Monday, December 31, 2018

Claudia Panteonera: Desde los ojos de José

Play: White Zombie - Children of the Grave

Los domingos en Rancho Alegre eran una institución bien establecida. El mismo ritual se repetía semana tras semana. Sin importar de cuál estrato social fuese uno, lo de los domingos era ir a dar la vuelta por la Benito a tirar rostro, o como unos decían, a tirar monstruo. Lo típico era juntar una bola de compas y salir todos juntos en el mejor carro porque las apariencias cuentan y bastante. Obvio que el que manejaba ganaba puntos sociales extra. Los más fresitas conectaban su discman (o dicsman para los menos privilegiados) por la entrada auxiliar y ponían las rolitas poperas más recientes del gigante MTV, cuando MTV dictaba todavía las modas. Sin embargo, la gran mayoría disfrutaba escuchar rochacadas típicas del rancho por la radio o en cassette acompañadas de sus buenos sombreros y sus botas cheras. Los otros inadaptados sociales como nosotros preferíamos escuchar música pesada, a menudo desconocida por el resto de los que daban la vuelta, y no por querer desentonar a propósito sino porque de verdad no nos gustaba la música de moda, o peor aun, las rochacadas. Bueno, no es que no nos gustara ese tipo de música. La odiabamos. Y afortunadamente, esto era antes de los tiempos del reggaeton y esas perradas nacas que se pusieron de moda años más tarde. Debo confesar que al ir en la cola de carros con los vidrios de mi Cherokee abajo y con los gritos y guitarras a todo lo que daban las bocinas, cuando nos volteaban a ver como si fuéramos de otro mundo o que de plano nos hicieran ademanes y nos gritaran "¡locos!", yo sonreía ligeramente y en mi vitrina mental de trofeos me colocaba un reconocimiento más. 

Uno de esos tantos domingos le hablamos al Moto para ir a dar la vuelta en su imponente Ram verde. Como era verano estabamos de vacaciones y oscurecía hasta tarde. Lo que diferenciaba este domingo de otros es que el rancho se encontraba en epocas electorales. Las elecciones en aquél entonces eran similar a un carnaval. Por lo menos para mí las eran ya que nunca había ido a uno. Por alguna extraña razón, cuando me acuerdo de las elecciones me acuerdo no solo de grupos de borregos vestidos del mismo color del partido que apoyaban y veintemil banderitas y calcomanías por todas las calles, sino también de rifas y regalos. Ahora que lo pienso, no creo que hayan sido rifas sino sólo regalos para comprar votos. Lo que se me hacía extraño era ver a tantos jóvenes en los cruceros, que en realidad solo eran dos de los tres semaforos del rancho. Y pensándole todavía más, no recuerdo haber visto chavos, solo chavas. Todo tiene sentido ahora... Es mucho más fácil atraer un voto con una sonrisa coqueta que con un puberto medio peludo. Y casi les funciona con nosotros, salvo que nosotros todavía no estabamos en edad de votar. Menos mal que en aquel no entonces no existía la canción de "Movimiento Naranja, Movimiento Ciudadano" porque si no no me acordaría de nada más.

