Monday, July 22, 2019

Carnitas: De esa vez que le robaron su primer beso a José

Mi primer beso me lo robaron. Soy vato y me robaron mi primer beso. Lo más pirata de todo es que me supo a carnitas. Bueno, no estoy seguro de que me lo hayan robado, pero sí me lo dieron y fue muy decepcionante. Por lo menos sé que si yo hubiera sido ella yo me hubiera decepcionado de mi desempeño romántico. Ese día no lo supe, pero después con más experiencias tuve con que comparar y nada que ver. Si no fuera por lo chusca que fue la experiencia completa, ese beso no tendría nada de memorable.

Yo no soy oriundo de Rancho Alegre. Soy hijo de Rancho Alegre por adopción. Llegué a los diez años y el único lugar al que recuerdo ir constantemente era a misa. Cuando digo constantemente quiero decir una vez al mes o cada dos meses. Ibamos a misa porque no conocíamos a nadie y esa era la manera más fácil de que mi mamá conociera a otras señoras y hacerse de nuevas amiguisaurias. Nunca fuimos una familia religiosa, pero tampoco blasfemábamos… tanto. Aunque íbamos más o menos seguido a misa, no recuerdo haber ido nunca a confesarme. Tampoco recuerdo que mi mamá ni nadie de la familia lo hiciera a pesar de que sí lo necesitaran. 

Con el tiempo empecé a divisar el ganado del rancho y tenía bien identificadas a las personas, que ni eran tantas. A los tres años de estar ahí me di cuenta de la existencia de una morrita, una niña como unos tres años menor. Yo empezaba a entrar en la pubertad y creo que ella también, pero ella seguía siendo una niña y no me fijaba en ella… tanto. Coincidíamos en las fiestas patronales, pero en lo que yo me reía a carcajadas de cómo mis compas se orinaban en el agua bendita—de seguro nos vemos en el infierno—esta niña se quedaba sentada solita al lado de su mamá. Siempre estaba bien peinadita con un moño azul marino y su vestido de marinerita. Me recordaba un poco a Sailor Moon, pero de cabello oscuro, ojos negros, cachetes de Kiko, más chaparra, sin carisma y sin poderes. Tal vez andaba pedo cuando hice esa conexión o tal vez quedé mal de la cabeza cuando me tocó de castigo beber agua bendita. 

Cuando menos lo pensé, ella ya había pasado a la secundaria, y como no había tantas escuelas, resultó quedar en mi misma escuela y empezamos a coincidir ahí también. La marinerita ya había cambiado su atuendo de Sailor Moon por unos jeans y unos Converse. Se llamaba Amparo y ya no la veía sola. Ya tenía sus amiguitas nacas que empezaban a descubrir su lugar en la sociedad ranchoalegrense. Ese lugar era en sus casas donde nadie las pudiera ver, pero todavía no agarraban la onda. Su grupo de amigas eran puras morritas bien extrañas, pero a la vez invisibles antes los ojos de la sociedad más fifí. Especialmente se juntaba con una que le pusieron un apodo muy feo porque le cayeron mal unos elotes que se comió por las vías del tren. Grave error. La única comida callejera que no te destruye la flora intestinal es la de la Plaza Grande. 

Nunca entendí por qué en la escuela tenían la insensata costumbre de cerrar las puertas de los edificios a la hora de la comida. Uno tenía que ir al baño antes de irse a comer, porque si a uno le agarraban las ganas de ir antes de que empezaran las clases nuevamente, uno tenía que encontrar un arbolito o irse al rio y hacer de aguilita, dependiendo de la necesidad. Unos usaban hojas de cuaderno para acabar el asunto. Otros usaban piedras del río. Nadie usaba hojas secas dos veces. A la primera uno aprendía que no eran buenas para limpiar porque se despedazaban al primer contacto y, aparte de sucio, uno se quedaba con una comezón monstruosa el resto del día. Tampoco entendí porque unos pensaban que su trasero era calcomanía de rascahuele (no hay necesidad de describir la escena) o que mágicamente el aroma disminuiría entre más le rascaran. (Aclaro que a mí no me consta por experiencia propia...) En fin, uno usaba lo que podía. Había otros más delicados que terminaban usando un calcetín, pero no lo tiraban porque decían que sus mamás los iban a regañar si llegaban con un calcetín perdido. Pobres sus compañeros que tenían que fumarse la hediondera de ese calcetín en el salón de clase. Una de esas veces uno de los maestros, al detectar que algo olía diferente, empezó a sorber violentamente por la nariz hasta que dijo: “Huele a lasagna”. Y luego se preguntaba porqué nadie iba a comer a su casa. 

