Mi primer beso me lo robaron. Soy vato y me robaron mi primer beso. Lo más pirata de todo es que me supo a carnitas. Bueno, no estoy seguro de que me lo hayan robado, pero sí me lo dieron y fue muy decepcionante. Por lo menos sé que si yo hubiera sido ella yo me hubiera decepcionado de mi desempeño romántico. Ese día no lo supe, pero después con más experiencias tuve con que comparar y nada que ver. Si no fuera por lo chusca que fue la experiencia completa, ese beso no tendría nada de memorable.
Yo no soy oriundo de Rancho Alegre. Soy hijo de Rancho Alegre por adopción. Llegué a los diez años y el único lugar al que recuerdo ir constantemente era a misa. Cuando digo constantemente quiero decir una vez al mes o cada dos meses. Ibamos a misa porque no conocíamos a nadie y esa era la manera más fácil de que mi mamá conociera a otras señoras y hacerse de nuevas amiguisaurias. Nunca fuimos una familia religiosa, pero tampoco blasfemábamos… tanto. Aunque íbamos más o menos seguido a misa, no recuerdo haber ido nunca a confesarme. Tampoco recuerdo que mi mamá ni nadie de la familia lo hiciera a pesar de que sí lo necesitaran.
Con el tiempo empecé a divisar el ganado del rancho y tenía bien identificadas a las personas, que ni eran tantas. A los tres años de estar ahí me di cuenta de la existencia de una morrita, una niña como unos tres años menor. Yo empezaba a entrar en la pubertad y creo que ella también, pero ella seguía siendo una niña y no me fijaba en ella… tanto. Coincidíamos en las fiestas patronales, pero en lo que yo me reía a carcajadas de cómo mis compas se orinaban en el agua bendita—de seguro nos vemos en el infierno—esta niña se quedaba sentada solita al lado de su mamá. Siempre estaba bien peinadita con un moño azul marino y su vestido de marinerita. Me recordaba un poco a Sailor Moon, pero de cabello oscuro, ojos negros, cachetes de Kiko, más chaparra, sin carisma y sin poderes. Tal vez andaba pedo cuando hice esa conexión o tal vez quedé mal de la cabeza cuando me tocó de castigo beber agua bendita.
Cuando menos lo pensé, ella ya había pasado a la secundaria, y como no había tantas escuelas, resultó quedar en mi misma escuela y empezamos a coincidir ahí también. La marinerita ya había cambiado su atuendo de Sailor Moon por unos jeans y unos Converse. Se llamaba Amparo y ya no la veía sola. Ya tenía sus amiguitas nacas que empezaban a descubrir su lugar en la sociedad ranchoalegrense. Ese lugar era en sus casas donde nadie las pudiera ver, pero todavía no agarraban la onda. Su grupo de amigas eran puras morritas bien extrañas, pero a la vez invisibles antes los ojos de la sociedad más fifí. Especialmente se juntaba con una que le pusieron un apodo muy feo porque le cayeron mal unos elotes que se comió por las vías del tren. Grave error. La única comida callejera que no te destruye la flora intestinal es la de la Plaza Grande.
Nunca entendí por qué en la escuela tenían la insensata costumbre de cerrar las puertas de los edificios a la hora de la comida. Uno tenía que ir al baño antes de irse a comer, porque si a uno le agarraban las ganas de ir antes de que empezaran las clases nuevamente, uno tenía que encontrar un arbolito o irse al rio y hacer de aguilita, dependiendo de la necesidad. Unos usaban hojas de cuaderno para acabar el asunto. Otros usaban piedras del río. Nadie usaba hojas secas dos veces. A la primera uno aprendía que no eran buenas para limpiar porque se despedazaban al primer contacto y, aparte de sucio, uno se quedaba con una comezón monstruosa el resto del día. Tampoco entendí porque unos pensaban que su trasero era calcomanía de rascahuele (no hay necesidad de describir la escena) o que mágicamente el aroma disminuiría entre más le rascaran. (Aclaro que a mí no me consta por experiencia propia...) En fin, uno usaba lo que podía. Había otros más delicados que terminaban usando un calcetín, pero no lo tiraban porque decían que sus mamás los iban a regañar si llegaban con un calcetín perdido. Pobres sus compañeros que tenían que fumarse la hediondera de ese calcetín en el salón de clase. Una de esas veces uno de los maestros, al detectar que algo olía diferente, empezó a sorber violentamente por la nariz hasta que dijo: “Huele a lasagna”. Y luego se preguntaba porqué nadie iba a comer a su casa.