Pasó el Moto por nosotros y esta vez íbamos decididos a tener una nueva ranchoaventura. Un par de cuadras antes del semaforo tuvimos que bajar la velocidad. Teniendo en cuenta que la velocidad normal en Rancho Alegre era de unos treinta kilómetros por hora, ir aun más despacio era como ir arreando animales, a lo cual muchos ranchoalegrenses estaban acostumbrados a hacer. Y es que eso parecía. Las multitudes de militantes y simpatizantes con sus playeras blancas y gorras con el estampado del candidato que apoyaban habían tomado las calles y seguían a los automovilistas como si fueran su pastor hasta que lograban deshacerse de la propaganda que muy amablemente obsequiaban, a veces a la fuerza, pero muy amablemente. En nuestro nadar contra corriente, la música que traíamos se opacó con el mensaje tan importante que nos berreaban. “¡Vota por nuestro candidato! ¡Beee!" Mientras el Moto y yo los espantabamos como moscas, sin darnos cuenta, Judas le aceptó propaganda a una de ellas. Nunca supe si al principio la había aceptado por seguirle la corriente a la muchachita panteonera, pero se tomó su papel muy en serio. Una vez que escapamos de las garras de la multitud, Judas insistió en regresar al mismo pantano que recién habíamos librado porque quería averiguar el nombre de la morrita. Presentando como credenciales la propaganda que Judas había aceptado nos dejaron pasar sin tanto percance, y al llegar con la morrita, Judás envolvió una rosa que compró en el momento con la misma calcomanía que ella le había entregado un par de minutos antes y se la presentó. "Me llamo Claudia", le dijo y le señaló la catedral para que se encontraran ahí. Judas quiso convencer al Moto de que se nos uniera, pero se negó rotundamente diciendo que él no le hacía a esas cosas, dando a entender que él no se rebajaba a entablar una relación con cualquiera. Por más que trató, no pudo esconder que simplemente no tenía la confianza suficiente en sí mismo para acercarse a hablarle a cualquier morrita. Nos bajamos Judas y yo de la Ram, el Moto se arrancó y caminamos hacia el gentío con la esperanza de encontrar a la susodicha. 

Pensé que nuestra búsqueda iba a ser en vano porque, además de que ya el sol se había ocultado y era difícil ver con las pocas luces pedorras que había en la plaza, había demasiada gente y ruido. Según yo había gente bailando en círculos aplaudiendo, con tragos en la mano (por eso me recuerda a un carnaval). Posiblemente estaba escrito en el libro de la vida que se encontraran porque no tardamos casi nada en encontrarla. La acompañaban las dos amigas que estaban con ella en el semáforo. El desgraciado de Judas parecía que ni me conocía pues en cuanto la vio se fue con ella a caminar a lo oscurito. Para mi buena fortuna, su amiga Irene no tardo en arrimárseme y presentarse conmigo. No era fea, pero su característica distintiva era su nariz grande, aunque tampoco me distraía mucho. Nosotros también empezamos a caminar buscando una banca para sentarnos, cuando escuché detrás de nosotros una voz triste que preguntaba “¿Y su amigo de la camioneta?”, seguido de un tenue sollozo. Al parecer la otra amiga pensaba que a ella le iba a tocar con el Moto. Y no es que la hayamos ignorado a propósito, pero simplemente pasó desapercibida por nosotros, y casi por sus amigas también porque no recuerdo que ni siquiera nos hayan mencionado su nombre ni que la hayan traído a colación nunca más. Lo más triste es que posiblemente lo único que se conozca de esta morrilla en las páginas de la historia sean estas pocas líneas que le hacen honor a ella, a la amiga ignota, la que cayó sin ninguna pelea y sin ninguna gracia. 

Fue en esta misma plaza que un par de años atrás tuvimos novias exprés en una kermés de domingo. Alfredo estaba de visita y nos hicimos el reto de encontrar novia esa misma tarde. Lo que hicimos Judas, él y yo fue simplemente caminar alrededor de la plaza una y otra vez, como unas veinte veces, en sentido contrario de la multitud. De ese modo podíamos ver el menú de morritas disponibles, y para la tercera o cuarta vuelta empezamos a entablar conversaciones con ellas. En la primera oportunidad preguntábamos cómo se llamaban, pero seguíamos caminando. A la siguiente vuelta nos contestaban sus nombres y nos preguntaban el nuestro, pero igual seguíamos caminando para no entorpecer el flujo, además de que éramos todavía unos niños inmaduros de doce años y no podíamos entablar una conversación seria con las niñas. Al encontrarnos en la siguiente vuelta les decíamos nuestros nombres, y en la siguiente vuelta les preguntábamos que si querían ser nuestras novias. Judas encontró novia, pero a la tercer vuelta después de que le dijeron que sí, lo cortaron. Yo no tuve suerte. A mí todas me dijeron que no, pero Alfredo desde las tempranas vueltas nos abandonó porque encontró una novia muy bonita. Nunca nos acordamos de su nombre, simplemente nos referíamos a ella como la Arcoíris por la blusa que llevaba puesta. Es como si nadie en la plaza hubiera captado que era posible dejar de caminar, como que era inefable salirse del programa. Alfredo, que siempre fue muy experimentado con las niñas, no dudo en salirse y usar su encanto. Se la llevó a la Michoacana y le compró una paleta de melón. Después de ese día la habremos visto una vez más, pero él la cortó porque no estaba muy interesado en ella. Judas y yo queríamos ahorcarlo, ¿cómo que no tenía interés en una niña tan bonita? Tan poco fue su interés que él tampoco se acordaba de su nombre, lo cual hizo que le empezara a hervir la sangre del coraje a Judas porque él sí tenía interés en ella. Jamás la volvimos a ver ni a saber nada de ella.