Resulta que esta amiguita chacotera no se andaba sintiendo bien justo a la hora de la comida. Aun así, se comió unos burros de cochinita y de deshebrada en chile colorado bien buenos, pero posiblemente el gas de la Coca que se tomó fue el detonante que activó la bomba mortal. Como ya faltaban solamente cinco minutos, toda la escuela se empezó a amontonar en las puertas para poder entrar. Ella ya llevaba como veinte minutos aguantándose las ganas. Sus amigas estaban preocupadas por ella, entre ellas Amparo. Los que la vieron, hoy dicen que fue como ver a Michael Jackson transformarse en el Ayuwoki. Empezó pasando de ser morenita a ser blanca de lo pálida que se había puesto mientras que poco a poco se le deformaban la cara y el cuerpo. Toda la sangre se le fue a las entrañas para subirse con esos músculos lo que quería bajar. Se tuvo que ir a sentar a una esquina para pasar, o más bien detener, el mal rato. Estaba bien concentrada. Paradójicamente, estaba haciendo muy bien el esfuerzo de no hacer esfuerzo ahí abajo, y la verdad es que habría podido aguantarse si no hubiera sido por la campana. No se dio cuenta que se había sentado justo debajo de la campana, así que cuando sonó la espantó y se le salió el mojón. 

Ella no quería decirle a nadie lo que le había pasado, pero sabiendo que necesitaría que le hicieran el paro, le pidió a la marinerita que se acercara para decirle algo al oído. Una de las cosas que la hacían rara es que era, según ella, muy refinada y hablaba muy propia y meliflua. A veces nadie le entendía, y este no fue un buen momento para que no le entendieran. “Me vine de vientre”, le confesó a la marinerita. Se lo dijo tan bajito que no le entendió: “¿Qué dijiste?” Le volvió a decir, pero esta vez no le entendió lo que quería decir aunque sí la había escuchado bien. La otra que no era tan fina le dijo: “¿Qué carajos es eso?” Desesperada, le contestó: “¡Que me cagué!” Con una cara de asco, como en cámara lenta se paró la marinerita y se empezó a alejar la desgraciada sin ofrecerle ninguna ayuda. Las demás del grupo se le acercaron a Amparo y le preguntaron: “¿Qué te susurró?” Ella entendió otra cosa y contestó asombrada: “¿Cómo saben que se zurró?” Todas exclamaron sin disimularla: “¡¿Se zurró?!” Todo el bullicio se apagó y todos los que escucharon voltearon a la esquina. Un chavito corrió por sus amigos para llevarlos a la vergonzosa escena y les dijo: “¡Esa es la zurrada!” Ella se quedó como gárgola en la esquina. No se movía ni respondía a sus insultos. Uno de los niños agarró una bola de nieve y se la aventó a la cabeza, pero ella seguía sin moverse. La dejaron en paz cuando volvió a timbrar la campana para pasar a clases. Ella se quedó ahí todavía otro rato, arrepentida de haberse comido esos elotes de las vías, habiéndose rebelado abiertamente contra la legendaria y amada Plaza Grande.

Pasaron varios años antes de que esa niña pasara de nuevo por mi radar. Nunca supe su nombre hasta que nos topamos nuevamente en una fiesta, y sólo la reconocí porque iba con Amparo. Esa niña delicada que susurraba al hablar ya se había convertido en una señorita más relajada. Ya sonreía y hasta se acercaba a presentarse con los demás sin pena. El incidente que la debió de haber traumado de por vida, o por lo menos durante la secu y la prepa, había quedado en el pasado para ella. Muchos ya ni se acordaban de su apodo, pero yo que tenía años sin darme cuenta de ella solamente la conocía por su alias. Me aprendí su nombre hasta que me tocó castigo con ella jugando a la botella. “¡José y Elba!” exclamaron todos cuando la cola de la botella me apuntaba a mí y la punta a ella. Elba se levantó, se sentó en mis piernas y nos besamos. “¡Bueno, bueno! ¡Ya pasaron cinco segundos! ¡Ya estuvo bueno!” nos dijeron. Nos dejamos de besar, pero ella ya no se levantó de mis piernas. Le dije que como que estuvo rico y que si le seguíamos. Me contestó que órale y le seguimos. Unos se quedaron confundidos pensando que seguíamos cumpliendo castigo, pero los demás ya no nos hicieron caso, excepto por Amparo. Ellas dos eran mejores amigas, y Elba definitivamente conocía mi pasado con Amparo y lo que ella sentía por mí. Sobre todo, Elba sabía que yo le había prometido a Amparo un segundo beso para compensarle la mala experiencia de esa vez que nos besamos (o que ella me besó a mí) porque yo iba a besarla a ella mientras que ella había arreglado que Elba se fuera a besar con Judas. Luego me arrepentí y nunca le cumplí. Así que con buena razón, después de esa fiesta de la botella, Amparo le dejó de hablar a Elba y nunca se volvieron a conciliar.

