Thursday, November 21, 2019

La tumba de Drácula

Solo a nosotros se nos ocurre ir al panteón donde está enterrado Drácula en la madrugada después de haber visto varias películas de terror, incluyendo un par de las de Viernes 13 y contar historias de Cañitas. Como de sólito, Judas y yo no teníamos que usar palabras para saber en qué estábamos pensando. Sin decir nada, en cuanto Rosa mencionó que la tumba de Dracula estaba en nuestro rancho, aun sabiendo que eran puras charras, los dos insistimos en ir a buscarla y grabar psicofonías con la esperanza de que se repitiera esa noche de Halloween que fuimos a la única casa embrujada del rancho con dos chavas bien chulas. Mientras más avanzábamos por la casa de espantos, más fuerte nos apretaban y más se nos arrimaban. Judas salió con novia de esa casa embrujada. Yo sólo fui un caballero. Protegí a mi dama, la abracé bien fuerte y la escolté a la salida, pero nunca la volví a ver. Aunque no esperábamos salir ahora del cementerio con novia, creíamos que esta sería la excusa perfecta para dejar que ellas se nos acercaran a nosotros.

En este último periodo en el rancho, empezamos saliendo con Rosa y sus amigas, pero finalmente terminamos saliendo solamente con sus amigas. Un día Rosa escapó de su casa para irse a vivir con un señor que, según ella, la trataba mejor que su papá. Antes de que se fuera, yo la visitaba seguido y platicábamos las horas, pero siempre me iba de su casa confundido. Siempre me contaba pedacitos de su vida, pero nunca me revelaba nada. Nunca supe como se llamaban sus papás. Jamás entré a su casa. Siempre nos sentábamos en el porche de su casa y me contaba de las personas que odiaba y las cosas que ella les hacía en la escuela. Yo pensaba que bromeaba, pero en su mirada no había nada de gracia. Al final solamente se reía al ver mi semblante perplejo y me cambiaba el tema. Ella es sin duda una de las personas más asociales que jamás conocí, pero aun así tenía, literalmente, un par de amigas. La verdad es que yo no sé cómo es que aceptó ser mi amiga, y tampoco sé si quise hacerme su amigo porque era bonita y tal vez la amistad fuera a llegar a algo más o porque me sentía culpable de lo que un día le hice a su hermano.

Roso, el hermano de Rosa porque tampoco supe nunca como se llamaba, tenía una discapacidad motriz y solamente podía usar un brazo. Meses antes de conocer a Rosa, me tocó jugar en un partido amistoso de voleibol contra su escuela, que aunque no lo crean, sí existían otras escuelas en el rancho. El equipo de su escuela fue incluyente y, a pesar de que era obvio que Roso no podía hacer mucho por el equipo, dejaron que él formara parte y hasta lo metían a los partidos. Yo era posiblemente el más joven y el más bajo del equipo de mi escuela, pero tenía buen saque y me dejaban jugar. Para mi mala fortuna, en cuanto me tocó sacar a mí, entró a jugar Roso. Él estaba posicionado en contra esquina mía. Lo ubiqué y decidí que sería de mal gusto mandarle el saque a él, así que coloqué mi mirada hacia el centro, alcé el balón y saqué. El balón le dio en la cara a Roso. Nadie dijo nada. Saqué otra vez y le volvió a caer a Roso, que nada más se defendió con su brazo bueno. Volví a sacar queriendo dirigir el balón hacia el otro lado, pero le cayó una vez más a Roso. Nada más se escuchó el ¡pam! en seco de donde el balonazo en el pecho le sacó el aire. Todos me voltearon a ver, incluso los de mi equipo, quienes me decían que ya le parara, ¡pero de verdad no era mi intención mandarle el saque a él! Después de como cinco saques, por fin alguien de su equipo intervino y, para mi gran alivio, terminamos perdiendo el saque, acabando así mi martirio de agonizar a Roso Adame y mi aparente schadenfreude. En lugar de disculparme con Roso, creí que tal vez podría redimirme si me hacía amigo de Rosa y la trataba bien a ella.

