Friday, October 22, 2010

Juana Sánchez — Segunda parte

Una sola vez vino a visitarme el Breve. No éramos muy buenos amigos, pero fue grata su visita. Tampoco recuerdo cómo es que le empezaron a decir el Breve, creo que fue porque siempre fue alguien de pocas palabras. En aquella ocasión, el Breve me encontró limpiando mi caja de los recuerdos y se interesó en mi colección de cartas y fotografías, así que se las fui mostrando. "Esta es Krystal... Esta es Jessica... Esta es Amparo... Esta es Lucero... Esta es Consuelo... Y esta es Juana". No sé por qué Consuelo me regaló una foto de Juana si una, yo ni conocía a Juana y dos, la interesada era en mí era Consuelo misma.

El Breve quiso que yo le presentara a Juana, pero poco podía hacer por él porque Consuelo no me la había presentado aún. Visto que no teníamos nada qué hacer—creo que por eso es que fue a visitarme en primer lugar—insistió en que yo le hablara a Consuelo para que nos presentara a Juana. De mala gana le hablé a Consuelo y le conté que tenía un amigo que quería conocerlas a ella y a Juana. De muy buena gana ella me preguntó que si podíamos ir ya, que ahí estaba Juana con ella. Colgué y fuimos directo a casa de Consuelo. Cuando llegamos ya estaba oscuro y no supe distinguir entre Consuelo y Juana hasta que estuvimos cerca. Más tarde el Breve mostró su interés por Juana opinando que era bonita y que tenía mucho "potencial" para cuando creciera.

No creo que hayamos durado ahí ni diez minutos, pero pude ver por qué era tan conocida Juana. Consuelo fue completamente opacada por el carisma de Juana; no dejaba de sonreír, bromear y retar nuestro espacio personal. No que antes lo hiciera, pero desde ese día dejé de hablar con Consuelo y me hice más amigo de Juana. Fueron varias las cosas que me reveló Juana, entre ellas que Consuelo estaba enamorada de mí. A pesar de que Juana tenía novio, me dedicaba mucho tiempo a mí.

En una de nuestras pláticas ella me confesó que le gustaba alguien de mi escuela y de mi edad. Como yo sabía perfectamente que ella no conocía a nadie de mi escuela más que a mí y al Breve, yo supe que se refería a mí. Sabiendo que ella tenía novio, decidí seguirle el juego y le dije directamente que a mí se me hacía bonita alguien de su escuela y que no era Consuelo, pero que ella tenía novio. Mientras se lo decía sus ojos se iluminaban, hasta que le recordé que ella tenía novio, además de que su mejor amiga estaba enamorada de mí. Pasados pocos segundos su desilusión se volvió en esperanza y me comentó que se le había ocurrido una gran idea y que me tenía una propuesta: que fuéramos novios a escondidas y que pronto se desharía de su otro novio. ¿Qué quería decir para mí? Que podía cambiar ese primer beso sabor a carnitas por algo mejor; que vería desde un rincón secreto cómo Juana cortaba a su novio y cómo interactuaba hipócritamente con Consuelo; pero lo mejor de todo, ¡mi reputación quedaría intacta porque nadie se enteraría! Me agradó mucho su idea, así que acepté y ella se volvió loca de la felicidad. ¡Lo siento, Breve!

Monday, October 18, 2010

Juana Sánchez — Primera parte

3:00 p.m. No podía creer lo que estaba haciendo. Simplemente no me podía creer ahí, tocando la puerta de Juana. Es chistoso cómo ocurrió todo… Bueno, en realidad no es chistoso, pero a mí todavía me da risa ver cómo es que llegué ahí.