Ese primer año de secundaria de Amparo ella me buscaba todas las mañanas en la entrada de la escuela. Un día, sin que me diera cuenta, se me acercó y me dijo: “Hueles rico ahí arriba”. Se me hizo bizarro su comentario. No sé que otros lugares me habrá olido, pero recuerdo que, por lo menos ese día, sí me había bañado. Otro día me dijo que qué padre me había peinado los pelos de la cabeza (¿cuáles otros me iba a peinar?). Ese tipo de comentarios me sacaban de onda, pero no les daba mucha importancia. Así, entre comentarios y comentarios empezamos a hablar. Bueno, ella era la que me hablaba porque yo me hacía el duro con ella en la escuela porque no quería que la gente pensara que yo tenía de amiga a una morrilla a la que nadie pelaba, a una misfit. Y a pesar de que nadie la pelaba, se consiguió un morrillo que era aun mayor que yo. Pensé que por eso yo ya no corría peligro de que la gente fuera a pensar mal de nosotros, así que fui un poco más liberal con mis palabras y de repente hablaba con ella. Me decía que qué buena onda era yo, que al principio pensaba que yo era bien sangrón porque me veía todo serio pero que ni al caso. Yo creo que ella estaba tonta porque sí era bien sangrón con ella. Pero tiene sentido que me viera así porque me confesó que desde que había llegado al rancho, yo había sido su amor platónico. Me supongo que con eso de que ella ya traía novio me podía decir que yo era su amor platónico sin que yo me lo fuera a tomar en serio, o qué sé yo. A ella le valía. Es más, creo que ella misma le contó a su novio que nos habíamos besado. A mí no me valía. El vato estaba grandote comparado conmigo y yo creo que sí me habría puesto una buena tunda si no hubiera sido porque siempre me le escondía. No me importaba tomar caminos más largos o hacerme el que estaba enfermo de la panza para tardarme más en el baño con tal de no topármelo. Aun cuando ya habían cortado, por costumbre yo seguía buscando escondite cada vez que lo veía.

Para festejar el 16 de septiembre de ese primer año de secundaria de Amparo, la iglesia hizo una fiesta similar a las patronales. Había mariachis, tamales, barbacoa y pozole, entre otras cosas típicas de la época. Al parecer el rancho no era tan patriota porque supe que no fueron muchos. De hecho, yo no iba a ir, pero venía caminando por la Plaza Grande y traía hambre. Y aunque la comida callejera de la plaza era muy buena, pero como no traía ni un cinco, no me pareció mala idea cruzar la calle para saciarme en la iglesia. Ya se estaba casi acabando la fiesta y quedaba poca gente, pero al ir acercándome al patio de la catedral, vi a Amparo que venía caminando hacía mí, como si ya supiera que yo iba a llegar. Aunque no me llegó nunca tufo de alcohol, parecía que ella le había entrado duro al trago. Venía bien sacalepunta, así como cuando Judas se despintó la greña, y me vino a retar. Me preguntó que si seguía virgen, y después de una pequeña pausa agregó "virgen de los labios". Su pregunta me agarró en curva, y la neta es que sí seguía “virgen de los labios”. No sé por qué sí se lo admití y para pronto ella me dijo que ella me lo quitaba. Bien macho yo le dije que luego luego y empezó adentrarse a los vestidores de los monaguillos. Yo empecé a caminar en la misma dirección, pero no la iba siguiendo porque no le creía, aunque admito que más que incredulidad me daba miedo y vergüenza. Vergüenza de que una lepa menor que yo me fuera a besar a mí, cuando debería de ser yo el experimentado que le enseñara a ella el abecedario de este tipo de cosas. Tampoco le creía porque ella tenía novio, pero al verme lento se regresó, me tomó de la mano y me llevó a los vestidores de los monaguillos.

“¡Bésame!” me decía. Peor que indita de campo me retorcía hacia los lados y le decía que no sabía. Las luces de los vestidores estaban apagadas para que no nos fueran a cachar en el acto. Solamente recuerdo ver su cara un poco azul por los reflectores que medio iluminaban los aposentos. Ella igual se retorcía para los lados pero de risa y de coraje de que “no tuviera huevos” para besarla. Esa danza duró como unos diez minutos porque no me animaba a besarla, y en uno de mis “¡es que no sé!” se me aventó y me besó. Nos separamos y ella se me quedó viendo sin saber si yo me iba a enojar. La vi a los ojos y bien bobo le dije: “¿Con que así se hace?” Y ahora me acerqué y la besé. Yo no tenía idea de lo que estaba haciendo, solamente de repente sentí sus papilas gustativas en mi boca. Yo creo que ella ha de haber comido menudo con pancita antes de todo este show porque ella me supo a carnitas. 