A Rosa la conocimos en un día de campo. En ese entonces Judas andaba con Florencia. Recién habíamos regresado de andar en bicis por el pueblo aledaño y pensamos que sería bueno irnos a dar un chapuzón en una de las albercas públicas. Al ir entrando y encuerándome para ser el primero en entrar en la piscina, me fije que desde el trampolín alto una chava se aventaba unos clavados con mucho estilo. De hecho, era la única que se aventaba porque al resto de los que estaban ahí les daba miedo, hasta que llegamos nosotros. Bueno, solamente yo fui el temerario que se animó a echarse un clavado, pero sólo uno porque me dolieron los oídos casi, casi al hacer contacto con el agua. En parte lo hice porque al salir ella del agua, con sarcasmo nos dijo que si también nosotros nos ibamos a rajar a tirarnos. O sea, en lugar de saludarnos, nos retó, y yo no soy nadie para rechazar este tipo de provocaciones, sobre todo si significaba impresionar a las chicas del lugar para que dijeran: "¡Wow! ¡Qué valiente!" Obviamente nadie dijo eso cuando me aventé. Más bien dijeron "¡Ouch!" al verme la panza roja, y eso que ni caí de panzazo. Pero funcionó en parte porque Rosa consideró aceptable conversar conmigo. Su cara se me hacía familiar. Me recordaba a alguien, pero bonita. Ahí fue cuando vi que el Roso la estaba llamando para irse, y todo tuvo sentido. La primera vez que fui a visitarla iba con el Roso fijo en la mente, pero en cuanto la vi se me olvidó y nunca más me acordé de él. Con el tiempo solamente me decía a mí mismo que debía de tratar bien a Rosa, como si fuera un deber, sin darme cuenta que lentamente terminé echándole tierra al asunto original.

Una noche de otoño que fui a visitarla, me estaba contando la manera en la que le iba a cortar un mechón de pelo a una vieja que la había visto feo. No se decidía entre usar tijeras o si de plano usar un encendedor para que le quedara peor, pero odiaba el olor a pelo quemado, además de que temía que, de tanto espray que usaba la tipa, se le fuera a prender al instante una fogata en el salón de clases. Estaba ella en medio de este dilema cuando me marcó Friné a mi celular, un Nokia que, si bien no tenía ni el juego de la culebrita, era un teléfono clamshell que al abrir la tapita más de uno se apantallaba. De haber sabido que era ella, no le habría contestado.

Llevaba algún tiempo sin que me llamara Friné. Desde esa vez que prácticamente la corrí cuando osó ir a mi casa para que le hiciera cochinadas, ya no volví a saber de ella. Y no es que yo le haya hecho cochinadas. Ella ya me había dicho que no me atrevía a hacerle cosas de clasificación C. Tenía razón. No me atrevía a hacerle nada, pero por machote solo le había dicho que no quería, así que de todos modos fue. Sus llamadas eran las peores. La ridícula me llamaba tarde en las noches cuando sus papás estaban dormidos para contarme historias cachondas. Era como esas llamadas por cobrar, excepto que la vieja de apetito voraz era la que me llamaba a mí. Su historia más infame fue la de su peluche de Scooby Doo al que logró entiesarle la cola para experimentos que requieren muy poca imaginación. También se ponía a cantarme canciones de Shakira y Selena, pero las cantaba bajito para que no la oyeran sus papás. Cantaba tan feo que simplemente dejaba el teléfono a un lado para seguir durmiendo, hasta que ya medio gritaba y me despertaba. Yo no entendía por qué me seguía llamando si era evidente que yo no quería escucharla, menos hablar con ella. Le habría dejado de contestar, pero no tenía identificador de llamadas en aquel entonces. Y la verdad es que ya sabía que nadie me llamaba a altas horas de la noche mas que ella, pero pensé que algún día me podría vengar si lograba hacer que su recibo de teléfono le llegara alto, sobre todo porque en esos tiempos las llamadas a celular costaban un ojo de la cara, y a veces un poco más.