Resulta que esta amiguita chacotera no se andaba sintiendo bien justo a la hora de la comida. Aun así, se comió unos burros de cochinita y de deshebrada en chile colorado bien buenos, pero posiblemente el gas de la Coca que se tomó fue el detonante que activó la bomba mortal. Como ya faltaban solamente cinco minutos, toda la escuela se empezó a amontonar en las puertas para poder entrar. Ella ya llevaba como veinte minutos aguantándose las ganas. Sus amigas estaban preocupadas por ella, entre ellas Amparo. Los que la vieron, hoy dicen que fue como ver a Michael Jackson transformarse en el Ayuwoki. Empezó pasando de ser morenita a ser blanca de lo pálida que se había puesto mientras que poco a poco se le deformaban la cara y el cuerpo. Toda la sangre se le fue a las entrañas para subirse con esos músculos lo que quería bajar. Se tuvo que ir a sentar a una esquina para pasar, o más bien detener, el mal rato. Estaba bien concentrada. Paradójicamente, estaba haciendo muy bien el esfuerzo de no hacer esfuerzo ahí abajo, y la verdad es que habría podido aguantarse si no hubiera sido por la campana. No se dio cuenta que se había sentado justo debajo de la campana, así que cuando sonó la espantó y se le salió el mojón.
Ella no quería decirle a nadie lo que le había pasado, pero sabiendo que necesitaría que le hicieran el paro, le pidió a la marinerita que se acercara para decirle algo al oído. Una de las cosas que la hacían rara es que era, según ella, muy refinada y hablaba muy propia y meliflua. A veces nadie le entendía, y este no fue un buen momento para que no le entendieran. “Me vine de vientre”, le confesó a la marinerita. Se lo dijo tan bajito que no le entendió: “¿Qué dijiste?” Le volvió a decir, pero esta vez no le entendió lo que quería decir aunque sí la había escuchado bien. La otra que no era tan fina le dijo: “¿Qué carajos es eso?” Desesperada, le contestó: “¡Que me cagué!” Con una cara de asco, como en cámara lenta se paró la marinerita y se empezó a alejar la desgraciada sin ofrecerle ninguna ayuda. Las demás del grupo se le acercaron a Amparo y le preguntaron: “¿Qué te susurró?” Ella entendió otra cosa y contestó asombrada: “¿Cómo saben que se zurró?” Todas exclamaron sin disimularla: “¡¿Se zurró?!” Todo el bullicio se apagó y todos los que escucharon voltearon a la esquina. Un chavito corrió por sus amigos para llevarlos a la vergonzosa escena y les dijo: “¡Esa es la zurrada!” Ella se quedó como gárgola en la esquina. No se movía ni respondía a sus insultos. Uno de los niños agarró una bola de nieve y se la aventó a la cabeza, pero ella seguía sin moverse. La dejaron en paz cuando volvió a timbrar la campana para pasar a clases. Ella se quedó ahí todavía otro rato, arrepentida de haberse comido esos elotes de las vías, habiéndose rebelado abiertamente contra la legendaria y amada Plaza Grande.
Pasaron varios años antes de que esa niña pasara de nuevo por mi radar. Nunca supe su nombre hasta que nos topamos nuevamente en una fiesta, y sólo la reconocí porque iba con Amparo. Esa niña delicada que susurraba al hablar ya se había convertido en una señorita más relajada. Ya sonreía y hasta se acercaba a presentarse con los demás sin pena. El incidente que la debió de haber traumado de por vida, o por lo menos durante la secu y la prepa, había quedado en el pasado para ella. Muchos ya ni se acordaban de su apodo, pero yo que tenía años sin darme cuenta de ella solamente la conocía por su alias. Me aprendí su nombre hasta que me tocó castigo con ella jugando a la botella. “¡José y Elba!” exclamaron todos cuando la cola de la botella me apuntaba a mí y la punta a ella. Elba se levantó, se sentó en mis piernas y nos besamos. “¡Bueno, bueno! ¡Ya pasaron cinco segundos! ¡Ya estuvo bueno!” nos dijeron. Nos dejamos de besar, pero ella ya no se levantó de mis piernas. Le dije que como que estuvo rico y que si le seguíamos. Me contestó que órale y le seguimos. Unos se quedaron confundidos pensando que seguíamos cumpliendo castigo, pero los demás ya no nos hicieron caso, excepto por Amparo. Ellas dos eran mejores amigas, y Elba definitivamente conocía mi pasado con Amparo y lo que ella sentía por mí. Sobre todo, Elba sabía que yo le había prometido a Amparo un segundo beso para compensarle la mala experiencia de esa vez que nos besamos (o que ella me besó a mí) porque yo iba a besarla a ella mientras que ella había arreglado que Elba se fuera a besar con Judas. Luego me arrepentí y nunca le cumplí. Así que con buena razón, después de esa fiesta de la botella, Amparo le dejó de hablar a Elba y nunca se volvieron a conciliar.