En eso escuchamos pasos y la voz de su jefa que la llamaba. Nos azorrillamos, nos pegamos al lado de la puerta y sujetamos fuertemente su escapulario, esperando que se nos hiciera el milagro y que no nos encontraran. Yo nunca supe nada de rosarios y esas cosas, pero Amparo rezó como cincuenta avemarías en esos segundos, que en retrospectiva me doy cuenta de la estupidez de pedirle a los cielos que te ayude a salirte con una obra mala. Los pasos se acercaron hasta la ventanita de la puerta y vimos la sombra de su mamá que se asomaba al cuarto. Tomados de la mano, los dos dejamos de respirar y nos preparamos para recibir el castigo divino, o más bien mortal, de su madre. Parecieron minutos lo que tal vez fueron unos cinco segundos, y milagrosamente, o tal vez por obra del diablo, su mamá no entró. Antes de que su jefa reclutara más gente para buscarla, ella se salió muy disimuladamente y yo me esperé otro rato antes de salir e irme a mi casa. El sabor a carnitas no me sació, pero sí me quitó el hambre.

Claudia Panteonera: Desde los ojos de Judas

Odio la epoca electoral. Hay demasiada gente en las calles, basura por todos lados y derroche de nuestro dinero en propaganda y comerciales que terminan hartando o hasta vergüenza dando, como los que se piratean canciones famosas y les ponen sus ridículos bailes y letras. Nunca puede uno volver a escuchar el hit original igual. Y todo para acabar con otro payaso que siga mamando descaradamente de la teta del pueblo. Siempre me los imagino en estilo de caricatura de periódico, sentados de perfil, como si estuvieran montados en una de las miles de vacas de nuestro rancho, con un ojo volteándonos a ver con una mueca insinuando que ahora que los pusimos ahí ahora son intocables, que qué brutos somos, mientras les escurre leche que terminan desperdiciando. Pero volviendo al tema, es cierto, aunque se reúna toda la gente de Rancho Alegre difícilmente se congestionarían las calles porque lo más que se atascan las calles por tráfico son como tres cuadras. Pero aun así no lo soporto. Me engento muy fácilmente. Es por eso que cuando el Moto iba a pasar por nosotros yo estaba de todo menos entusiasmado. Si de por sí ir a dar la vuelta se me hacia de lo más banal, ahora ir a dar la vuelta en época electoral era peor. Sin embargo, este domingo fue diferente. 

Con un “¡Shotgun!” le gané a José el lugar pegado a la ventana del copiloto. Me sentía más confiado de lo normal, dispuesto a arriesgarme a hacer cosas que tal vez antes no habría osado hacer. Creo que tuvo que ver que ese día José y yo nos despintamos la greña con agua oxigenada. Bueno, yo me despinté con agua oxigenada. El delicado de José pensó que el agua oxigenada le iba a maltratar el cabello, el cuero cabelludo, o que se iba a quedar ciego, yo que sé, y terminó comprándose un tinte, pero no compró uno lo suficientemente claro y el pelo le quedo más bien rojizo, pero un rojizo repugnante, como lodo con chorizo español. Más bien parecía cerillo con patas. Se veía muy ridículo, aunque no tanto como un vato de su escuela que iba dos grados abajo que él. Ese menso se hizo una base y ahora parecía estropajo con ojos. De todas formas, estando yo al lado de José me sentía, como dicen los gringos, que valía un millón de dólares. Algo así como cuando te dicen que para escapar cuando veas a un oso no tienes que correr más rápido que el oso, sino que solo tienes que correr más rápido que tus compas. Mejor dicho, como cuando una morrita dos tres se vuelve un tres solo por estar al lado de otra morrita horrenda. Esa era la situación ese domingo. Yo era la morrita dos tres que se volvió un tres por estar al lado de un cerillito chacotero. 

Al ir atravesando el corral de zombie-borregos electorales haciendo mi mejor esfuerzo por darles chicotazos con una fusta al que se me pusiera enfrente (en realidad solo los iba ignorando, pero eso iba haciendo en mi mente), en el último semáforo se acercó una morrita a entregarme una calcomanía del partido que promocionaba. No estoy seguro de porqué a ella si le acepté su propaganda cuando al resto del ganado se las rechacé bien pro. En retrospectiva, estoy seguro que tuvo que ver el espíritu aventurero que me inspiró mi nuevo look. Tal vez inconscientemente quería encontrar alguna excusa para ponerlo a prueba porque recuerdo que por alguna extraña razón el corazón me latía mas fuerte al ver ese último semáforo y pensar que se me escapaba mi oportunidad de hacer historia. Acepto que tomar la calcomanía no era nada del otro mundo, pero para mí eso implicó hacer un convenio con ella, un trato que yo estuve dispuesto a cumplir, un reto que sabía que podía superar. Es por eso que le pedí al Moto que se regresara, pero que cortara por la catedral para evitar el rodeo y llegar directo hacia donde estaba la morrita, esperando que ella siguiera ahí. 