Esa noche de otoño en el porche de Rosa llegó el momento que tanto espere, la cosecha de una siembra que ya hasta había olvidado. De la lascivia encarnada brotaron las dulces palabras que anhelaba escuchar. “¡Mi recibo de teléfono llegó carísimo! ¡Como veinte veces más caro!” ¡Oh, divina retribución! El único momento de la historia en el que su nauseabunda voz se convirtió meliflua fue cuando me comunicó esa gloriosa noticia. Sin embargo, no me llamaba para pasarme el chisme. ¡No, señor! La mujercita tuvo el descaro de pedirme el favor de mentirle a sus padres si me llamaban para ver a quién le pertenecía el número. Su jugada era hacerles creer que la compañía telefónica se había equivocado y que disque de su línea nunca había llamado nadie mi número. No le prometí nada, me colgó súbitamente porque habían llegado sus papás y al ratito volvió a sonar mi teléfono. Contesté y esta vez era el papá. Muy amable el señor. Me preguntó que si yo conocía a su hija y que si ella me había llamado en varias ocasiones. Como todo buen scout aunque nunca fui uno, yo le dije la verdad completa y con lujo de detalle. Muy apenado, el señor me agradeció mi tiempo y me colgó. Nunca más supe de ella. Y ahora que lo pienso, hasta el día de hoy, nadie sabe de ella desde esas fechas. Dicen las malas lenguas que se regresó a su tierra.

Volviendo a la historia de Drácula, como Judas y yo sabíamos que estábamos por partir del rancho, nos daban igual las posibles consecuencias de nuestros actos porque creíamos que simplemente huiríamos sin que nos encontraran. Ni la chota nos asustaba. De hecho, casi desde que dimos vuelta del libramiento hacia el camino de terracería nos topamos con la perrera, pero ni nos peló. Esa noche no lo sabíamos, pero el narco empezaba a apoderarse del rancho así como del resto del país. Por paradójico que parezca, entre más tarde salía uno, menos problemas se tenía con las autoridades, sobre todo si uno andaba en mueble grande. Y como andábamos en la Ramona robada, igualita a la del Moto pero blanca, ni el cambio de luces nos hicieron.

Una vez en el panteón, nos bajamos y empezamos a buscar la dichosa tumba. En aquél entonces los celulares no tenían lamparitas como las tienen hoy, pero había luna llena y veíamos lo suficiente como para no caernos. “¡Hay que buscar la que tenga una cruz invertida!” dijo Rosa. En lo que íbamos buscando la dichosa sepultura y lugar de descanso de tan distinguido personaje, en un descuido, Judas se escondió entre las tumbas para asustarlas. Nos acercamos a una tumba que, en efecto y sin explicación, tenía grabado como lugar de nacimiento “Transilvania.” Sinceramente parecía más un cenotafio burlesco que un monumento para honrar la memoria de un difunto. En lo que leíamos la inscripción, nos brincó Judas, pero nadie lo peló ni se asustó. Escuché a Judas decir entre dientes: "Mendigas viejas sangre de atole..." El plan no funcionó y ninguna se nos trepó. Nos aguantamos y dejamos que la curiosidad reemplazara el deseo de pasar un rato entre los brazos de una de estas, nuestras frengers.

Obviamente, la tumba no era la de Drácula sino de uno de los colonizadores. Resulta que extranjeros colonizadores fueron de los primeros en establecerse en el área, y este era el primer panteón de toda la localidad. En realidad era un cementerio muy pequeño porque en cuanto empezó a disque crecer la comunidad hicieron un nuevo panteón por el basurero. Había pocas tumbas y todas eran muy viejas. La mayoría de las personas enterradas ahí habían nacido en los 1800. El señor de Transilvania había nacido en los 1700. Debe de haber muerto todo ruquillo y confundido en esa tierra extraña. Sin embargo, la pregunta del millón es, ¿por qué seguía siendo rancho el rancho si había sido erigido hace casi doscientos años?