Fue en esta misma plaza en la que Alfredo y yo unos meses antes de esa kermés empezamos a dar anuncios de servicio al público. Con tarjetas prepagadas, usábamos el teléfono público que quedaba enfrente de la biblioteca municipal para marcar números al azar y actuar como si fuéramos la operadora dando un mensaje importante. De las muchas babosadas que dijimos, me acuerdo de uno que tenía que ver con Paco Stanley. Tenía poco que lo habían asesinado. Después de que yo escuchara el “¿Bueno?” en el auricular, yo decía: “Este es un mensaje de TV Azteca”. De ahí le pasaba el teléfono a Alfredo y él empezaba a contar en canción, como trovador, que habían matado a Paco Stanley saliendo de un restaurante y que le habían metido unos balazos por la cabeza que lo mataron al instante. Y luego decía como un coro haría desde el fondo “¡Pobre Paco! ¡Pobre Paco!” con un aplauso entre cada “Pobre Paco”. Y si eso fue de mal gusto, no se compara con otra vez que hicimos algo parecido una época de navidad.

Alfredo pensó que estábamos marcando números al azar, como de sólito, pero esta vez marqué el número de un ex-compañero de la primaria que solía marcarme todos los días y que quería que hablara con él toda la tarde. Yo me cansaba y le colgaba, y como una hora más tarde cuando volvía al teléfono él seguía del otro lado de la línea. Una vez tuve que pedirle a mi mamá que ella resolviera el problema, así que cuando timbró el teléfono ella contestó: “Funerales La Paz, buenas tardes”. Ella dijo que el niño exclamó “¡¿Funeraría?!”, a lo cual ella le contestó en afirmativo y le empezó a explicar los diferentes tipos de ataúdes que ofrecía. El niño colgó y nunca más volvió a marcar. Pensé que le tocaba recibir una cucharada de su propia medicina esta vez con Alfredo, pero no tenía idea de lo que Alfredo tenía en mente. Cuando le contestó la mamá del niño, Alfredo hizo voz de adulto y empezó a explicar que hablaba de parte de un orfanato esperando que en esta época navideña sus niños pudieran pasar una navidad feliz con alguna familia y que si estarían interesados en adoptar a uno de sus niños solamente por esa noche. La señora sin titubear dijo que sí y que le encantaría hablar con el niño. Alfredo pretendió pasarle el teléfono al huérfano y él mismo fingió ahora voz de niño: “¿Bueno?” Ella le contestó: “¡Hola, mi amor! ¿Cómo te llamas?” Alfredo apenas pudo decir que se llamaba Juanito antes de soltar la carcajada y colgarle a la señora. Recuerdo haber ido una vez a la casa de ese niño unos meses atrás. Vivía en una calle de tierra, que aunque para Rancho Alegre era normal, su vecindario era de los más marginados. No tenían muchas cosas en su casa. Esa vez jugamos futbol en la calle con dos piedras como postes. Rara vez nos interrumpían los carros porque casi no pasaba ninguno por esa área. Me daba pena como se burlaban los niños de él porque debajo de la camisa blanca del uniforme se le notaba el corpiño amarillo de su hermana. A él no le importaba, tal vez porque no entendía que otros niños tenían su propia ropa y que no tenían que compartir, mucho menos la ropa de sus hermanas. Hasta que fui a su casa entendí que en realidad a sus papás no les alcanzaba para comprar casi nada, ni ropa de niño. Aunque nunca lo molesté por usar ropa interior de niña, si me molestaba que él me marcara tanto, por lo que esa noche con Alfredo se me ocurrió marcarle a él. Y pese a que me da mucha vergüenza lo que hicimos esa noche, de cierta manera creo que esa era otra de esas cosas que ya estaban escritas que tenían que suceder. Nunca imaginé que una familia con tan pocos recursos no dudara en acoger con los brazos abiertos y compartir lo poco que tenía con alguien más necesitado.