Ella estaba justo en el semáforo, pero afortunadamente, por el trafico que había, nos tocó hacer múltiples altos (dos). Ya estaba andando la Ramona (la Ram) y llegaríamos a ella en unos cuantos segundos. No tenía ningún plan, pero sabía que no había marcha atrás, así que me dejé llevar. Me di cuenta que un señor por ahí estaba vendiendo rosas, así que le grité para que viniera corriendo como si ya se le estuviera saliendo el tamarindo y le compré una. La Ramona seguía andando, le pagué al señor, tomé la rosa con una mano, y con la otra le pegué la calcomanía a la rosa (fue lo primero que se me ocurrió), y no bien la había terminado de pegar cuando ya se la estaba entregando a ella. Lo curioso es que parecía que ella me estaba esperando. Puso un pie sobre el estribo de mi puerta, tomó la rosa con una sonrisa y me dijo “Me llamo Claudia”. Me hizo seña de que la encontráramos en la plaza de la catedral. Al recordar esta historia con José, él jura que el Moto “no le hacía a esas cosas”, dando a entender que era cuidadoso de no manchar su pedigree. Si bien hay cierta verdad en eso, lo que pasó es que Claudia tenía dos amigas. Una le echó los ojos a José y la otra al Moto. La de José parecía tucán, pero no estaba tan rochi como la otra. Pobrecita. Era gordita, chaparrita y prietita con ojos de sapo, privada de toda gracia. En realidad lo que el Moto dijo fue: “¡Wakala! ¡Yo no le hago a esas cosas!”

Como íbamos pasando por la catedral, decidí persignarme, sabiendo que no iba a hacer una diferencia pero suponiendo que si había un poder divino que me ayudara, en esta ocasión intervendría. Supongo que más bien creía que no haría una diferencia, pero en el fondo esperaba que si había la posibilidad de que algo me hiciera el paro, cualquier cosa, yo la aceptaba. Unas señoras me vieron, interrumpieron el chisme que se pasaban y dijeron que qué bonito niño, tan respetuoso, que ojalá más jovencitos fueran como yo, que qué ejemplo, que eso es lo que necesitaba la juventud de hoy en día. No las pude ni voltear a ver del dolor que me dio en cuanto acabe la señal. El pecho me ardía, pero era doloroso. Tiempo después vi que me quedó una cicatriz, como si alguien me hubiera apagado un cigarro. De ahí en adelante nunca más me volví a persignar.

No tardamos mucho en encontrarla. Al principio pensé que era el destino que nos encontráramos, pero debí haber prestado atención al presagio recién ocurrido. Nada bueno podía seguirle a un marcón del diablo. Cuando la vi, Claudia me dio un beso en la mejilla, me agradeció por la rosa y sin que le ofreciera el brazo se me colgó al brazo como lo haría una dama con un caballero, sólo que ella fue un poco más brusca. Todo lo que siguió lo viví en piloto automático. Es como si alguien le hubiera puesto Play a una película y yo solamente estaba de espectador. Pero era mi propia movie.

Por inercia la llevé a la Michoacana. Me acordé de la Arcoíris. Sin darme cuenta estaba repitiendo lo que Alfredo había hecho con ella la vez de nuestras novias exprés. Sé que nunca más supimos de ella, pero yo la seguí viendo una y otra vez. Siempre fui serio y rara vez hablaba de lo que sentía, pero la verdad es que cuando colocaba los ojos en una chava especial, todos mis sentimientos es enfocaban en ella intensamente, y no necesariamente lujuria intensa. Se volvía un ángel perfecto. No existían defectos, y los que tenía simplemente hacían que se viera más tierna. Algunos llamarían esto amor platónico. Para mí era algo más sublime. Y al mismo tiempo, algo inalcanzable. Era ir detrás de un arcoíris una y otra vez sin poder llegar a la olla de oro. Una y otra vez corría con todas mis fuerzas, teniendo el premio enfrente, siempre enfrente, cocoreándome, tentándome, burlándose de mí y destruyendo la fe en lo poco en lo que sí creía.

Claudia, como todas las chavas que me gustaban, era delgada y de cabello lacio. Me recordaba un poco a la Popopó, pero en morena. Le pregunté que si quería un agua fresca. Esta fue la primera vez que me hizo esa mirada que terminé detestando. Con los ojos me dijo que qué ingenuo era, que qué infantil. Me dijo que el único tipo de agua que ella tomaba era agua loca, pero que me aceptaba coca para ponerse igual. Pregunté al joven michoacanero que si a cuánto la Coca. Con ojos sorprendidos me preguntó que si de cuál. Su pregunta me confundió. “Coca…¿Cola…?” Un poco aliviado me dio la soda que le pedí. Cuando le di a Claudia su lata de refresco me volvió a echar la misma mirada, pero no dijo nada y se la tomó. Creo que sí había tenido sed, pero no había quedado satisfecha y me dijo que pasáramos a los licuados que estaban a media cuadra de ahí. Dijo que tenía unos compas que trabajaban ahí.

Los peludos que trabajaban en los licuados estaban… peludos. Tenían rastas largas y hablaban como el típico gringo californiano. Todo era “cool” y para todo te pedían que te relajaras. Estaban en edad de universitarios, pero dudo mucho que fueran estudiantes o que hayan concluido sus estudios. Claudia los saludó de beso y me presentó como su novio. Les extendí mi mano para estrechárselas a ellos y… “Wait… What?” 