Decidimos empezar a grabar entre las tumbas para ver si oíamos voces del más allá, pero se nos acabó el cassette muy rápido. Además, se suponía que el mejor momento para capturar algo en audio era justo antes del alba, pero todavía faltaban varias horas. Nos aburrimos pronto, así que regresamos a casa de Fátima a seguirle al maratón de películas de miedo. Fátima era una de las dos amigas de Rosa. Tenía relativamente poco de haber llegado al rancho. Hija de prominentes comerciantes de plata en Chordeleg, toda su vida la vivió en Azogues, una folclórica ciudad ecuatoriana. La mayoría de su familia recién había emigrado a Trenton, Nueva Jersey, mientras el resto se fue a Danbury, Connecticut. Al ser una familia de comerciantes, hacían muchos movimientos bancarios y dependían mucho de préstamos de múltiples bancos. La crisis financiera de 1999 les pegó durísimo y se vieron forzados a huir del país. Fátima y su familia fueron de los últimos de los Campos en salir, así que para cuando se acercaron a pedir visa para irse al Chuco, se las negaron porque era evidente que, por más que fueran a extrañar el bolón de verde con chicharrón de la costa y el ceviche con aguacate y crema de cacahuate de Jipijapa, no tenían intenciones de regresar a su país natal. Sin tener otra opción, decidieron intentar cruzar por México. Un coyotero de Esmeraldas les ofreció el paquete beisbolero que consistía en cruzar por tierra todos los diferentes países entre Ecuador y su destino con “guías especializados” en migración de sudamericanos. Llegando a Centroamérica, los juntarían con otros migrantes para salir en caravana. Una vez en la frontera mexicana-estadounidense, tenían tres oportunidades para cruzar. En otras palabras, si al intentar cruzar por el desierto los “cogía” la migra americana, tenían que decir que eran mexicanos para que los regresaran a México y, sin costo alguno por parte de los coyoteros, los iban a intentar meter nuevamente. Si para el tercer intento no lograban cruzar, tres strikes y estaban fuera, quedando dejados a su suerte. Todo por la modesta cantidad de diez mil dólares por persona. Al señor Campos le pareció una barbarie y prefirió usar su plata para viajar en avión a México, tomar un autobus hasta la frontera e implorar asilo humanitario a los gringos en el puente. Normalmente, esos casos pueden tomar meses si no es que años en resolverse, pero como Don Campos dijo que no tenía miedo de regresar a su país, "de una" le dijeron que su solicitud de asilo era negada. Cabizbajos, comenzaron su viaje a Taxco con la intención de ir a comerciar su plata, pero se subieron al autobús equivocado pensando que habían encontrado buena oferta por otro camino y, en lugar de ir por la que se convertiría la Ruta 2010 que los llevaría desde Ciudad Juárez hasta la Ciudad de México, tomaron un Ómnibus que empezó pasando por el entronque de Palomas y se seguiría por otros pueblos del estado sin salir de él. Pasando Janos, llegaron a un punto de revisión migratoria. “Documentos, por favor”. Bien paniqueado, Don Campos se dio cuenta que había perdido sus permisos y el oficial, con muy poco tacto y disimulo, le dijo: “Híjoles... y ahora, ¿qué sugiere que hagamos?" Sin tener alternativa, Don Campos dio de mordida el resto del poco dinero que les quedaba para poder seguir su camino. Desorientados por tanto estrés, no saben cuántas horas más se quedaron en el camión, hasta que Don Campos recobró sus sentidos y decidió bajarse con toda su familia en Rancho Alegre. Según él, se quedarían poco tiempo en ese "rancho pedorro", pero ya llevaban un par de años ahí y hasta casa había comprado el señor.