Pero aun más vergüenza me da admitir que esa no fue la última vez que marcamos anónimamente para seguir fregando. Fue en esa misma plaza que le marcábamos a la mamá de una ex-novia para pelearnos con ella y acabar llamándola “¡Vieja fodonga! ¡Vieja fodonga!” De hecho, tanto la molestábamos a la pobre señora que una vez desde Estados Unidos le marcamos por cobrar diciendo que el que llamaba era Xavier López. Sabíamos que su hija se apellidaba López, por lo que tal vez ha de haber pensado que era algún pariente lejano, pero nosotros nos referíamos a Chabelo. Para nuestra gran sorpresa ella aceptó la llamada y Alfredo, que era el que siempre hablaba con ella, le preguntó que si era la Sra. López, y una vez que le confirmó que era ella y le preguntó que si quién era, Alfredo le cantó su versito de antaño: “¡Vieja fodonga! ¡Vieja fodonga!” Antes de que Alfredo le colgara ella sólo le alcanzó a amenazar con un: “¡Mendigo chamaco, hijo de la…!”

Esa novia nunca la he contado como mi novia. Era más o menos bonita, pero no me gustaba. Yo la conocí cuando me la presentó el niño estropajo ojos de sapo de mi escuela una vez que fui a su casa. Era el día que él había escogido para cantársela. Ella era su vecina y él estaba obsesionado con ella. Parecía ser su amor platónico porque le sacaba como tres años a él. Él me había contado una y otra vez su plan de cómo se la iba a cantar y de las cosas sucias que pensaba hacerle una vez que fuera su novia. Tantas nauseas me habían causado sus fantasías que, cuando él se disculpó para ir al baño, decidí cantársela yo mismo esa misma tarde que la conocí. No me dio una respuesta porque en eso iba saliendo Estropajín. Creo que de tantos nervios le dieron ganas de ir al baño y prefirió ir antes del gran momento para tomar valor porque cuando regreso le pidió a ella que si lo podía acompañar un momento para decirle algo a solas. Vi que a lo lejos hablaron como dos minutos cuando lo vi regresar solo hacia mí hecho la mocha para decirme: “¡Eh, wey! ¡¿Por qué se la cantaste?!” Después se acercó ella y nos dijo que durante el transcurso de la tarde nos iba a dar su respuesta. De ahí Estropajín empezó a competir conmigo en todo, que si él podía lanzar piedras más lejos, que si él tenía mejor puntería, que si él era más fuerte. A mí no me podía importar menos. Me daba igual su respuesta. No es que yo quisiera salvarla a ella de un chavalo calenturiento. Lo hice por malicia. Me quise interponer deliberadamente entre ellos. Sé que ella de todos modos nunca lo habría visto seriamente a él, pero pensé que sería emocionante ver qué sucedería, como cuando uno le bloquea el camino a la perfecta hilera de hormigas para ver cómo reaccionan. Después de deliberar un rato mentalmente, nos anunció a los dos que yo había sido su elección. Me dio su número de teléfono y nunca más nos volvimos a ver. Nunca cortamos ni volvimos a hablar, pero su número quedó para la posteridad. En una de esas veces que Alfredo estaba de visita le pedí que me hiciera el favor de averiguar el estatus de mi relación con ella. Si no nos consideraba novios, bien, pero si todavía nos consideraba pareja Alfredo la iba a cortar por mí. Cuando marcó, no contábamos que su mamá no nos iba a dejar hablar con ella, y después de un rato Alfredo se desesperó y le dijo: “¡Mugre vieja fodonga! ¿Quién se cree usted para prohibirme hablar con su hija?” Y el resto es historia.