Si una cosa hay que saber de los norteños, es que muchos son pochos. En otras palabras, mezclan muchas palabras gringas con el español. Hablan Spanglish por la gran influencia del país vecino. Otros de plano agarran palabras en inglés y las adaptan al español. Por ejemplo, en el norte no hay camionetas, hay trocas, de la palabra “truck". Tampoco hay refrescos, hay sodas. Los hot-dogs llevan winnie, no salchicha. Y los lonches de salshisha (porque también muchos pronuncian la “ch” como “sh”; luego los castrosos de otras partes del país piden que digas "osho mushashos de Shihuahua comen salshisha” para burlarse de uno) son los sándwiches de mortadela. Luego si pides direcciones te dicen que te vayas derecho hasta donde esta el sain (sign). También te dicen que te parquees, que aunque “parquearse” es normal en otros países latinos, en el resto de mi país es sacrilegio decir parquearse del verbo “to park” en inglés. Otra que usan es el “guacha” para pedirte que observes algo. Me supongo que viene del verbo “to watch”. En lugar de decir “watcha” dices “wacha” o “guacha”. Hasta he escuchado que dicen “clacha”. Mi teoría es que alguien sabía que el verbo para “observar” venía de la palabra en inglés para reloj. El problema es que hay dos palabras en inglés para reloj: “watch”, que es el que llevas en la muñeca, y “clock”, que es el que va en la pared. Se han de haber confundido y en lugar de decir “watcha”, dijeron “clacha”. Definitivamente, la frontera es un país distinto al resto de la república. Y aun así, yo odio a los pochos. En mi caso, yo simplemente sí hablo inglés. Solamente quería hacer la aclaración.

Me sacó de onda que Claudia me presentara como su novio, pero le seguí el juego. Nunca consideré que una de mis habilidades fuera el teatro. Una vez que mi mano quedó libre después de saludar a los peludos, mi mano se fue a la de Claudia y entrelazamos los dedos como si lleváramos meses de ser novios. Esto de actuar como su novio se me estaba dando muy naturalmente. Nadie de las personas que conocimos ese día dudó que de verdad fuésemos novios. Tal vez estén pensando que lo que me hizo actuar así ese día fue mi look de Backstreet Boy. Y al principio pensé lo mismo, pero durante el Summer of Love del año siguiente comprobé que no había sido así. 

Ese verano del amor, el coyón de José me pidió que le hiciera el paro para zafarse de una morra que no lo dejaba en paz. Resulta que un día le llegó a José un mensaje a su celular de una desconocida, simplemente saludándolo. El baboso de José se sintió halagado y empezó a mensajearse con la desconocida. La primera vez que me dijo su nombre ni le entendí. “¿Clitoqué?” fue lo único que exclamé al escuchar su raro nombre. Clitenmestra se llamaba la tipa. Al principio pensé que era de origen alemán, pero la única relación alemán que podría tener es con el perro. Pobrecita. Ahora sí que ella estaba pal’ perro, pero me di cuenta de eso hasta que la conocí en persona. Según esto, en una tardeada de su escuela, alguien le pasó a ella el número de José que porque lo quería conocer. Yo sigo pensando que ella estaba mandando mensajes al azar para ver quién mordía el anzuelo porque cuando la conocí no me reconoció. José se mensajeó con ella algunos días antes de que ella lo invitara a su casa a pasar a saludarla. Él no estaba muy convencido porque tenía miedo de que fuera a estar rochi. Coincidió que ella vivía justo a una cuadra de mi casa, una calle al norte paralela a la mía. Una tarde, José iba manejando cerca de mi casa y le mandó un mensaje de que estaba cerca, que tal vez podía pasar. Ya la había bateado unas tres veces, así que esta noticia fue espectacular para ella. Decía ella que no cabía de contenta. Ella le indicó que su casa era la tercera contando desde las vías del tren y que lo iba a estar esperando en la puerta. Él le dijo que iba a pasar en su Cherokee blanca para que pudiera reconocerlo. Como ya estaba oscuro, las familias que estaban en el vecindario ya tenían las luces de sus casas prendidas. José pasó bien despacito y se iba fijando en casa por casa. Vio que solamente una tenía la luz prendida, la tercera casa desde las vías. Cuando me describió lo que pasó no pude contener las carcajadas. Según él, la puerta principal de la casa estaba abierta y sólo vio una sombra enorme que cubría el resto de la puerta de mosquitero. Según el hasta pensaba que la puerta estaba cerrada de lo oscuro que se veía, pero se dio que era una sombra porque tenía dos colitas a los lados de la cabeza. Dijo que parecía una Chilindrina gigante, como la del Chavo del Ocho, y que le dio miedo, así que le metió la chancla a la Cherokee, pilló llanta y en menos de diez segundos llegó a mi casa a contarme su desafortunada experiencia. Aun mientras me describía lo sucedido, le empezó a llegar mensaje tras mensaje de ella, desesperada por conocer su paradero, que lo había visto pero que no llegó, que si por qué no había llegado, que si qué había pasado. José le contestó que no pudo pasar, que le había llamado su mamá y se tuvo que ir hecho la mocha. Ella le escribió que había visto la Cherokee y José dijo que ha de haber sido otra igual.