Ese primer año de secundaria de Amparo ella me buscaba todas las mañanas en la entrada de la escuela. Un día, sin que me diera cuenta, se me acercó y me dijo: “Hueles rico ahí arriba”. Se me hizo bizarro su comentario. No sé que otros lugares me habrá olido, pero recuerdo que, por lo menos ese día, sí me había bañado. Otro día me dijo que qué padre me había peinado los pelos de la cabeza (¿cuáles otros me iba a peinar?). Ese tipo de comentarios me sacaban de onda, pero no les daba mucha importancia. Así, entre comentarios y comentarios empezamos a hablar. Bueno, ella era la que me hablaba porque yo me hacía el duro con ella en la escuela porque no quería que la gente pensara que yo tenía de amiga a una morrilla a la que nadie pelaba, a una misfit. Y a pesar de que nadie la pelaba, se consiguió un morrillo que era aun mayor que yo. Pensé que por eso yo ya no corría peligro de que la gente fuera a pensar mal de nosotros, así que fui un poco más liberal con mis palabras y de repente hablaba con ella. Me decía que qué buena onda era yo, que al principio pensaba que yo era bien sangrón porque me veía todo serio pero que ni al caso. Yo creo que ella estaba tonta porque sí era bien sangrón con ella. Pero tiene sentido que me viera así porque me confesó que desde que había llegado al rancho, yo había sido su amor platónico. Me supongo que con eso de que ella ya traía novio me podía decir que yo era su amor platónico sin que yo me lo fuera a tomar en serio, o qué sé yo. A ella le valía. Es más, creo que ella misma le contó a su novio que nos habíamos besado. A mí no me valía. El vato estaba grandote comparado conmigo y yo creo que sí me habría puesto una buena tunda si no hubiera sido porque siempre me le escondía. No me importaba tomar caminos más largos o hacerme el que estaba enfermo de la panza para tardarme más en el baño con tal de no topármelo. Aun cuando ya habían cortado, por costumbre yo seguía buscando escondite cada vez que lo veía.
Para festejar el 16 de septiembre de ese primer año de secundaria de Amparo, la iglesia hizo una fiesta similar a las patronales. Había mariachis, tamales, barbacoa y pozole, entre otras cosas típicas de la época. Al parecer el rancho no era tan patriota porque supe que no fueron muchos. De hecho, yo no iba a ir, pero venía caminando por la Plaza Grande y traía hambre. Y aunque la comida callejera de la plaza era muy buena, pero como no traía ni un cinco, no me pareció mala idea cruzar la calle para saciarme en la iglesia. Ya se estaba casi acabando la fiesta y quedaba poca gente, pero al ir acercándome al patio de la catedral, vi a Amparo que venía caminando hacía mí, como si ya supiera que yo iba a llegar. Aunque no me llegó nunca tufo de alcohol, parecía que ella le había entrado duro al trago. Venía bien sacalepunta, así como cuando Judas se despintó la greña, y me vino a retar. Me preguntó que si seguía virgen, y después de una pequeña pausa agregó "virgen de los labios". Su pregunta me agarró en curva, y la neta es que sí seguía “virgen de los labios”. No sé por qué sí se lo admití y para pronto ella me dijo que ella me lo quitaba. Bien macho yo le dije que luego luego y empezó adentrarse a los vestidores de los monaguillos. Yo empecé a caminar en la misma dirección, pero no la iba siguiendo porque no le creía, aunque admito que más que incredulidad me daba miedo y vergüenza. Vergüenza de que una lepa menor que yo me fuera a besar a mí, cuando debería de ser yo el experimentado que le enseñara a ella el abecedario de este tipo de cosas. Tampoco le creía porque ella tenía novio, pero al verme lento se regresó, me tomó de la mano y me llevó a los vestidores de los monaguillos.
“¡Bésame!” me decía. Peor que indita de campo me retorcía hacia los lados y le decía que no sabía. Las luces de los vestidores estaban apagadas para que no nos fueran a cachar en el acto. Solamente recuerdo ver su cara un poco azul por los reflectores que medio iluminaban los aposentos. Ella igual se retorcía para los lados pero de risa y de coraje de que “no tuviera huevos” para besarla. Esa danza duró como unos diez minutos porque no me animaba a besarla, y en uno de mis “¡es que no sé!” se me aventó y me besó. Nos separamos y ella se me quedó viendo sin saber si yo me iba a enojar. La vi a los ojos y bien bobo le dije: “¿Con que así se hace?” Y ahora me acerqué y la besé. Yo no tenía idea de lo que estaba haciendo, solamente de repente sentí sus papilas gustativas en mi boca. Yo creo que ella ha de haber comido menudo con pancita antes de todo este show porque ella me supo a carnitas.
En eso escuchamos pasos y la voz de su jefa que la llamaba. Nos azorrillamos, nos pegamos al lado de la puerta y sujetamos fuertemente su escapulario, esperando que se nos hiciera el milagro y que no nos encontraran. Yo nunca supe nada de rosarios y esas cosas, pero Amparo rezó como cincuenta avemarías en esos segundos, que en retrospectiva me doy cuenta de la estupidez de pedirle a los cielos que te ayude a salirte con una obra mala. Los pasos se acercaron hasta la ventanita de la puerta y vimos la sombra de su mamá que se asomaba al cuarto. Tomados de la mano, los dos dejamos de respirar y nos preparamos para recibir el castigo divino, o más bien mortal, de su madre. Parecieron minutos lo que tal vez fueron unos cinco segundos, y milagrosamente, o tal vez por obra del diablo, su mamá no entró. Antes de que su jefa reclutara más gente para buscarla, ella se salió muy disimuladamente y yo me esperé otro rato antes de salir e irme a mi casa. El sabor a carnitas no me sació, pero sí me quitó el hambre.
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