero sin duda lo más memorable que aconteció en esa misma plaza es que en una de las bancas que daban hacia la Michoacana rechacé para siempre a Iraís.

Ahora sí, estaba sentado con Irene en una de las bancas de esa misma plaza legendaria. No pasó nada interesante. Casi, casi el recordar esta anécdota tiñe las placas de acontecimientos memorables de la Plaza Grande. Y lo siento por haberla hecho tanto de emoción. No fue mi intención. Las otras historias fueron mucho más interesantes, ¿no? Y si no fueron interesantes, por lo menos para mí son importantes. Esa tarde con Irene fue muy aburrida. Era como sacarse las muelas. Judas decía que parecía tucán, pero si había que compararla con un ave ella más bien era perico. Y no por su nariz. La boca no le paraba. Era una merolica. A pesar de que me contó chismes mil, de gente que ni conocía por cierto, no recuerdo absolutamente ninguno, además de que no le creía nada. Recuerdo más bien ver a unos niños jugando futbol y sintiendo una gran envidia. Qué hubiera dado por cambiar mi lugar con el portero gordito al que todos le metían gol. Normalmente prefiero no jugar si me piensan poner en el arco, pero Irene era tan aburrida y pretenciosa que habría aceptado mil veces, y encantado de la vida, jugar como portero que tener que seguir escuchándola. Justo antes de que Judas se dignara a regresar con Claudia, Irene por fin dijo algo interesante, que selectivamente quise creer. Me dijo que me iba a invitar a conocer a sus amigas para presumirme. No sé que es lo que iba a presumir de mí si esa vez a duras penas y le dije como me llamaba. Pero me intrigó el que tuviera varias amigas. Quién quitaba y las otras sí estaban bonitas.

Saturday, November 13, 2010

Juana Sánchez — Tercera parte

3:07 p.m. No quise seguir caminando hacia casa de Juana.
—José, ¿qué pasa?—me preguntó ella.
Fingí que me hablaban por teléfono.
—¿Bueno? ... Sí, ya sé. ... Ya sé. ... OK, voy para allá.
Me despedí brevemente de ella y me di a la fuga.

Juana se volvía cada vez más inoportuna. Primero, me interrumpía mis partidas de ajedrez o mis conciertos de rock. "Jaque ma..." ¡Ring! ¡Ring! Y todo para que me preguntara dónde estaba y con quién estaba; como si yo fuera a ser el mismo patán con ella como ella lo era con su otro novio.

Una vez me llamó cuando yo estaba con Judas y Alfredo Mercurio. Era una ocasión muy importante para Judas y para mí porque era la primera vez que Judas se había robado la camioneta de su mamá así como la primera vez que manejaba. Pero a pesar de tenerle una profunda confianza, ese pequeño detalle de mi vida me daba pena y aún no le contaba que yo conocía a Consuelo y a Juana. Tal vez le habría contado si no hubieran estado todos en la misma escuela porque así no las habría podido conocer. ¡Ring, ring! y me voltean a ver Judas y Alfredo. No contesto. ¡Ring, ring! otra vez y me dice Judas: "Pero contesta, pues". Contesto y me interroga Juana. Al ver que estaba acompañado me invita a su casa porque ahí también esta Consuelo y podemos pasar todos un rato agradable. Le dije que estábamos ocupados, que luego le hablaba.
—¿Quién era?—me preguntó Judas.
—No era nadie.
—¿Cómo que no era nadie?
—Nadie importante pues, luego te platico.

Ese encuentro de Miguel me tomó por sorpresa. La aventura secreta que pretendía tener con Juana se volvía cada vez más pública, o por lo menos así lo creía yo. Con tal de no echar a perder la poca reputación que me quedaba, si es que me quedaba todavía, tomé la decisión de acabar con Juana.