Tanto sonaba el celular de José que se le descargaba dos veces al día. Clite le mandaba mensajes a todas horas y lo molestaba con que fuera a visitarla. Harto y con ojeras, José me lloró que le ayudara a resolver su problema. Me pidió que yo satisficiera su exigencia de irla a visitar. Él sospechaba que ella en realidad nunca lo había visto y no sabía quién era él, así que me pidió que lo personificara y me hiciera pasar por él porque había quedado bien espantado desde la vez que vio su sombra. Sabiendo que en unos meses más yo ya me iba a ir a vivir a otra ciudad y que probablemente nunca más la iba a volver a ver en mi vida, le dije que simón y pusimos en marcha el plan que maquinó. Llegué a su casa, agarró la camioneta y regresamos a mi casa. Él sabía que yo era terrible manejando, pero parte del plan era que yo llegara a la casa de ella manejando, así que nos bajamos e intercambiamos los lugares de conductor y de copiloto. José le avisó a Clite que ya iba a llegar para que estuviera pendiente. Entonces me fui manejando esa cuadra a su casa por la calle de tierra pegada a las vías, por esa calle por donde no pasaban casi carros, a una velocidad de como 5 kilómetros por hora. Tal vez iba un poco más despacio pues unas señoras que iban caminando por la banqueta iban más rápido que yo. Sus niños también iban más rápido. El caso es que llegamos sanos y salvos. Me estacioné y Clite ya estaba esperándome. Bueno, estaba esperando a José. Este era el momento de la verdad. Aquí íbamos a saber si de verdad ya conocía a José o no. José se medio agachó para que no lo viera bien, pero pelaba los ojos para ver a su pesadilla en la carne. Me acerqué a saludarla de beso en cada mejilla y le dije que estaba feliz de por fin conocerla. Para el mundo de mensajes que le mandaba a José, en persona era muy callada. Al principio pensé que nos había descubierto, pero se veía muy feliz y entre más tiempo pasaba con ella, más me daba cuenta de que desde el principio ella creyó que yo era en realidad José. Bien metido en mi papel de José, le dije que no me podía quedar mucho tiempo porque mi hermano Judas me estaba esperando en la camioneta. Ella me imploró que me quedara otro poco, pero le dije que me tenía que ir a terminar un mandado de mi mamá, que tenía que ir a dejarle algo a mi Tita. En realidad la Tita era la abuelita materna de José. Desde muy pequeño yo no tenía abuelitas, pero ese detalle me salió como si de verdad en ese momento la Tita fuese mía. La abracé, me despedí y regresé a la camioneta para echarme una vuelta en U y regresar por la misma calle por la que habíamos llegado. A media cuadra, cuando ya no se veía la casa de la morra, nos bajamos de la camioneta y cambiamos nuevamente de lugares. Estábamos llorando de la risa por cómo había manejado la situación y cómo es que ella se la había tragado completita. Definitivamente, el Oscar me lo llevé ese día. No habíamos terminado de celebrar cuando le llegó a José un mensaje de ella: “Me encantaste”. La jovialidad de José se tornó en ira, pues se dio cuenta que había empeorado las cosas. No sé cómo se le ocurrió que una visita, y sobre todo una tan memorable, iba a lograr que mágicamente los mensajes desaparecieran. De por sí ya no se la acababa con los mensajes antes de ese encuentro. Ahora su celular hasta se trababa de tantos mensajes que le llegaban. Terminó vendiendo ese celular, pero no advirtió al comprador de la maldición de la Clite. Dicen las malas lenguas que ese celular llegó a ser conocido como la papá caliente. Todos lo vendían como al día de tenerlo. Dicen que finalmente uno de los dueños “se quemó” y literalmente terminó calcinándolo en un ataque de cólera.

El punto es que ese día con Claudia actué muy bien. Puede ser que mis greñas nuevas me hayan despertado mi don de actor, pero a final de cuentas fue un don innato. No nos quedamos mucho tiempo. Sus amigos raros le dieron su agua loca en un vaso de la Michoacana pirata para disimularla y no meterse en un pedo mundial por venderle pisto a una lepa menor de edad. Ella les avisó que más tarde regresaba por su otro encargo, les hizo un guiño y les aventó un beso. Para mí era fascinante adentrarme en el mundo de esta chica tan excéntrica. Caminamos por la misma plaza de siempre, pero con ella era como caminar en una plaza nueva, una que no había caminado antes. Con ella visité muchos lugares que ya conocía y ella surtía el mismo efecto. Ella conocía escondites y combinaciones secretas que expandieron mi conocimiento y experiencias. Lástima que la mota hacía pero pesado el malviaje y hoy ya no me acuerdo de casi nada.