Fátima, afectada por todos los cambios bruscos, pasó de ser una niña de espíritu efervescente a ser una joven flemática y retraída. Desde luego que sentía emociones, pero le costaba mucho trabajo externarlas. Tiempo después me daría cuenta que detrás de la máscara de cera había un ser muy frágil, con muchas esperanzas y ansias de que sus sueños se hicieran realidad. Pero esa noche de películas y visitas de ultratumba no fueron suficientes para quitarle su cara de póker. Es más, ni cuando recargué mi cabeza en sus piernas logré extraer la más sutil microexpresión que me permitiera descifrar alguno de sus arcanos pensamientos. La volteé a ver desde su regazo para plantarle la mirada, pero ella parecía maniquí de aparador del centro. De sus pupilas sólo veía el reflejo de la pálida tipa asiática persiguiendo ponderosamente a los ingenuos pubertos que creían que podían escapar a su macabro destino. Pero Fátima no se movía. Se oían los gritos de la película y no reaccionaba. No puso resistencia a que me acostara en su regazo, pero tampoco hubo invitación. Ni parpadeos, ni saliva, ni piojitos, no nada. Después de un rato vi como Judas se levantaba del piso despeinado y bofeado, seguido de Minnie, la amiga bonita de Rosa. Nunca lo externamos, pero Judas y yo la considerabamos de otro nivel, ni siquiera nivel platónico. De esas que, aunque quisieran con uno, ni sabríamos qué hacer con ellas, así que ni el interés tentaban. Con ella y Fátima habíamos estado saliendo días antes. En noche sin luna nos fuimos a la laguna a hacer una fogata y, sin haberlo planeado, terminamos platicando de psicofonías, historias fantasmagóricas y leyendas urbanas. De hecho, así es como se materializó la idea del maratón de películas. 

Pero... ¿era en serio? ¿Judas y Minnie poniéndole acá, bien acá? No me dieron celos necesariamente, pero no pude evitar sentir envidia. Yo horas entumido, parecido a cuando uno va al baño para forzarle sin ganar nada más que ganas de que le amputen la pierna como a Luismi de lo dormida que queda; horas entumido sobre Fátima y éste en una nada hasta despeinado salió... ¡y con Minnie! Después de filosofar en lo injusta que era la vida, lo cual fue un par de horas, nos dimos cuenta que el sol ya había salido, así que cada quien decidió agarrar para su cantón. Aunque sabíamos que iba a ser la última vez que nos íbamos a ver antes de dejar el rancho, no nos despedimos.

En esos tiempos se empezaban a poner de moda las redes sociales. Mucha gente tenía perfiles de Hi5, pero no fue hasta que llegó Facebook años después que la mayoría de la gente comenzó a reconectarse con personas que no habían visto en mucho tiempo. Sin embargo, el MSN Messenger seguía siendo el rey de la comunicación. Ya tenía tiempo que yo había abandonado el rancho, cuando un cierto día me llegó una solicitud de amistad de Fátima para intercambiar correos para chatear por Messenger. Me dio tanto gusto "reencontrarme" con ella que esa primera noche nos acostamos hasta las tres de la mañana chateando. Pensé que habría sido la emoción de no haber platicado en tanto tiempo que hizo que nos la pasaramos ahí pegados a la computadora hasta tarde, pero se siguió repitiendo día tras día, semana tras semana. Los dos habíamos madurado. Ella mucho, yo un poco. La taciturna chava sangre de horchata se había vuelto locuaz y expresiva, o por lo menos eso parecía en línea.

De todas las conversaciones que tuve con ella, ahora con el beneficio de la retrospectiva, hoy me doy cuenta de cuál fue la más importante. Lamentablemente, en su momento, me pasó inadvertida. Pasa que en una de esas noches le pedí que me recomendara una canción porque tenía tiempo sin escuchar nada nuevo. Tardó un poco en responder y finalmente me recomendó la canción de Monitor de Volován. Después de escucharla, le agradecí profusamente y le comenté que era precisamente de lo que andaba buscando. Lo que se me hizo raro es que, a pesar de que ya le había dicho que sí me había gustado la canción, me siguiera preguntando días después que si qué pensaba de la canción. Descartaba sus preguntas con una simple explicación que había sido una buena recomendación y pasaba a otros temas más triviales en comparación a su preocupación. Por mi parte, yo estaba feliz de haber encontrado a una amiga con la que podía platicar de todo y nada a la vez.