Pasaron algunos días y me llamó muy contenta Juana para darme la gran noticia: ella y Omar Reyes, su otro novio, habían terminado. Por lo que entendí, de algún modo le llegó el chisme a Omar de que Juana le estaba siendo infiel y él decidió terminar con ella. Yo estoy casi seguro de que fue Consuelo la que le pasó el chisme porque cada que yo llegaba a casa de Juana veía como se movía la cortina del cuarto de Consuelo; hasta llegó a espantarme la paranoia de Consuelo . El caso es que Juana estaba contenta porque lo que ella no se atrevía a hacer solito se dio. Lo único que no esperaba ella es la otra noticia que yo le tenía. Le dije que no era justo que le hiciéramos eso a Consuelo—ajá—, que ellas eran amigas y que teníamos que respetar sus sentimientos—ajá, para lo mucho que me importaba. "¡Ya sabía que me ibas a hacer esto!" respondió Juana y empezó a darme un sermón como pudo entre llanto y gritos.

Pobre Juana. Yo disfruté esa sensación de experimentar por debajo de las aguas y me zafé muy a tiempo de posibles repercusiones, pero ella quedó mal. Aparte de haber arruinado su amistad con Consuelo, al final se quedó como el perro de las dos tortas.

Friday, October 22, 2010

Juana Sánchez — Segunda parte

Una sola vez vino a visitarme el Breve. No éramos muy buenos amigos, pero fue grata su visita. Tampoco recuerdo cómo es que le empezaron a decir el Breve, creo que fue porque siempre fue alguien de pocas palabras. En aquella ocasión, el Breve me encontró limpiando mi caja de los recuerdos y se interesó en mi colección de cartas y fotografías, así que se las fui mostrando. "Esta es Krystal... Esta es Jessica... Esta es Amparo... Esta es Lucero... Esta es Consuelo... Y esta es Juana". No sé por qué Consuelo me regaló una foto de Juana si una, yo ni conocía a Juana y dos, la interesada era en mí era Consuelo misma.

El Breve quiso que yo le presentara a Juana, pero poco podía hacer por él porque Consuelo no me la había presentado aún. Visto que no teníamos nada qué hacer—creo que por eso es que fue a visitarme en primer lugar—insistió en que yo le hablara a Consuelo para que nos presentara a Juana. De mala gana le hablé a Consuelo y le conté que tenía un amigo que quería conocerlas a ella y a Juana. De muy buena gana ella me preguntó que si podíamos ir ya, que ahí estaba Juana con ella. Colgué y fuimos directo a casa de Consuelo. Cuando llegamos ya estaba oscuro y no supe distinguir entre Consuelo y Juana hasta que estuvimos cerca. Más tarde el Breve mostró su interés por Juana opinando que era bonita y que tenía mucho "potencial" para cuando creciera.

No creo que hayamos durado ahí ni diez minutos, pero pude ver por qué era tan conocida Juana. Consuelo fue completamente opacada por el carisma de Juana; no dejaba de sonreír, bromear y retar nuestro espacio personal. No que antes lo hiciera, pero desde ese día dejé de hablar con Consuelo y me hice más amigo de Juana. Fueron varias las cosas que me reveló Juana, entre ellas que Consuelo estaba enamorada de mí. A pesar de que Juana tenía novio, me dedicaba mucho tiempo a mí.

En una de nuestras pláticas ella me confesó que le gustaba alguien de mi escuela y de mi edad. Como yo sabía perfectamente que ella no conocía a nadie de mi escuela más que a mí y al Breve, yo supe que se refería a mí. Sabiendo que ella tenía novio, decidí seguirle el juego y le dije directamente que a mí se me hacía bonita alguien de su escuela y que no era Consuelo, pero que ella tenía novio. Mientras se lo decía sus ojos se iluminaban, hasta que le recordé que ella tenía novio, además de que su mejor amiga estaba enamorada de mí. Pasados pocos segundos su desilusión se volvió en esperanza y me comentó que se le había ocurrido una gran idea y que me tenía una propuesta: que fuéramos novios a escondidas y que pronto se desharía de su otro novio. ¿Qué quería decir para mí? Que podía cambiar ese primer beso sabor a carnitas por algo mejor; que vería desde un rincón secreto cómo Juana cortaba a su novio y cómo interactuaba hipócritamente con Consuelo; pero lo mejor de todo, ¡mi reputación quedaría intacta porque nadie se enteraría! Me agradó mucho su idea, así que acepté y ella se volvió loca de la felicidad. ¡Lo siento, Breve!