Aunque nunca hablamos acerca de la Plaza Grande, en silencio ella ha sido testigo de varios acontecimientos importantes y de otros algo triviales, por lo que es nuestro deber hacerle homenaje. Recuerdo que en esta plaza empezamos a entrenar box con el amigo de mi mamá que falleció electrocutado hace poco, que en paz descanse. Le pedimos que nos entrenara para boxear, pero el noventa por ciento de los entrenamientos eran para tener una mejor resistencia. Nos traía corriendo por todo el rancho. Poco a poco veíamos como empezábamos a aguantar más las corridas largas, pero nuestra técnica de boxeo no pasaba de jab y gancho al hígado. Le hacíamos caso porque nos imaginábamos que así mismo había sido el entrenamiento de Rocky. Un día, después de acabar el entrenamiento, nos dio un volante tanto a José como a mí para inscribirnos en la siguiente carrera de 10K saliendo del Pueblo, el rancho aledaño que era, por más increíble que parezca, más pequeño que Rancho Alegre. En ese momento José entendió porqué nos hacía correr tanto y no nos enseñaba nada de box. Hizo una rabieta, le zampó un fregadazo en la cara al entrenador y salió corriendo hasta su casa. Nunca más volvimos a entrenar con el viejillo. 

Esta plaza también fue testigo de cómo el desgraciado de José abusaba de mí. Una vez en esta plaza llamamos desde el teléfono público de la esquina noreste al restaurante en contra esquina para ver cómo nos contestaba el mesero y pedirle una ensalada que nunca íbamos a pasar a recoger. Pero después de esa llamada, José marcó disque un número al azar, me pasó el teléfono y empezó a alejarse un poco. Yo escuchaba el tono del teléfono, pero al mismo tiempo escuchaba un teléfono timbrar muy cerca. Cuando escuché el “¿Bueno?” en el teléfono y la misma voz cerca de mí, me di cuenta que José había marcado el número del sitio de taxis de la plaza que se encontraba justo al lado del teléfono que estaba usando. Volteé hacia el sur de la plaza par encontrar a José botado de la risa al ver que contestó el taxista panzón de bigote de Pancho Villa, justo el que pensábamos que era pedófilo. Lo peor del caso es que como en ese entonces yo seguía en muletas, no tenía cómo escapar de esa situación. Y otro día, íbamos discutiendo por alguna babosada por ahí mismo. José andaba muy sácalepunta conmigo, muy machito él. Ha de haber pensado que como yo andaba en muletas esta era su oportunidad para aprovecharse de mí. A mí no me importaban las muletas. En todo caso, pensaba que las podría usar como arma para defenderme si se me ponía muy al brinco. Pero en cuanto empecé a ponérmele marrusco yo también, me agarró desprevenido, igual que al entrenador, y me empujó con todo y muletas y les caí a los boleros que se ponen enfrente de la catedral. Ellos me ayudaron a levantarme, y para cuando alcé la mirada José ya iba más allá de la Michoacana. No volvió ese día. Tengo que admitir que sí corría muy rápido el José.

Habiéndose puesto bien alegre, Claudia me zampó un beso en la boca. Chiquito, pero fue enfrente de todos. Me sacó de onda, pero era lo que seguía después de nuestro teatro de ensueño vuelto realidad. Me hizo una sonrisa coqueta, me arrimó la cabeza al hombro y no dijo más. Le dimos vueltas a la plaza como aquella vez de las novias exprés, pero esta vez nadie decía nada. Sólo íbamos tomados de la mano. Nuestra relación fue como esa noche. Siempre dábamos vueltas sin hablar de nada importante. Solamente trampabamos. No era necesario hablar. De repente nos escapábamos y me tocaba conocer a sus amigos raros. Muy pronto me di cuenta que no teníamos nada en común, pero aun así duramos juntos como unas tres semanas.

Cuando pasamos por la banca donde estaban sentados José y la Pinocho, noté que José pedía a gritos con la mirada que lo salvara, así que me apiadé de él. Solamente le di tres vueltas más a la plaza, nos detuvimos unas cuantas veces para darnos unos ricos kikos, y regresé por él. Como resorte se disparó de su banca y pensé que ya no me iba a dar oportunidad de despedirme bien de Claudia, pero ella me agarró de los huevos, me jaló hacia ella y se me pegó para darme un beso bien rico. En medio del beso se me salió un gemido. Ella se emocionó y empezó a besar a la francesa. La neta es que el gemido fue de dolor porque ¡sí me dolió el agarrón! Y luego sentí otro agarrón, pero sólo era de la camisa. El menso de José ya estaba que se pelaba por irse y me estaba presionando. Nunca en la historia de los carnales alguno había sido tan inoportuno como él en aquella ocasión. Al despegarme de Claudia se oyó un ¡plop! como cuando se destapa un envase sellado en baño María, pero ninguno de los dos dijo nada. Me dio su teléfono y quedé en irla a visitar otro día.