Estaba yo una tarde en el café donde trabajaba mi hermano mayor Gustavo cuando llegó a visitarlo a él una amiga suya. Si no hubiese sido porque ella era mayor que yo como tres años, me hubiese enamorado inmediatamente de ella. Obviamente, yo le comenté a Gustavo y él a su amiga. Me comentaron que ella tenía una hermana de catorce años (en aquél entonces un año menor que yo) llamada Consuelo. Yo me interesé al instante y, como me había ganado la confianza de la hermana de Consuelo, me confió a su hermana y me planearon una cita con ella. Días después vi a la amiga de Gustavo manejando con una niña de mi edad más o menos. “Si ella es Consuelo, ¡ya no la quiero conocer!” Y en efecto, llegado el día de la cita, confirmé que esa niña tilica de cabello largo largo a la chacha era la que había visto anteriormente.

Era ya tarde, el sol se había ocultado dejando ya una noche fría con cierta espesura en el aire, dando la impresión de que el aire no alcanzaba. Llegué puntual a nuestra cita forzada en el café de Gustavo. Ahí estaba Consuelo, esperándome. Se le notaba una inquietud acelerada de que ocurriera todo. Me sentí algo incomodo. Fingiendo no verla, me pasé de frente como si la marrana estuviese pariendo y con una naturaleza fingida saludé a Gustavo con la intención de alargar más el encuentro, pero a final de cuentas, era algo inevitable. Nos quedamos a solas Consuelo y yo en una mesa para dos en un cuarto con muy poca luz. Aproveché la excusa para ir por otro foco con el fin de matar tiempo; al fin y al cabo, Consuelo no podía permanecer toda la noche ahí, sólo era una niña. Entre más tiempo desperdiciado mejor. Y así, exagerando cada detalle, escapaba de vez en vez para acortar la hora de su partida. No me gustó la idea de que me obligaran a estar con ella esa tarde, aunque, ¿tenía otra alternativa? Con tal de cumplir con mi palabra lo hice, aunque de haber sabido dónde iba a parar gracias a ella, lo haría de nuevo.

Del poco tiempo que conversamos le noté timidez. Casi no hablaba, aunque lo poco que decía era razonable. De nuestra conversación me enteré de dos cosas. Una, ella estudiaba en la misma secundaria que mi medio hermano Judas. La otra es que Consuelo era vecina de Juana Sanchez. Recientemente, no sé de dónde, yo oía hablar mucho de una tal Juana Sanchez, quizá de boca de Krystal. Resultó que Consuelo y Juana crecieron juntas todas sus vidas y se conocían muy bien. Al enterarme de esto me dieron aún más ganas de conocer a esa tal Juana Sanchez. Digo, si todos la mencionaban tanto, tenía que ser por algo.

3:00 p.m. Se asomó por la ventana y me hizo señas de que la esperara un minuto. Juana se veía emocionada, como de costumbre. Me negó la entrada a su casa porque estaba tirada y su padre se estaba bañando. Era la primera vez que la visitaba como novios. Por mi cabeza traficaban un sin número de ideas y remordimientos infrenables. ¿Cómo era posible que estuviera sucediendo? ¿Yo en ese juego? Aunque, para ser franco, no me arrepiento. Ella tenía un segundo novio y yo sólo le metía ideas erradas en su cabeza de su otra relación. Cegada por el supuesto amor que me tenía, ella hacía caso a todas las palabras que yo le decía. Parecía tan enamorada de mí. Jamás sabré si de verdad se enamoró de mí o no, lo dudo mucho. Ahora que ha pasado el tiempo, me doy cuenta que una niña puberta e inmadura como ella no era capaz de sentir algo que no fuese lujuria... “Grrr… ¡Aráñame, tigre!”