Monday, October 18, 2010

Juana Sánchez — Primera parte

3:00 p.m. No podía creer lo que estaba haciendo. Simplemente no me podía creer ahí, tocando la puerta de Juana. Es chistoso cómo ocurrió todo… Bueno, en realidad no es chistoso, pero a mí todavía me da risa ver cómo es que llegué ahí.

Estaba yo una tarde en el café donde trabajaba mi hermano mayor Gustavo cuando llegó a visitarlo a él una amiga suya. Si no hubiese sido porque ella era mayor que yo como tres años, me hubiese enamorado inmediatamente de ella. Obviamente, yo le comenté a Gustavo y él a su amiga. Me comentaron que ella tenía una hermana de catorce años (en aquél entonces un año menor que yo) llamada Consuelo. Yo me interesé al instante y, como me había ganado la confianza de la hermana de Consuelo, me confió a su hermana y me planearon una cita con ella. Días después vi a la amiga de Gustavo manejando con una niña de mi edad más o menos. “Si ella es Consuelo, ¡ya no la quiero conocer!” Y en efecto, llegado el día de la cita, confirmé que esa niña tilica de cabello largo largo a la chacha era la que había visto anteriormente.

Era ya tarde, el sol se había ocultado dejando ya una noche fría con cierta espesura en el aire, dando la impresión de que el aire no alcanzaba. Llegué puntual a nuestra cita forzada en el café de Gustavo. Ahí estaba Consuelo, esperándome. Se le notaba una inquietud acelerada de que ocurriera todo. Me sentí algo incomodo. Fingiendo no verla, me pasé de frente como si la marrana estuviese pariendo y con una naturaleza fingida saludé a Gustavo con la intención de alargar más el encuentro, pero a final de cuentas, era algo inevitable. Nos quedamos a solas Consuelo y yo en una mesa para dos en un cuarto con muy poca luz. Aproveché la excusa para ir por otro foco con el fin de matar tiempo; al fin y al cabo, Consuelo no podía permanecer toda la noche ahí, sólo era una niña. Entre más tiempo desperdiciado mejor. Y así, exagerando cada detalle, escapaba de vez en vez para acortar la hora de su partida. No me gustó la idea de que me obligaran a estar con ella esa tarde, aunque, ¿tenía otra alternativa? Con tal de cumplir con mi palabra lo hice, aunque de haber sabido dónde iba a parar gracias a ella, lo haría de nuevo.

Del poco tiempo que conversamos le noté timidez. Casi no hablaba, aunque lo poco que decía era razonable. De nuestra conversación me enteré de dos cosas. Una, ella estudiaba en la misma secundaria que mi medio hermano Judas. La otra es que Consuelo era vecina de Juana Sanchez. Recientemente, no sé de dónde, yo oía hablar mucho de una tal Juana Sanchez, quizá de boca de Krystal. Resultó que Consuelo y Juana crecieron juntas todas sus vidas y se conocían muy bien. Al enterarme de esto me dieron aún más ganas de conocer a esa tal Juana Sanchez. Digo, si todos la mencionaban tanto, tenía que ser por algo.

3:00 p.m. Se asomó por la ventana y me hizo señas de que la esperara un minuto. Juana se veía emocionada, como de costumbre. Me negó la entrada a su casa porque estaba tirada y su padre se estaba bañando. Era la primera vez que la visitaba como novios. Por mi cabeza traficaban un sin número de ideas y remordimientos infrenables. ¿Cómo era posible que estuviera sucediendo? ¿Yo en ese juego? Aunque, para ser franco, no me arrepiento. Ella tenía un segundo novio y yo sólo le metía ideas erradas en su cabeza de su otra relación. Cegada por el supuesto amor que me tenía, ella hacía caso a todas las palabras que yo le decía. Parecía tan enamorada de mí. Jamás sabré si de verdad se enamoró de mí o no, lo dudo mucho. Ahora que ha pasado el tiempo, me doy cuenta que una niña puberta e inmadura como ella no era capaz de sentir algo que no fuese lujuria... “Grrr… ¡Aráñame, tigre!”