Como ya había mencionado antes, Alfredo tenía mucha experiencia con las chavas. De hecho, al saber que yo estaba fallando en ese aspecto, él me escribió un tutorial con todo e ilustraciones sobre cómo ligar y besar. Viendo que las chavas que me gustaban estaban en mi escuela, él me indicó que tenía que empezar por ir a comer al mismo lugar que la víctima que había escogido, sentarme junto a ella y reírme de todas las babosadas que dijera. Luego le tenía que decir que nos fuéramos a caminar por ahí y tenía que llevarla a un lugar más privado. Su manual indicaba que estando ella pegada a la pared yo debía proseguir a hacer ojos de borrego a medio morir, no decir nada y zamparle el beso. Debía de empezar despacio y de ahí empezar a sacar la lengua, pero no mucho para no espantarla ni babearla tanto. Como todo esto sucedía fuera del campus de la escuela, después de acabar podíamos regresar pero no debía tomarle la mano y tenía que pretender que nada había pasado, pero al regresar con mis compas les podía presumir con lujo de detalle. 

Al principio pensé que sus consejos eran sacados de la biblia de los seductores. Yo lo estimaba como una figura de autoridad en el tema pues siempre lo había visto rodeado de chavas muy bonitas y era obvio que era muy popular con ellas. Y aun así, pensaba que algo no cuadraba. Había notado que no tenía compas, solo tenía amigas. Nunca había tenido amigos niños. Desde chico se burlaban de él porque pateaba como niña, lanzaba como niña y corría como niña. Siempre lo habían hecho a un lado los varones. Por el contrario, las niñas siempre lo encontraron encantador, y es que el vato sí era carita. Yo siempre fui la excepción porque desde que tengo uso de razón él siempre ha visitado mi casa cuando vienen sus papás a visitar a los míos. Nuestros padres fueron amigos de toda la vida y ahora nosotros, sus hijos, convivimos en prácticamente todas las navidades y ocasiones importantes. Aun cuando su familia se mudaba a otras ciudades, las vacaciones de verano las seguíamos pasando juntos. Y aunque yo sí notaba que era amanerado, la verdad a mí nunca me importó. Para mí siempre fue como de mi familia. Ahora que estábamos en la adolescencia tampoco me importaba mucho, pero sí me parecía extraño que este Don Juan siguiera sin amigos. Un día, un par de años después de la Arcoíris, me contó que había hecho un amigo en la ciudad en la que vivía. De ahí en adelante ya no hablaba de otra cosa más que de su inseparable amigo. Seguía teniendo amigas, pero la mayoría de su tiempo la pasaba en la casa de él. 

Una vez que fui a visitarlo vi que su amigo le había regalado un tigre de peluche del tamaño de una almohada grande. No le presté mucha atención en ese momento, aunque sí me dejó un poco confundido. ¿Qué tipo de compas se regalan peluches? En fin, él se disculpó para ir a visitarlo y me dejó solo en su casa. Yo decidí usar su computadora para usar el LatinChat, que estaba de moda en aquél entonces. Yo y Judas éramos muy populares en las salas de ese chat. Eramos “Hot Dog”. Cuando digo que éramos populares, debo aclarar que éramos notorios por flamear y las guerras que creábamos entre los usuarios. Generalmente terminaban botándonos de las salas. A veces usábamos nombre de mujer y seducíamos a otros hombres para invitarlos a salas privadas de chat para continuar la conversación a solas, pero nosotros no entrábamos. Simplemente veíamos cómo dos de nuestras víctimas abandonaban la sala pública de chat en la que estábamos y como a los dos minutos regresaban a la sala pública. Los ingenuos, pensando en que había habido una confusión, trataban de confirmar el nombre de la sala privada. Los que se daban cuenta de lo que habíamos hecho regresaban para reclamarnos por haberlos engañado a entrar a una sala privada con otro peludo. Terminaron vetándonos de LatinChat varias veces y al final terminamos perdiendo interés. 