No dejaba de abrazarme. Lucía bien a pesar de no ser tan bonita. Se había arreglado bastante. Juana era casi la replica de Consuelo, sólo que un poco más baja de estatura y más blanca. “Deja a tu novio” era lo único que le decía en todo el rato. No sabía de qué hablarle ni me interesaba hacerlo. Sinceramente, no recuerdo cuál fue su plática aquella vez, pero lo que sí recuerdo es que me pidió que la acompañara a la tiendita. Emprendimos el largo camino de dos cuadras a la dichosa tiendita, cuando de la nada apareció uno de mis archienemigos de la prepa. Entré en pánico. Quise esconderme, pero no había dónde, fue todo tan rápido. Yo creía que aquél fraccionamiento era el más alejado de la civilización. Qué equivocado estaba. Pasó Miguel en su camioneta, su altanera mirada fija en mí. Yo no quería que alguien me viera con esa niña equis. No que yo fuera alguien muy importante y de grande reputación, ¡pero tenía mi orgullo! (orgullo que, debo admitir, nunca me sirvió). Fue tanto mi asombro el que alguien me hubiese visto con ella que hasta Consuelo notó mi nerviosismo. Una vez hecha la compra de su juguito Zamba de a peso, retomamos el eterno camino de regreso de dos cuadras, pero justo antes de llegar a su casa, ¡oh, sorpresa! Miguel estaba justo en frente de la casa de mi tan querida novia.

Hacía ya varias semanas que mis compañeros de la prepa me habían desterrado socialmente, y todo por una broma que salió mal. En ese entonces existían prácticamente dos castas sociales. La casta social más influyente eran los niños hijos de papi. A ellos nunca les faltó nada y hablar de sus vacaciones en Disney era de lo más normal. Como siempre les sobraba dinero, a menudo se reunían después de la escuela en fiestas, salidas a tomar y actividades varias. Un grupo de personas de mente muy estrecha. La otra casta social eran los más humildes. Estos eran excluidos de las actividades dentro y fuera de la escuela. A éstos no se dignaban ni a voltear a mirar los niños fresa. Había ciertas excepciones que, por carisma o por mera suerte, alguno de la segunda casta pasaba a la primera. Gozando de mera suerte, yo fui promovido a la primera casta.

Recién empezado el año, yo disfrutaba de un estatus social formidable. Conocía a todos, todos me conocían. Yo empecé a juntarme más con Germán Petacas, uno de los líderes más poderosos de la primera casta. Esto no le agradó a Miguel Prestas, esclavo inmediato de Germán. No puedo confirmarlo, pero creo que fueron sus celos homosexuales que salieron a flote. Miguel se sintió amenazado al ver que yo le quitaba su espacio cerca de Germán. Su odio hacia mí no hacía más que crecer conforme pasaban los días. Yo presentía que él esparcía cizaña dentro nuestra casta para que los demás cambiaran su manera de pensar de mí, pero sus esfuerzos fueron siempre en vano.

Entre nosotros era normal llevarse pesado. Las bromas malintencionadas eran diarias y tomadas con humor. Un día en clase, el profe nos regresó un examen que habíamos tomado. Germán y yo sacamos un diez perfecto, pero noté en su examen que el profe se había equivocado y no le había marcado una respuesta incorrecta. Entre todo el relajo que había en la clase, tomé el examen de Germán y jugando empecé a hacer un escandalo de que él no se había sacado un diez. Grave error. El profe escuchó mi espectáculo, pidió el examen de Germán y le bajó la calificación a nueve punto cuatro. Desde ese momento, Germán no me volvió a hablar. La broma había salido mal. Esta fue la oportunidad perfecta para que el plan de Miguel surtiera efecto. Al ver todos que Germán decidió aplicarme la ley del hielo, todos siguieron su ejemplo. Aunque yo tratara de ser amable con ellos, simplemente no me contestaban y me evitaban. De la noche a la mañana pasé de ser un aristocrático con la fama de un castrato a ser como un judío en Auschwitz. Fue en ese entonces que aprendí que el odio tiene algo de bonito, pues cuando existe el odio el interés persiste, pero cuando lo que hay es indiferencia, ¡ah qué triste es la soledad de no sentir atención, aunque fuese tantito odio!