No dejaba de abrazarme. Lucía bien a pesar de no ser tan bonita. Se había arreglado bastante. Juana era casi la replica de Consuelo, sólo que un poco más baja de estatura y más blanca. “Deja a tu novio” era lo único que le decía en todo el rato. No sabía de qué hablarle ni me interesaba hacerlo. Sinceramente, no recuerdo cuál fue su plática aquella vez, pero lo que sí recuerdo es que me pidió que la acompañara a la tiendita. Emprendimos el largo camino de dos cuadras a la dichosa tiendita, cuando de la nada apareció uno de mis archienemigos de la prepa. Entré en pánico. Quise esconderme, pero no había dónde, fue todo tan rápido. Yo creía que aquél fraccionamiento era el más alejado de la civilización. Qué equivocado estaba. Pasó Miguel en su camioneta, su altanera mirada fija en mí. Yo no quería que alguien me viera con esa niña equis. No que yo fuera alguien muy importante y de grande reputación, ¡pero tenía mi orgullo! (orgullo que, debo admitir, nunca me sirvió). Fue tanto mi asombro el que alguien me hubiese visto con ella que hasta Consuelo notó mi nerviosismo. Una vez hecha la compra de su juguito Zamba de a peso, retomamos el eterno camino de regreso de dos cuadras, pero justo antes de llegar a su casa, ¡oh, sorpresa! Miguel estaba justo en frente de la casa de mi tan querida novia.

Hacía ya varias semanas que mis compañeros de la prepa me habían desterrado socialmente, y todo por una broma que salió mal. En ese entonces existían prácticamente dos castas sociales. La casta social más influyente eran los niños hijos de papi. A ellos nunca les faltó nada y hablar de sus vacaciones en Disney era de lo más normal. Como siempre les sobraba dinero, a menudo se reunían después de la escuela en fiestas, salidas a tomar y actividades varias. Un grupo de personas de mente muy estrecha. La otra casta social eran los más humildes. Estos eran excluidos de las actividades dentro y fuera de la escuela. A éstos no se dignaban ni a voltear a mirar los niños fresa. Había ciertas excepciones que, por carisma o por mera suerte, alguno de la segunda casta pasaba a la primera. Gozando de mera suerte, yo fui promovido a la primera casta.

Recién empezado el año, yo disfrutaba de un estatus social formidable. Conocía a todos, todos me conocían. Yo empecé a juntarme más con Germán Petacas, uno de los líderes más poderosos de la primera casta. Esto no le agradó a Miguel Prestas, esclavo inmediato de Germán. No puedo confirmarlo, pero creo que fueron sus celos homosexuales que salieron a flote. Miguel se sintió amenazado al ver que yo le quitaba su espacio cerca de Germán. Su odio hacia mí no hacía más que crecer conforme pasaban los días. Yo presentía que él esparcía cizaña dentro nuestra casta para que los demás cambiaran su manera de pensar de mí, pero sus esfuerzos fueron siempre en vano.

Entre nosotros era normal llevarse pesado. Las bromas malintencionadas eran diarias y tomadas con humor. Un día en clase, el profe nos regresó un examen que habíamos tomado. Germán y yo sacamos un diez perfecto, pero noté en su examen que el profe se había equivocado y no le había marcado una respuesta incorrecta. Entre todo el relajo que había en la clase, tomé el examen de Germán y jugando empecé a hacer un escandalo de que él no se había sacado un diez. Grave error. El profe escuchó mi espectáculo, pidió el examen de Germán y le bajó la calificación a nueve punto cuatro. Desde ese momento, Germán no me volvió a hablar. La broma había salido mal. Esta fue la oportunidad perfecta para que el plan de Miguel surtiera efecto. Al ver todos que Germán decidió aplicarme la ley del hielo, todos siguieron su ejemplo. Aunque yo tratara de ser amable con ellos, simplemente no me contestaban y me evitaban. De la noche a la mañana pasé de ser un aristocrático con la fama de un castrato a ser como un judío en Auschwitz. Fue en ese entonces que aprendí que el odio tiene algo de bonito, pues cuando existe el odio el interés persiste, pero cuando lo que hay es indiferencia, ¡ah qué triste es la soledad de no sentir atención, aunque fuese tantito odio!