Ese día que usé la computadora de Alfredo, al cerrar el navegador el monitor me mostró la ventana con una carpeta de fotos de Alfredo. Pensando que él me estaba escondiendo amigas bonitas qué presentarme, me puse a chismear en sus archivos. Varias de las fotos me daban envidia. Se la pasaba de fiesta en fiesta rodeado de chavas muy bonitas. Luego empezaron las fotos de su amigo. Esas eran aburridas, pero la última foto respondió todas mis preguntas. Finalmente, todo tenía sentido. Alfredo era gay. Las señas siempre fueron claras. Cuando éramos más chicos y yo jugaba Street Fighter II en mi casa, él me pedía que yo usara a Chun Li y él pretendía ser ella, y en el momento en el que alguien más llegaba él me suplicaba que no le contara a nadie. Unos meses antes de que encontrara la foto me sorprendió la indiferencia con la que me mostró la Playboy que le había regalado su papá. Ya habían sospechas y desde que era niño lo molestaban porque creían que era pero no lo confirmaban. De hecho, fue hasta muchos años más tarde que salió del closet. Poco a poco nos fuimos distanciado desde que tuvo su “amigo” nuevo, así que en realidad nunca me enteré en qué momento lo anunció, si es que lo anunció. Lo último que supe es que se casó, pero no me invitó a pesar de que yo a él sí lo invité a mi boda. Nunca entendí porqué nos distanciamos tanto. El tiempo sí ha sido el culpable de que me haya distanciado de muchas personas, pero no puedo culpar al tiempo por lo que pasó entre Alfredo y yo. No creo que haya sido por vergüenza que poco a poco se fuera alejando de mí. Pienso que más bien él creía que yo lo iba a juzgar y me empezó a resentir por no aceptarlo y por no actualizarme, que tal vez yo era un anticuado por quedarme en la era de la prehistoria. Después de todo, él era el que siempre me traía las nuevas modas de la ciudad. Después de todo, yo solo era un niño de rancho. La verdad es que todavía pasó algo de tiempo sin que él supiera que yo ya conocía su secreto. Dudo que él haya notado que yo lo haya tratado diferente porque nunca lo hice. Nunca me había importado que fuera diferente, y si me hubiera dado la oportunidad él se habría dado cuenta que mi estima por él no había cambiado. No le podía reprochar, ni le puedo reprochar, que nunca haya sido sincero conmigo y que me hubiera ocultado ese detalle. Siempre fue muy extrovertido, pero siempre pude ver que detrás de las risotadas ocultaba un dolor, que llevaba un peso que no podía compartir con nadie.