Pasados unos años, empecé a regresar a visitar Rancho Alegre. Entre las personas que más quería ver se encontraba Fátima. No sabía qué esperar cuando fui a verla. Después de todo, aprendí por triste experiencia que resultaba ingenuo creer que la vida en Rancho Alegre se había quedado en pausa desde el momento que me fui hasta que puse pie en sus infértiles tierras para ponerle play y resumirla. Esta vez iba preparado mentalmente, sabiendo que tanto ella como yo habíamos crecido desde la última vez que nos vimos esa noche de pelis en su casa y músculos y sentimientos entumecidos. Y es precisamente por esa noche que ya nunca me volvió a cruzar por la mente nada que no fuera una sencilla y pura amistad para con ella. 

Su "¡José!" al abrirme la puerta de su casa fue casi mágico. Parecía que nunca nos habíamos dejado de ver, con la diferencia de que ahora sí era alegre y que, quien nos hubiera visto, habría pensado que eramos amigos íntimos de toda la vida. Nos abrazamos, pasé a su casa y seguimos la plática como si ni el tiempo ni la distancia nos hubiera interrumpido. Físicamente no había cambiado mucho, pero era evidente que ya no era la misma de antes. Al hablarme y al escucharme, sus ojos, acomañados de una ligera sonrisa, brillaban. Hasta ese día me di cuenta que se nos hacían los mismos hoyitos al sonreir. Ella estaba fascinada escuchando mis aventuras de fuera del rancho. Después de todo, ella ya conocía la vida fuera de Rancho Alegre y recordaba lo emocionante que era. Y todo iba bien, hasta que le empecé a contar de mis aventuras con otras chavas. Aunque no fue instantáneo, no duró mucho en cambiarle el semblante hasta que sentí el deja vu. Se notaba cómo iba perdiendo el interés en la plática e iba dando paso a la metamorfosis de la Fátima de antaño. No supe exactamente qué le estaba pasando, pero la tensión me terminó echando de su casa.

Me fui muy confundido. Decidí creer qué tal vez se había acordado de algo que terminó ocupando su mente al punto de estresarla. Intenté varias veces volver a verla, pero ya ni en el Messenger me contestaba. No tenía idea de porqué me trataba así, y me dolió mucho. Yo que pensaba que había encontrado a una amiga muy especial en la que podía confiar, de repente me dio la espalda sin aparente razón. El tiempo siguió pasando y le volvía a escribir para restablecer el contacto, pero sólo me tiraba a loco. Según ella, le daba gusto leerme, pero no me contaba nada de su vida y tampoco mencionaba el “¡ya no te pierdas!” de cortesía. A final de cuentas, nos perdimos el rastro y ya no supimos qué fue el uno del otro. Tal vez debería de decir que yo fui el que le perdió el rastro a ella porque ella había perdido el interés hacía mucho. De vez en cuando sonaba la canción de Volován en mi lista de reproducción e inevitablemente me acordaba de ella. Curiosamente, jamás le había prestado atención a la letra; casi nunca les pongo atención. Hace poco decidí averiguar qué decía la canción. Aparte de haberla escuchado cientos de veces, la canción se me hacía familiar entre más líneas pasaban. Una vez pasado el coro entendí qué fue lo que pasó y qué es lo que supuestamente debió de haber pasado. No pienso mucho en cómo hubiera sido si es que sí hubiese sucedido. Jamás tuve esa impresión. No hubo semilla ni raices que dieran pie a fantasear. Y aunque me duele haber perdido a alguien a quien pude querer tanto, tengo el consuelo de por fin haber encontrado un tipo de catarsis a una incógnita que duró cerca de una decada. 

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