Estaba sentado con Irene en esa misma plaza en la que unos años atrás estuve a punto de partirle su madre al niño cometortas, hijo de los dueños de un negocio de tortas que nunca me gustaron. El Cometortas vino a jugar futbol con algunos de nosotros a la plaza, pero odiaba jugar con Alfredo porque era muy afeminado y empezó a molestarlo con que era gay. Alfredo, tratando de aparentar masculinidad, le cantó un tiro al Cometortas y empezaron a pelear. Alfredo lo hizo bailar un poco, pero no tenía ninguna esperanza de ganar. Rápidamente lo hicieron caer de sentón. Hasta ese punto, nunca me había dado tanta rabia de que atacaran así a alguien tan cercano a mí. Poco a poco empecé a ver todo entre gris y morado, la adrenalina alzándose al mismo tiempo que mi ritmo cardíaco incrementaba. Pero el Cometortas aprovechó el momento del sentón para tomar su bicicleta, lanzar otros insultos homofóbicos y salir huyendo. Estaba a punto de salir a alcanzarlo, pero Alfredo me tomó del brazo y me dijo que no valía la pena. Eternamente agradecido le debería de estar el Cometortas a Alfredo porque de no haber sido por él le habría desatado toda mi furia. Y yo sí lo habría dejado botado en la calle con nariz rota y probablemente uno que otro diente tumbado. En ese entonces yo todavía no había descubierto la foto de Alfredo besándose con su amigo en una piscina. Tiempo después del descubrimiento vino a visitar e hizo otro teatrito de machito. Siempre había sido muy bueno para actuar y decir mentiras, pero parecía que ya estaba cansando de aparentar y ya no le salían como antes. Una vez íbamos caminando hacia la tiendita cuando pasó un vato en bicicleta y le gritó: “¡Joto!” Más tarde ese día Judas me informó del chisme que estaba corriendo por todo el rancho acerca de Alfredo. Unos días antes fue a un jolgorio, se puso bien pedo y al parecer hizo un espectáculo que dio de que hablar por varias semanas entre las malas lenguas. Dicen que parecía mariposa pasando de flor en flor, sólo que en lugar de pasearse por los pétalos merodeaba en los pistilos. Alfredo llegó a la casa unos minutos después de que Judas me informara de lo sucedido. Debió haber notado que lo estábamos examinando, como si esperáramos que él mismo nos contara. Y efectivamente, nos contó que había ido a una fiesta y que se la había pasado de lo más nice. Al ver que seguíamos esperando más detalles, lo primero que se le ocurrió decirnos es que había muchas viejas bien buenas. Nos volteamos a ver Judas y yo, lo volteamos a ver nuevamente, y quiso convencernos de su hombría con un inconvincente: “Las viejas tenían unas nalgotas bien ricas”. Otra vez nos volteamos a ver Judas y yo. Las palabras no eran necesarias, una mirada era suficiente. Fue varios años después que Alfredo supo que yo sabía de su preferencia sexual, pero nunca supo que yo había visto la foto y mucho menos que en esa ocasión ese acto no me iba a poder engañar.

Sé que estoy alargando mucho la historia de Irene y no he contado nada de ella todavía, pero siempre regresamos a esa misma plaza. Sucedieron muchas cosas importantes en esa plaza, y seguiremos volviendo a esa plaza, pero sin duda lo más memorable que aconteció en esa misma plaza es que en una de las bancas que daban hacia la Michoacana rechacé para siempre a Iraís.

Ahora sí, estaba sentado con Irene en una de las bancas de esa misma plaza legendaria. No pasó nada interesante. Casi, casi el recordar esta anécdota tiñe las placas de acontecimientos memorables de la Plaza Grande. Y lo siento por haberla hecho tanto de emoción. No fue mi intención. Las otras historias fueron mucho más interesantes, ¿no? Y si no fueron interesantes, por lo menos para mí son importantes. Esa tarde con Irene fue muy aburrida. Era como sacarse las muelas. Judas decía que parecía tucán, pero si había que compararla con un ave ella más bien era perico. Y no por su nariz. La boca no le paraba. Era una merolica. A pesar de que me contó chismes mil, de gente que ni conocía por cierto, no recuerdo absolutamente ninguno, además de que no le creía nada. Recuerdo más bien ver a unos niños jugando futbol y sintiendo una gran envidia. Qué hubiera dado por cambiar mi lugar con el portero gordito al que todos le metían gol. Normalmente prefiero no jugar si me piensan poner en el arco, pero Irene era tan aburrida y pretenciosa que habría aceptado mil veces, y encantado de la vida, jugar como portero que tener que seguir escuchándola. Justo antes de que Judas se dignara a regresar con Claudia, Irene por fin dijo algo interesante, que selectivamente quise creer. Me dijo que me iba a invitar a conocer a sus amigas para presumirme. No sé que es lo que iba a presumir de mí si esa vez a duras penas y le dije como me llamaba. Pero me intrigó el que tuviera varias amigas. Quién quitaba y las otras sí estaban bonitas.

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